La coyuntura oculta el despojo criminal contra los pueblos

Hay una gran división entre los pueblos y entre los movimientos. Nos peleamos por recibir la gracia y el privilegio de los poderosos. Nos peleamos entre iglesias. Nos peleamos entre COCODE y entre comités. Esa división es la mejor arma para someternos.  Además tampoco hay unidad entre movimientos y entre nuestras luchas. CODECA, CPO, la Asamblea Social y Popular, el Frente Nacional de Lucha, las mujeres, las y los estudiantes, las organizaciones campesinas, las organizaciones indígenas, las y los defensores de derechos, estamos perdiendo nuestra memoria de unidad en la lucha, que buscaba una rebeldía eficaz para desmontar este dominio criminal. Consejo del Pueblo Maya, febrero de 2018

Los pueblos indígenas somos testigos de que la corrupción es una vieja maña que nació con el Estado.  Las familias poderosas de Guatemala se volvieron millonarias porque desde hace siglos han usado a los gobiernos, a las municipalidades, a los partidos políticos y al ejército para levantar sus negocios. Somos testigos de una verdad de la que no se habla: la economía nacional se basa en el despojo y en el control de nuestra gente.  Esa verdad la sabe el gobierno de Estados Unidos y ser cómplice ha sido su costumbre.

Estados Unidos y la oligarquía de Guatemala tratan a la población como enemiga. En eso están juntos. Pero también existen pleitos entre los poderosos. Entre ellos hay luchas por acumular ganancias y se pelean por los métodos que cada quien ejerce para mantener su poder, aunque cierran filas en contra de los pueblos. Lo que estamos viviendo en Guatemala es un reacomodo de las alianzas entre gringos, empresarios y grupos políticos y militares porque no pueden seguir gobernando como antes, ya que bajo sus propias ladronadas han aparecido todo tipo de mafias que les sabotean su mando en los territorios.  En eso están.

Los gringos tienen intereses estratégicos sobre Guatemala porque este país está en la puerta de su patio trasero y necesitan tener mayor control del tráfico de drogas, el tráfico de migrantes, el tráfico de armas y el tráfico de mercancías, además de que el subsuelo guatemalteco está lleno de petróleo y minerales útiles para su industria de guerra y este territorio también les conviene para abaratar sus costos de importación de mercaderías chinas y para asegurar su poder sobre el agua que aquí nace.

La oligarquía guatemalteca está integrada por corporaciones divididas entre sí. Es una oligarquía rentista que se ha enriquecido con el robo de tierras y de trabajo. Siempre ha preferido la especulación financiera a la inversión productiva, se permite liderar contrabando de carne, huevos y azúcar, tiene cúpulas que son dueñas de todas las cadenas productivas hasta el control de los mercados externos. Se enriquece también por evadir impuestos sobre sus rentas millonarias y toda la vida se ha peleado entre sí para recibir subsidios y privilegios del Estado. Su poder se arraiga en el odio a los pueblos indígenas y a la economía campesina. Lleva el racismo en su sangre.  La oligarquía jamás ha visto al Estado como una estructura de derecho público, sino como su principal empresa para controlar a la población.

Las mafias ilegales, muchos de los llamados nuevos empresarios y  los partidos políticos, han hecho sus nichos de poder y han levantado sus propios corredores de negocios en medio de este régimen hecho para el saqueo. El tráfico de influencias y los abusos de poder les han servido más que el respeto a la ley y que el respeto a los derechos humanos. No creen en los derechos de las personas. No tienen idea alguna del bien común. Nunca han querido que les cuenten las costillas y ahora no pueden pedir a otros que rindan cuentas. Su modelo de corrupción ya no les sirve, no les conviene, porque la porosidad en que se encuentran las instituciones públicas permite robar donde haya oportunidad. El Estado está podrido.

El Estado es hoy el resultado de siglos para gestionar el despojo y ahora, en sí mismo, es una piñata para todo tipo de corruptos, lo cual no conviene ni a la oligarquía ni a los gringos. Ya no les sirve su propio modelo de dominio. Con la intervención de Estados Unidos la respuesta hasta ahora a tal descomposición ha sido jurídico-penal. La CICIG ha jugado el rol de dirigir la limpieza de corruptos. En el camino de la CICIG los intereses gringos y oligarcas entraron en la más alta tensión. Los gringos roban con elegancia, conciben una estructura básica de Estado de Derecho, incluyendo una estructura tributaria poco progresiva, pero las familias oligopólicas guatemaltecas no tienen ningún concepto de Estado de Derecho; estas familias solo apuestan a hacer mejoras técnicas a su dictadura de negocios.

Ya han pasado cerca de tres años desde que metieron a la cárcel a las mafias de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Las y los presos por corrupción se han duplicado desde el 2015. Cuando se sancionó a grandes empresarios como evasores de impuestos, cuando empezaron a ser acusados caudillos directos y operadores estrategas de la oligarquía, entre ellos Álvaro Arzú, las pugnas entre poderosos se pusieron tensas. Los gringos ya han confirmado que en Guatemala no existen fuerzas políticas con las que puedan montar un programa neoliberal pseudo-reformista dotado de certeza jurídica y que incluya más impuestos sobre las rentas. No por el momento. Se conforman con negociar un programa neoliberal. Gringos y oligarquía harán las paces y dejarán que se reacomoden las fuerzas judiciales y legislativas que no quieren reparación, verdad y no repetición.

Van a repetir sus atrocidades. Cerrando filas desde Jimmy Morales (controlado por AVEMILGUA) hasta la Asociación Nacional de Municipalidades (controlada por los banqueros, especialmente el G&T Continental y los azucareros) todas las cadenas de corrupción legal se pliegan ahora a las familias oligarcas. Y esa misma oligarquía está dando instrucciones a sus redes de diputados, a la mafia de jueces que sigue en el Organismo Judicial y a sus tanques de pensamiento que reinan en los corredores oscuros del Congreso de la República (tales como CIEN y FUNDESA), para empujar tres prioridades: a) Cerrar los juicios por genocidio y corrupción; b) La mínima democratización de la Ley Electoral y de los derechos políticos; y c) La máxima cantidad de leyes y políticas para re-conducir el despojo y el control territorial.

Lo que se viene es un empuje del neoliberalismo fascista. Neoliberalismo porque se va a someter aún más a las municipalidades y al Estado en su conjunto para empujar el mercado oligopólico en los territorios. Fascismo porque ese mercado solo busca controlar más a la población, desgastar más los bienes naturales, someter más a la gente, explotarla más, dominarla más, despojando y dañando criminalmente la vida de las personas, y peor aún de las mujeres y la juventud.

El aumento para este año de tan sólo de Q3.26 quetzales diarios para el salario agrícola y de sólo Q2.98 para el salario de maquila es un ejemplo de su desprecio hacia la población. Mientras tanto, adentro del Congreso se recomponen los negocios para aprobar leyes criminales, como:  a) Ley contra actos terroristas, que quiere legalizar la idea de que son terroristas las luchas por el derecho a la tierra y la defensa del territorio; b) Ley de Consulta Comunitaria, que quiere destruir el histórico derecho de los pueblos a hacer sus asambleas comunitarias y meterse hasta nuestras casas para decidir sobre el agua, los bosques y la tierra; c) Leyes de reformas al servicio civil y a las contrataciones, para formar una tecnocracia policiaca y liberar a las empresas del control estatal; y d) Ley de aguas, para legalizar el desvío, contaminación de ríos y robo de las fuentes de agua.

El fin de las pugnas entre las élites comenzará cuando existan nuevas leyes, políticas y cuadros estatales libres para fortalecer a las mineras, las hidroeléctricas, petroleras, a los monocultivos de palma, hule, maíz y azúcar. Van ahora juntos a convertir la economía campesina en cantera de obreras y obreros mal pagados para la agroindustria oligopólica. Solo están dispuestos a detener la creciente migración económica. No les importa la trata ni la desnutrición de mujeres, ni la sobreexplotación, ni la destrucción de nuestras familias por el consumismo y el alcoholismo que meten los agronegocios en nuestras comunidades.

Ese es el nuevo pacto: gobernar usurpando nuestra libertad en los territorios donde vivimos. Ese pacto no cambiará la podredumbre del Estado, no quitará privilegios, no inducirá ninguna redistribución tributaria,  no promoverá la rendición de cuentas de los alcaldes ni de ningún funcionario. Solo se podrá ejecutar con mayor militarización, represión, explotación, mentiras, pobreza y control territorial.  Su verdad seguirá siendo la misma: somos los pueblos los atrasados. Y bajo esa consigna se vienen más desalojos y despojos.

Las amenazas que ahora se vienen para la vida de los pueblos son mayores. Ya han probado las masacres durante la guerra y en este tiempo de falsa paz. Ya han probado a sus sicarios para matar a nuestros líderes durante la guerra y en este tiempo de paz. Van a aumentar los riesgos de crímenes atroces: con sangre y cárcel se disponen a resolver conflictos por desalojos, contaminación y robo del agua, escasez, desempleo y hasta por la supremacía de sus ideas que ven a los indios y a los campesinos como personas inferiores.

Hay muchos análisis serios sobre las luchas entre los poderosos. Pero a los pueblos nos debe interesar también hacer un análisis de nuestra propia fuerza. Estamos aguantando mucho. Tienen nuestras cabezas bajo el miedo y bajo la búsqueda desesperada de dinero. Estamos débiles y sometidos. Nos están robando las últimas energías para movernos por cuenta propia. Y estamos divididos. Muchas autoridades ancestrales también le están haciendo el juego a los poderosos y a sus partidos, creyendo que les van a seguir regalando migajas de autonomía, y mientras tanto han perdido el valor de respaldar las luchas por la defensa del territorio.

Hay tres problemas centrales adentro de los pueblos:

1.Se nos ha hecho creer que la política es shuca, es mala y es diabólica. Como todos o casi todos los partidos existentes tienen la cola machucada y actúan para sostener el poder de sus caudillos, creemos que de verdad la política es mala. Tenemos que volver a hablar de política con orgullo y dignidad. Se nos olvida que la política es el derecho a participar en las decisiones estratégicas de la vida personal y colectiva. Las comunidades y las personas deben volver a creer que pueden tener el poder de decidir sobre sus vidas.

Si los COCODE y los COMUDE no sirven ni pueden tomar decisiones, hay que deshacernos de esas estructuras que nos están esclavizando a los negocios de los partidos. Si las Municipalidades creen que la autonomía municipal es hacer lo que les ronque la gana, hay que levantarse y obligarlos a atender las necesidades más sentidas de las familias. El problema central es que no sabemos ponernos de acuerdo en qué es lo queremos para la comunidad y para el municipio porque estamos acostumbrados a obedecer, a bajar la cabeza y a hacer lo que digan los caciques. Tenemos derecho a escoger nuestros caminos de economía, nuestros empleos locales y a defender nuestras propuestas de vida. Tenemos que levantar la dignidad de las comunidades. Tenemos que levantar la autoridad de las asambleas. Tenemos que levantar a las autoridades ancestrales, especialmente a las comadronas, para que nazca un nuevo Estado que sí las escuche y que sí nos represente. No dejemos que otros tengan el control sobre nuestros deseos de vida digna. Ni siquiera nos han preguntado si queremos ser consultados y ya nos quieren poner una Ley de Consulta. Los pueblos queremos dignidad y paz y ninguna de sus empresas y sus negocios nos trae paz y  dignidad. La democracia comunitaria debe nacer en Guatemala.

  1. Hay una gran división entre los pueblos y entre los movimientos. Nos peleamos por recibir la gracia y el privilegio de los poderosos. Nos peleamos entre iglesias. Nos peleamos entre COCODE y entre comités. Esa división es la mejor arma para someternos.  Además tampoco hay unidad entre movimientos y entre nuestras luchas. CODECA, CPO, la Asamblea Social y Popular, el Frente Nacional de Lucha, las mujeres, las y los estudiantes, las organizaciones campesinas, las organizaciones indígenas, las y los defensores de derechos, estamos perdiendo nuestra memoria de unidad en la lucha, que buscaba una rebeldía eficaz para desmontar este dominio criminal.

Buscábamos alternativas de cambio sobre las causas estructurales. Ahora le pedimos a los verdugos que nos escuchen y nuestra resistencia se vuelve incompetente porque carecemos de un proyecto político de cambio radical. Y adentro de esta grave ausencia, se encuentra también el problema de que cada quien cree que “su” proyecto es mejor y que todos deben seguirlo. Esto significa que perdimos capacidad de crear un espacio político de masas liderado por una unidad de líderes y lideresas probos y dignos para levantar un gran movimiento de movimientos. Mucho análisis y poca capacidad para trenzar unidad de visión y de acción. No tenemos capacidad de crear saberes colectivos entre diferentes, y unidos para cambiar y enfrentar al fascismo social. Creemos que son los otros los que deben acercarse a cada quien. Esta incapacidad nos quita lo mejor de nuestra fuerza.

  1. La indiferencia generalizada y el individualismo que estimulan muchos líderes y lideresas egoístas que están en iglesias, escuelas, partidos, grupos y medios de comunicación. Este otro problema también es grave porque controla nuestras voluntades. Se basa en la desinformación o en la trivialización de los problemas convertidos en consignas o en una mera comunicación virtual.

Esta coyuntura necesita ser amarrada con una fuerza social que levante la urgencia de una Asamblea Plurinacional Constituyente, con argumentos sólidos sobre cómo un cambio constitucional puede empujar transformaciones profundas en todas las estructuras sociales. Urge una Asamblea firme para limpiar al país de leyes y políticas fascistas y de funcionarios criminales. Ahora bien, sin fuerza y movimiento social que levante esta disputa de poder y sin cuerpos colectivos de líderes y lideresas en los niveles local, municipal y nacional, que llamen a la unidad de los pueblos maya, ladino, xinca y garífuna, esto no caminará y la coyuntura terminará con nuevas elecciones que servirán para reciclar a sus cuadros y para sofisticar sus controles.

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