Conservadurismo: hipocresía y fe

Lo que buscan es que la lucha contra la corrupción y la impunidad, los casos de genocidio y otros casos degradantes, se dejen de perseguir en Guatemala. Kajkoj Máximo Ba Tiul, Centro de Reflexiones Nim Poqom, 17 de marzo de 2018

Mi pueblo es como la mayor parte de los pueblos de Guatemala. Fue reducido a pueblos de indios, casi en la segunda década de 1500. El dolor del látigo fue sentido por hombres, mujeres, niños y niñas, cuando no se dejaban bautizar por los primeros misioneros, traídos a estas tierras por Fray Bartolomé de las Casas. Nuestros padres nos contaron como sufrieron nuestros abuelos y abuelas durante este doloroso parto, lo que algunos llamaron evangelización y conquista.

Poco tiempo después comenzó a llegar a los pueblos gente no indígena, a quienes después conocimos como ladinos. Estas familias controlaron el poder político, militar, social, educativo y religioso de los pueblos, durante muchos años. En los espacios donde ellos estuvieron no podían entrar nuestros abuelos y abuelas, a no ser que fueran de una clase social un poco alta, pero su estancia era bajo límites establecidos por los no indígenas.

En el plano religioso y educativo se podía apreciar la discriminación y el racismo. Los sacerdotes no podían celebrar misas con la participación de los pueblos. En algunas ocasiones, sacerdotes un poco más conscientes y comprometidos con los más pobres trataron de hacer misas o impartir los sacramentos sin distinciones de pueblo o etnias, pero siempre los ladinos adinerados demandaban a los obispos el traslado, la expulsión o llamada de atención a los sacerdotes o ministros de la iglesia, situación que terminó por separar la administración de sacramentos para cada pueblo, teniendo a los no indígenas en un lugar importante.

Incluso los lugares donde se sentaban las personas en las iglesias manifestaban la separación. Las bancas estaban calzadas con los nombres de las familias más adineradas de los municipios: Soria, Gómez, Ruiz, Barahona, Velásquez, Barrientos, Peláez, etc. Ay de los indígenas que se sentaban en ese lugar: eran acusados de violar los derechos de los adinerados, incluso con penas de expulsarlos de las iglesias, negarles los sacramentos o tener que confesarse durante muchos domingos seguidos.

Estos grupos familiares siempre estuvieron unidos al poder militar y corrupto. Eran los únicos que podían llegar a ser alcaldes municipales, padrinos de boda, de bautizos, de confirmación. Tenían el control de las fiestas de los pueblos. Además, siempre manipularon a la gente, porque su discurso era “nosotros vamos a ser autoridad, porque no tenemos necesidad de robar y nosotros les vamos a dar lo que ustedes necesitan”.

Los linajes de familias, que vienen desde hace muchos años, al tener el control de todo el poder, incluyendo el militar, inculcaron el miedo al pueblo y este solo obedecía órdenes. Incluso las familias indígenas con alguna capacidad económica siempre sirvieron de mandaderas y lame botas de quienes se creyeron los dueños de los pueblos. Las familias con poder se sintieron siempre con derechos y los otros, siendo la mayoría, quedaban obedeciendo y cargando con el yugo de la opresión y la discriminación, peor si eran mujeres, porque pasaban a ser propiedad del adinerado.

Ay de aquel que optara por los pobres, este sabía que tendría su futuro contado, sería acusado o llevado a las cárceles por soliviantar a los pobres o, en el peor de los casos, asesinado. Esto pasó siempre en los pueblos e incluso sirvió para catapultar toda una acusación durante el conflicto armado, en contra de personas que optaron por defender sus derechos ante el opresor.

Aquí fue determinante el estigma: si sos católico, sos guerrillero, entonces pasáte a alguna de esas sectas denominadas evangélicas, que están por allí. La pelea entre iglesias sobre cuál es la verdadera o quién tiene el mensaje del verdadero Dios, dividió a las familias y profundizó el odio y la división que durante muchos siglos sirvió como arma para el desarrollo del tradicionalismo y el conservadurismo religioso, y que les sirve hasta hoy día para manipular lo político y económico.

Mucho tiempo después supimos que teníamos derechos. Que tanto el uno como el otro, el indígena o no, el conservador o no, hombre o mujer, niño o niña, tenían iguales derechos. Cuando al final comprendimos y conocimos nuestros derechos, se pensó que este sería el camino más fácil para construir una sociedad más justa, pero no fue así. Los conservadores, siendo en su mayoría oligarcas y burgueses, lo comenzaron a ver como un peligro. Muchos fueron asesinados, pero nunca dijeron que lo hicieron porque estaban abriéndoles los ojos a los pueblos.

Cuando nuestro país supuestamente ya había avanzado con relación al reconocimiento de los derechos. Cuando, a pesar de su nivel de conservadurismo, la libertad de expresión se convertía en uno de los derechos fundamentales para ser libres y volver a re-existir. Cuando nadie se esperaba que volvieran los tiempos de la inquisición o de la cacería de brujas. Otra vez comenzamos un proceso de involución que, si no se detiene, puede llegar a niveles altos de criminalización.

Solo se esperó que una Conferencia Episcopal se pronunciara de forma muy conservadora y tradicionalista, en contra de una de las maneras que las mujeres crearon para demandar derechos negados; formas creativas para decirle a la sociedad que los cuerpos no están en venta y que además no son objeto de uso. Formas de protestar en contra de la misoginia, del femicidio, feminicidio, femigenocidio, machismo, etcétera. Para que las liebres y los lobos del conservadurismo y del tradicionalismo guatemalteco comenzaran a sacar sus garras, no solo para hablar en nombre de miles y miles de mujeres que ni se dieron cuenta de lo que está pasando en la ciudad y de muchos cristianos (católicos y evangélicos), sino manipulando las conciencias de la gente, argumentando que esta actividad, y la presencia del Procurador de los Derechos Humanos, están violando los derechos de las mayorías.

Familias conservadoras, que se han adueñado de los poderes del Estado, vieron la gran oportunidad para ocultar la corrupción y la impunidad, para que los casos de genocidio, etnocidio, desapariciones forzadas, tortura, violaciones a mujeres, niños y niñas, ejecuciones extrajudiciales de miles y miles de personas, no sean perseguidos más. Ocultando los bajos salarios que les pagan a las señoritas indígenas en sus casas. Ocultan, que durante muchos años, señoritas que fueron violadas por los hijos de estos “señoritos”, nunca se les respetaron sus derechos, pero ahora se presentan como los defensores de los derechos humanos.

Estas familias, que hoy reclaman derechos, son quienes violan y acosan a las señoritas en las fincas y acusan a los campesinos de usurpadores de tierras. Son los mismos que desde la colonia se adueñaron de los primeros lugares en las iglesias, limitaron nuestro acceso a la educación. Son quienes protegieron a los militares para cometer actos de barbarie en contra de la población pobre y humilde.

Hoy, con la excusa de que una manifestación de mujeres denominada la “Poderosa  Vulva” les rompió y violó sus derechos a tener una fe y un credo, llegan al colmo de exigir la renuncia del Procurador de los Derechos Humanos, porque quienes optan por proteger los derechos de los más pobres, siempre se exponen a toda clase de vejámenes por estas familias que han utilizado la fe cristiana para evadir sus responsabilidades ante la sociedad.

Muchos de estos hipócritas y farsantes estarán cargando para esta Semana Santa, otros estarán ayudando a los sacerdotes a repartir la comunión y muchos estarán predicando como pastores en sus iglesias, hablando de amor al prójimo, cuando en realidad son unos farsantes y mercaderes del templo.

Ante esto, quienes aspiramos a tener una sociedad más justa, sin importar nuestra condición de fe, si se cree o no en Dios, si se es católico o evangélico, no tenemos que dejarnos manipular por estos grupos familiares, que son al final quienes nos han negado nuestros derechos y que ahora se presentan como los defensores de los mismos. Estas familias, a quienes ustedes los ven en las alcaldías, en el Congreso, en la Presidencia, en el Ejército, en la clase económica más recalcitrante.

También los vemos en Avemilgua, Amigos del País, Fundación contra el Terrorismo, ex Patrulleros de Autodefensa Civil, ex Comisionados Militares y algunos como sacerdotes, pastores, etc. A estos nos les vayan a creer que las mujeres y el Procurador violaron sus derechos humanos. Porque en realidad lo que buscan es que la lucha contra la corrupción y la impunidad, los casos de genocidio y otros casos degradantes, se dejen de perseguir en Guatemala.

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