Elecciones presidenciales en México

AMLO y el poder real

Carlos Fazio, 1 de julio de 2018

Tras la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana, AMLO quiere trascender a la historia como el hombre de la cuarta transformación. Pero para ello se necesita un cambio de régimen e impulsar grandes saltos en la conciencia política de los sectores populares; sin un pueblo organizado y movilizado tras un proyecto de cambio radical y profundo, no hay carisma que alcance.

Ayer, primero de julio, millones de mexicanos salieron a votar, y si no hubo un fraude de Estado monumental, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) será el próximo presidente de la República. De no ocurrir nada extraordinario en el periodo de transición, el primero de diciembre próximo AMLO deberá asumir el gobierno. Pero en ese lapso, y aún más allá del mediano plazo, el poder seguirá estando en manos de la clase capitalista ­trasnacional.

Es previsible, también, que a partir de este 2 de julio, el bloque de poder (la plutonomía, Citigroup dixit), incluidos sus medios hegemónicos (Televisa y Tv Azteca, de Azcárraga y Salinas Pliego, ambos megamillonarios de la lista Forbes), y sus operadores en las estructuras gubernamentales (el Congreso, el aparato judicial, etcétera), escalarán la insurgencia plutocrática buscando ampliar sus privilegios y garantizar sus intereses de clase, y para seguir potenciando la correlación de fuerzas en su favor.

Más allá del ruido de las campañas, el proceso electoral transcurrió bajo el signo de la militarización y la paramilitarización de vastos espacios de la geografía nacional, y de una guerra social de exterminio (necropolítica) que elevó los grados de violencia homicida a límites nunca vistos en el México moderno, similares a los de un país en guerra (naturalizándose en vísperas de los comicios el asesinato de candidatos a cargos de elección ­popular).

Como recordó Gilberto López y Rivas en La Jornada, ese conflicto armado no reconocido es la dimensión represiva de lo que William I. Robinson denomina acumulación militarizada, cuya finalidad es la ocupación y recolonización integral de vastos territorios rurales y urbanos para el saqueo y despojo de los recursos geoestratégicos, mediante una violencia exponencial y de espectro completo que es característica de la actual configuración del capitalismo; el conflicto y la represión como medio de acumulación de la ­plutonomía.

Para ello la clase dominante hizo aprobar la Ley de Seguridad Interior. Y está latente, para su ratificación en el Senado, la iniciativa de Diputados de quitar el fuero al presidente de la República; la denominada estrategia de lawfare aplicada a Dilma Rousseff y Lula da Silva en Brasil, que implica el uso de la ley como arma para perseguir y destruir a un adversario político por la vía parlamentaria y/o judicial; una variable de los golpes suaves de manufactura estadunidense que podría revertirse contra AMLO.

Al respecto, y más allá de su giro hacia el centro y el rediseño de su programa de transición reformista −capitalista, democrático y nacional, con grandes concesiones al bloque de poder dominante−, la llegada de López Obrador al gobierno pudiera implicar, en principio, una ralentización o respiro (Galeano dixit) a la tendencia del mentado fin de cicloprogresista y restauración de la derecha neoliberal en América Latina.

El impulso de una nueva forma de Estado social, sin ruptura frontal con el Consenso de Washington, significará, no obstante, un cambio en la correlación de fuerzas regionales y tendrá tremendo impacto en los pueblos latinoamericanos. Por ello no es para nada inocente –o simplemente centrada en la profundización de las políticas de cambio de régimen en Venezuela y Nicaragua− la reciente gira neomonroísta del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, por Brasil, Ecuador y Guatemala.

Cabe recordar el inusualmente crítico editorial del Washington Post del 18 de junio, que asumió como suficientemente creíbles los nexos de colaboradores cercanos de López Obrador con los gobiernos de Cuba y Venezuela, y las declaraciones del senador republicano John McCain, tildando a AMLO como un posible presidente izquierdista antiestadounidense y las del actual jefe de gabinete de la administración Trump, general (retirado) John Kelly, quien afirmó que López Obrador no sería bueno para Estados Unidos ni para México.

Según asesores de política exterior de AMLO, ante Washington, su gobierno antepondrá la defensa a ultranza de la soberanía nacional; revisará el marco de la cooperación policial, militar y de seguridad (DEA, CIA, ICI, Pentágono, etcétera), y bajo la premisa de que la migración no es un crimen, incrementará la protección de los connacionales irregulares, como si fuera una procuraduría ante los tribunales de Estados Unidos. También revisará los contratos petroleros y de obra pública. Lo que sin duda traerá fuertes confrontaciones con la Casa Blanca y la plutocracia internacional.

Como dice Ilán Semo, en México la Presidencia de la República encierra potencialidades simbólicas insospechadas; una suerte de carisma institucional. No importa quién la ocupe, incluso a un inepto (pensemos en Vicente Fox), el cargo le trasmite un aura: es el Presidente. Tras la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana, AMLO quiere trascender a la historia como el hombre de la cuarta transformación. Pero para ello se necesita un cambio de régimen e impulsar grandes saltos en la conciencia política de los sectores populares; sin un pueblo organizado y movilizado tras un proyecto de cambio radical y profundo, no hay carisma que alcance.

Carlos Fazio es periodista, docente y analista uruguayo radicado en México.


Sobre el alcance histórico de la elección de AMLO

Massimo Modonesi, 1 de julio de 2018

Al margen de los contenidos que, como anuncia el programa, oscilarán entre una substancial continuidad del modelo neoliberal, condimentada con dosis limitadas de regulación estatal y de redistribución hacia los sectores más vulnerables, la cuestión democrática es la que podría paradójicamente frustrar las expectativas de cambio histórico para reducirse a un esquema plebiscitario bonapartista, ligado a la figura del líder máximo que convoca a opinar sobre la continuidad de su mandato u otros temas emergentes.

Hay que festejar un acontecimiento histórico: la primera derrota electoral de las derechas mexicanas reconocida como tal. A la historia remitió también la promesa de mayor peso de la campaña de AMLO y sus aliados, inscrita en el nombre mismo de la coalición: “Juntos haremos historia”.

El real alcance del gobierno que nació del voto del 1 de julio obviamente irá decantándose en el tiempo y solo se podrá sopesar retroactivamente. Sin embargo, algunas cuestiones afloran inmediatamente como parte del debate que se abre a partir de este acontecimiento.

En primer lugar, con la elección de López Obrador culmina un largo y tortuoso proceso de transición formal a la democracia en tanto se realiza la plena alternancia en el poder al reconocerse la derrota electoral de las derechas y la correspondiente victoria de la oposición de centro-izquierda, aquella que había aparecido en 1988 para disputar al PAN el lugar de oposición consecuente. Cabe recordar, a treinta años de distancia, que desde entonces se asumía que el PAN era una oposición leal, que comulgaba con el neoliberalismo emergente y con el autoritarismo imperante. La alternativa planteada por el neocardenismo y el PRD simplemente propugnaba el retorno al desarrollismo, pero con un acento más pronunciado hacia la justicia social y con otro diagnóstico sobre las causas de la desigualdad respecto del programa actual de AMLO y Morena que coloca a la corrupción como el factor sistémico, como causa y no como consecuencia de las relaciones y los (des)equilibrios de poder. El horizonte de la revolución democrática implicaba un proyecto de transición no solo formal sino substancial: el igualamiento de las disparidades socio-económicas como condición para el ejercicio de la democracia tanto representativa como directa.

El círculo de la alternancia -y también del beneficio de la duda- que se cierra con esta elección, marca sin duda un pasaje histórico significativo pero que no garantiza el alcance histórico del proceso que sigue.

Más aún si las expectativas son tan elevadas como las que suscita AMLO al sostener que encabezará la cuarta transformación de la historia nacional, autoproclamándose el heredero de Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas. Lejos de todo izquierdismo, privilegia el rasgo moralizador y el perfil de estadistas y demócratas de estas figuras. No hay truco ni engaño, a la letra de su programa y de su discurso de campaña, esta transformación atañe fundamentalmente a la refundación del Estado en términos éticos y, solo en segunda instancia, ésta tendrá las reverberaciones económicas y sociales necesarias para la estabilización de una sociedad en crisis. Del éxito de la cruzada anticorrupción se deriva no solo la realización de la hazaña histórica de moralizar la vida pública, sino la posibilidad de lograr tres propósitos fundamentales: pacificar el país, relanzar el crecimiento vía mercado interno, redistribuir el excedente para asegurar condiciones mínimas de vida a todos los ciudadanos. Se trata de una ecuación que, para convencer propios y extraños, ha sido repetida hasta el cansancio durante la campaña.

Respecto de los gobiernos progresistas latinoamericanos de las últimas décadas, el horizonte programático de AMLO está dos pasos atrás en términos de ambiciones antineoliberales, mientras destaca por la insistencia en la cuestión moral, justo en la que muchos de esos gobiernos naufragaron, y, por otra parte, por tener ante sí el desafío de la pacificación, con todas las dificultades del caso, pero también con la oportunidad de tener un impacto profundo y marcar un cambio substancial respecto del rumbo actual. Por la urgencia y la sensibilidad que lo rodea, será en este terreno -más que en cualquier otro- donde se medirá el alcance del nuevo gobierno, su popularidad y estabilidad en los próximos meses.

Por otro lado, la promesa de hacer historia convoca en principio a todos los ciudadanos, “juntos”. Sin embargo, más allá de la transversalidad y la voluntaria ambigüedad de esta convocatoria de campaña, todo proceso político implica atender la espinosa definición del sujeto que impulsa y el que se beneficia del cambio. La fórmula obradorista, desde 2006, tiene un tinte plebeyo y anti oligárquico: se construye sobre la relación líder-pueblo y la fórmula “solo el pueblo puede salvar al pueblo”. Al mismo tiempo, tanto Morena como la campaña fueron construidos alrededor de la centralidad y la dirección incuestionable de AMLO, una personalización que llegó al extremo de llamar el acto de cierre de campaña AMLOfest y de usar el acrónimo AMLO como una marca o un hashtag (#AMLOmanía). Pero, junto al pueblo obradorista y a su guía, están otros grupos con creencias y prácticas muy diversas entre sí: los dirigentes de Morena y de los partidos aliados (PT y PES) y toda la pléyade de grupos de priistas, perredistas y panistas que, oportunistamente, cambiaron de bando al último momento. También están vastas franjas de clases medias conservadoras, así como sectores empresariales a los cuales AMLO dedicó especial atención en la campaña en el afán de desactivar su animadversión y para poder contar con su colaboración a la hora de tomar posesión del cargo. Cada uno de ellos exigirá lo propio, pero sobre todo serán valorados en relación con su especifico peso social, político y económico en aras de mantener el equilibrio interclasista y la gobernabilidad.

Entonces “juntos” y revueltos, siguiendo el esquema populista, una abigarrada articulación de un vacío que solo pudo llenar la ambigüedad discursiva y ahora la capacidad de arbitraje y el margen de decisión del líder que la elaboró y la difundió. Entre equilibrios precarios y alianzas variables, se vuelve imprescindible el recurso a la tradición y la cultura del estatalismo y del presidencialismo mexicano -con sus aristas carismáticas y autoritarias- que, no casualmente, no fue cuestionado a lo largo de la campaña obradorista.

Al margen de los contenidos que, como anuncia el programa, oscilarán entre una substancial continuidad del modelo neoliberal, condimentada con dosis limitadas de regulación estatal y de redistribución hacia los sectores más vulnerables, la cuestión democrática es la que podría paradójicamente frustrar las expectativas de cambio histórico para reducirse a un esquema plebiscitario bonapartista, ligado a la figura del líder máximo que convoca a opinar sobre la continuidad de su mandato u otros temas emergentes. El culto a las encuestas al interior de Morena, tanto las que sirvieron para seleccionar a los candidatos como las que sostuvieron el triunfalismo de la campaña, podrían ser el preludio de un nuevo estilo de gobierno, en el cual el pueblo sea asimilado a la opinión pública.

Esperemos que la transición formal a la democracia que hemos presenciado el 1 de julio y la experiencia de un gobierno progresista tardío en México no cierren las puertas a la participación desde abajo y, por el contrario, propicien el florecimiento de instancias de autodeterminación. Esto sí que podría abrir la puerta a una transformación de portada histórica.

Massimo Modonesi es historiador y sociólogo. Profesor titular de la FCPyS de la UNAM. Coordinador de la Asociación Gramsci México (gramscimexico.org). modonesi@hotmail.com.

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Los movimientos sociales frente al AMLO

Massimo Modonessi, 30 de junio de 2018

Presento a continuación algunas consideraciones sobre los posicionamientos respecto de la candidatura presidencial de AMLO de diversas organizaciones sociales que han destacado en las últimas décadas por su independencia y combatividad y que podemos considerar representativas de las diversas actitudes y posturas que atraviesan el campo del movimiento popular organizado (ver aquí el estado actual del seguimiento de los pronunciamientos por sector) 1/. Por su relevancia coyuntural, tanto las consideraciones como el seguimiento ameritan ser presentados en forma provisoria y preliminar antes del día del voto.

La actual coyuntura está marcada por la posibilidad real de que culmine formalmente la transición a la democracia con la victoria de la oposición de centro-izquierda, encabezada, por tercera vez consecutiva, por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), acompañado en esta ocasión por la coalición Juntos Haremos Historia que construyó alrededor del partido que fundó: el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

La amplia ventaja de intención de voto en su favor registrada en las encuestas y la asistencia masiva a sus actos de campaña, ocurren cuando AMLO operó un marcado giro programático y de alianzas hacia el centro: desdibujando el carácter antineoliberal de su propuesta, incorporando fracciones priistas y panistas, anunciando integrantes de su gabinete que presagian cambios puntuales y moderados en el marco de la continuidad de fondo del modelo económico y del régimen político.

Esta estrategia no corresponde sólo a una apuesta electoral de un candidato y una fuerza política particular, sino que, en buena medida, podría ser el reflejo de un proceso de más amplio y profundo alcance histórico-político de descomposición social y de derechización que vive el país. Un proceso que atañe tanto al origen y la orientación clasista de los gobiernos y de los principales partidos políticos como al desborde de fenómenos de corrupción de la clase política y de la violencia endémica que atraviesa a la sociedad mexicana.

En este contexto adverso, los movimientos populares, tanto los independientes como aquellos que se cobijan detrás de partidos como Morena o el Partido de la Revolución Democrática (PRD), se encuentran a la defensiva. En particular, el campo popular independiente y organizado, caracterizado por sus rasgos combativos, está más expuesto a la intemperie del actual clima social y político: suele ser perseguido, criminalizado y se encuentra en una etapa de dispersión y desmovilización relativa. Esta condición de debilidad se evidenció, en la actual coyuntura electoral, a través de las dificultades que encontró la propuesta de la candidatura de Marichuy Patricio del Concejo Indígena de Gobierno (CIG) -que podía ser un punto de articulación de las luchas antineoliberales y anticapitalistas- pero también se hace presente en la actitud de las principales organizaciones sociales independientes y combativas respecto de la candidatura de AMLO que estamos analizando aquí.

En efecto, y éste es el punto que vamos a desarrollar, se puede observar una relativa convergencia táctica de carácter defensivo. Una convergencia que se manifiesta de distintas maneras en función de la combinación desigual de dos elementos: la apreciación de la oportunidad política y de la coyuntura crítica junto con la simultánea constatación del giro conservador operado por AMLO y Morena. La predominancia de adhesiones activas, pasivas o silenciosas permite sostener la hipótesis que se está generando una convergencia en la medida en que, implícita o explícitamente, se difunde una disposición a propiciar el voto útil hacia el candidato progresista. En particular, es sintomático que esto ocurra en ámbitos que, a diferencia de otros, no tenían antecedentes de alianzas, acercamientos o simpatía en elecciones anteriores, en particular en 2006 y 2012 con el mismo candidato a la Presidencia.

El mismo candidato que, sin embargo, operó un marcado y evidente giro conservador y desplazamiento hacia el centro, profundizando una tendencia ya perceptible en la campaña de 2012. El Proyecto de Nación 2018-2024, que se basa en un libro publicado en 2017 por AMLO 2/, contiene un planteamiento que combina substanciales garantías de continuidad neoliberal con puntuales propuestas de políticas sociales y de intervención estatal en sectores económicos estratégicos. A lo largo del texto, se encuentran muy escasas y escuetas referencias a demandas o intereses específicos de las organizaciones sociales independientes que estamos contemplando en nuestro análisis.

Un ejemplo de ello es la ausencia de un posicionamiento inequívoco respecto de las reformas de carácter neoliberal, sea para revertir las que se operaron, frenar las que están en curso o comprometerse a no promover otras. Se mencionan cuestiones como la recuperación del salario mínimo (dicho sea de paso, la primera medida social que aparece en el programa, p. 226 de 461) o la apuesta por el desarrollo sostenible, que son de interés general, pero tienen como destinatarios particulares a los trabajadores asalariados y a los ambientalistas. Entre las propuestas puntuales podemos registrar algunas relacionadas con el movimiento indígena (cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, el control y la gestión de sus territorios y sus recursos como modelo de buen vivir y de cuidado ambiental, consulta previa a los mega-proyectos), el movimiento campesino (la soberanía alimentaria, el rescate del campo y un programa para los jornaleros), el movimiento urbano popular (ampliación de política de vivienda) y la polémica suspensión de la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM). A pesar de proponer un vasto programa de becas para jóvenes, sorprendentemente no hay en el programa una postura clara de alternativa a la reforma educativa actualmente en curso, salvo la idea de revalorar el papel del maestro y la insistencia en el impacto de la educación en la movilidad social ascendente. 1b> 3/

Al calor de la campaña y de encuentros con distintos sectores, la postura sobre estos y otros puntos ha variado y sido objeto de negociaciones y acuerdos. Es probable que los cálculos y las apuestas por parte de las organizaciones se hagan no sólo en relación con la posibilidad de demandar el cumplimiento de puntuales promesas electorales, sino en función del andamiaje general del proyecto, de los futuros equilibrios de gobierno así como de la futura capacidad de presión sobre cuestiones y demandas específicas.

Un dato de fondo que no puede soslayarse es que Morena, a diferencia del PRD -desde su fundación en 1989- no ha incorporado orgánicamente ni establecido una estrategia de alianzas con movimientos y organizaciones sindicales independientes, sino que ha heredado del PRD las relaciones con organizaciones campesinas y buscado, o simplemente encontrado, vínculos puntuales como los de en esta coyuntura electoral con algunos dirigentes o figuras como Nestora Salgado, José Manuel Mireles o Napoleón Gómez Urrutia. Prueba de esta ausencia o desinterés por un planteamiento integral en esta dirección es el nombramiento del ultraconservador expanista Manuel Espino como “coordinador de organizaciones sociales y civiles” de la campaña. Es difícil establecer si esta actitud se debe solo a la orientación centrista de la campaña o a un rasgo constitutivo de Morena. Esta opción por no mantener vínculos orgánicos con otras entidades organizadas podría tener orígenes o propósitos diversos como evitar la lógica de las corrientes, las dobles afiliaciones y lealtades y sus posibles desviaciones corporativas o clientelares que primó en el PRD –y tendió a desvirtuarlo como partido-frente-, propiciar el centralismo, la afiliación estrictamente ciudadana o la constitución de una identidad primaria morenista en un partido de reciente creación.

En la opinión de Héctor de la Cueva, integrante de la Nueva Central de Trabajadores (NCT):

“Estamos frente a un partido que gira en torno a un personaje, y la postura que siempre ha tenido Obrador y en general toda esa corriente con la cual algunos sectores de la izquierda hicieron alianzas, es una postura en la que no hay una relación con movimientos sociales y organizaciones como tales. Hay una visión de movimiento ciudadano, es decir, de relaciones inorgánicas. Obrador tiene la postura de: somos el pueblo y yo. Y entre el pueblo y yo pues casi no hay nada. Sí, me relaciono con los movimientos sociales en tanto individuos, en tanto ciudadanos, en tanto componentes de la sociedad, pero no en tanto organizaciones o movimientos. Pero de aquel lado (Morena) siempre ha existido la intención de eludir los compromisos con los movimientos sociales. Porque pienso que en su estrategia dichos compromisos estorban. Puede tirar ganchos hacia los movimientos, como lo intentó con el movimiento magisterial. Que es incluso algo novedoso el acercamiento que intentó tener con la CNTE… Sí hay organizaciones, sobre todos sociales y campesinas, más que sindicales, que han establecido abiertamente una postura de apoyo a López Obrador. Son organizaciones que incluso tenían acuerdo desde años atrás con el PRD” 4/.

Salvo en los contados casos en los cuales se dio una alianza orgánica, se percibe un difuso escepticismo respecto a las credenciales de izquierda de AMLO y de Morena. Tampoco se comparte el optimismo esperanzado y, parafraseando el lema de campaña de Morena, la posibilidad de hacer historia en el sentido profundo, es decir que se avecine un real cambio de régimen o una transición no solo formal a la democracia de la alternancia. Más aún, existe la duda fundada de que esta historia se hará realmente juntos cuando la coalición que sostiene el candidato y la idea de pueblo que abandera resultan demasiado ambiguas, contradictorias y no incluyen, ni convocan, importantes franjas organizadas de las clases subalternas.

Sin embargo, si bien ya no se le reconoce como de izquierda, se le distingue de las derechas. En términos generales el discurso que emana de un gran número de organizaciones tiende a oscilar y buscar un difícil y precario equilibrio entre señalar los límites del proyecto -deslindándose o marcando una distancia- y reconocer que es el mal menor y que puede marcar una discontinuidad respecto de la situación actual y desplazar a las fuerzas políticas de derechas responsables de la misma, lo cual, ante las circunstancias consideradas particularmente dramáticas, resulta trascendente.

La atmosfera que se respira al interior de un gran número de organizaciones, colectivos y núcleos militantes es de perplejidad frente a una candidatura que no convence pero que puede vencer y, por ello, representa una oportunidad histórica y política. Si bien no genera entusiasmo e identificación entre estos sectores militantes, la sensación de que puedan derrotarse a las derechas genera un clima de expectativa e inclusive cierta efervescencia en vastas capas de la población. Queda la incertidumbre de si se trata del efecto-esperanza propio de una elección presidencial competida o el resultado de la capacidad persuasiva del lema de la esperanza obradorista de que el pueblo salvará al pueblo.

Esta paradoja entre la toma de distancia -el deslinde- y la sensación de oportunidad, aun en medio de las diferencias, puede apreciarse en la transcripción del debate convocado por la revista Memoria en el cual participaron integrantes de varias organizaciones, grupos y colectivos. Valgan, como significativos botones de muestra, las reflexiones de dos integrantes de organizaciones claramente no identificadas con el obradorismo:

América Del Valle (Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra): Y bueno, es mucho más fácil ubicar a la izquierda institucionalizada que, coincido plenamente en que es la izquierda de la derecha. Y, sin embargo, en este momento creo que distintos movimientos sociales, en estos momentos coyunturales, muchos definen participar como militantes o bien respaldar o bien estar sujetos a lo que va a pasar. En muchos otros casos nos mantenemos independientes al partido político, del que sea de izquierda, porque creemos que esta independencia nos permite mayor autonomía, mayor disposición y libertad incluso de construir y de retomar y de defender ideológicamente lo que creemos, con lo que vamos aprendiendo, con lo que vamos retomando de nuestra historia. Y una cosa aquí, en el caso de Atenco, por ejemplo, tenemos 17 años donde hemos tenido una resistencia con distintos momentos importantes, por un lado, una victoria importante que es lo que nos da una trascendencia a nivel nacional e internacional cuando se echa abajo el aeropuerto y, sin embargo, existe el PRI dentro del municipio y luego entonces hay una serie de contradicciones que los pueblos nos vemos obligados a revisar. ¿Vamos a permitir que continúe el PRI, vamos a permitir que continúe ese poder que nos ha despojado y que ha entregado nuestro patrimonio? Y entonces ahí viene un momento de contradicción para los pueblos.

Elia Silva (Organización Popular Francisco Villa de Izquierda Independiente): Estamos de acuerdo en que, tal vez sería muy terrorífico, a partir de ese rompimiento que hay, de este enojo de la gente, de todo esto que ha pasado con los últimos gobiernos, que no gane AMLO, pero tampoco vemos un cambio decisivo si gana. (…) La perspectiva es la organización. Más allá de los tiempos electorales, más allá de las campañas, nuestro proyecto no está determinado por lo electoral. Por supuesto que hay un impacto que nos afecta. Y seguramente en nuestras comunidades haya gente que vaya a votar por uno o por otro. Pero lo que hemos visto todos es que las cosas que hemos mejorado las hemos logrado organizadamente. Los tiempos electorales no marcan la construcción de nuestros sueños, no van a cambiar nuestras condiciones de vida, porque hay intereses que van más allá de nosotros que solamente la organización del pueblo puede realizar. 5/

La consigna propia de la postura independiente es que hay que organizarse y disponerse a luchar sea cual sea el gobierno surgido de las urnas. Al mismo tiempo y a diferencia de 2006 nadie, ni siquiera veladamente, llamó a la abstención y parece primar de forma generalizada la tendencia tanto de las bases de ir a votar como de los dirigentes de permitirlo, tolerarlo o fomentarlo.

A pesar de un clima que genera cierta convergencia en la lectura de la coyuntura y de la caracterización de la candidatura de López Obrador, a la hora de los pronunciamientos no es posible detectar una estrategia o un comportamiento en común entre los movimientos y organizaciones sociales.

Como lo reportamos en el documento anexo, no pocas organizaciones optaron por tejer un vínculo orgánico y llamar públicamente a votar, pero otras tantas decidieron no pronunciarse en este sentido. En este segundo grupo, algunas quisieron enviar algún tipo de mensaje sea asistiendo a reuniones o mítines, invitando a no votar por las derechas o votar por una izquierda mientras que otras simplemente se mantuvieron en silencio y sin contacto alguno con el candidato y sus alrededores. Un silencio difícil de interpretar y que no figura en el registro de los posicionamientos pero que hay que escuchar y que solo parcialmente puede interpretarse como quien calla otorga.

Entre los silencios, resuenan la valoración de la autonomía de muchas luchas socio-ambientales y obreras o la distancia que marcan, desde la sociedad civil, organizaciones de víctimas y de defensa de los derechos humanos. Hasta ahora no hemos registrado adhesiones de colectivos de jóvenes y estudiantes y de colectivos feministas, con lo cual parecen mantenerse voluntariamente al margen del proceso electoral y de la campaña de AMLO dos de los sectores más combativos y militantes que han protagonizado luchas y protestas en los últimos años. Este silencio no puede pasar inobservado porque se trata de actores que han tomado y usado la palabra para impugnar el mismo orden político-estatal que Morena aspira a ocupar.

En vista del 1 de julio, no sabemos si los vínculos que se gestaron y, más aún, los que no se dieron, serán decisivos para los equilibrios electorales, pero sabemos que nos hablan de una dimensión fundamental de la política, de tácticas y estrategias, de alianzas y de rupturas, de subordinación y de autonomía, de los vicios y las virtudes del entrelazamiento entre las luchas sociales y las disputas electorales para ocupar espacios en las instituciones de gobierno.

En este tenor, cabe señalar una hipótesis complementaria que afloró en el rastreo de los posicionamientos y que atañe el horizonte interior de las organizaciones y no su capacidad o voluntad de incidir en el contexto y la coyuntura que las rodea. Tanto las diversas formas de vinculación y de apoyo así como el distanciamiento y el deslinde, provocan tensiones internas y evidencian dilemas de fondo respecto de la política institucional. La coyuntura electoral genera una fuerte interferencia en la vida cotidiana de las organizaciones independientes, una interferencia que trastoca –temporal o de forma duradera- sus equilibrios internos y su lógica de reproducción discursiva y organizacional. De manera particular en organizaciones consolidadas, esta interferencia es procesada a través de mecanismos y formatos de autoconservación que se mantienen elección tras elección. Por ello, las organizaciones más antiguas y más grandes pueden o tienden a pronunciarse, mientras que las más jóvenes y más pequeñas prefieren optar por el silencio, posiblemente para evitar que las tensiones se vuelvan destructivas. Por otra parte, aun en las organizaciones más estables, las coyunturas específicas plantean desafíos que pueden generar rupturas o montarse sobre tensiones, divisiones y conflictos preexistentes.

Habrá que esperar los resultados de las elecciones del 1 de julio para poder precisar algunas de las hipótesis y las consideraciones preliminares vertidas aquí que ofrecemos como contribución al debate y a la comprensión de la coyuntura que estamos viviendo.

Al margen del resultado del voto -que no es indiferente- el futuro de México depende en gran medida del alcance del movimiento social y éste se retroalimenta de las organizaciones existentes, aunque tenga que trascenderlas para adquirir el tamaño y la fuerza que requieren las circunstancias históricas y políticas en las que nos encontramos.

Notas:

1/ Agradezco el apoyo en la recopilación de la información a Fernando Luna, Samuel González, Sergio Moissen y Enrique Pineda. La investigación se está realizando en el marco del Observatorio Electoral 2018 de la Red Mexicana de Estudios de los Movimientos Sociales y del Proyecto de Investigación PAPIIT-UNAM 302716 Movimientos antagonistas en México y América Latina.

2/ Andrés Manuel López Obrador, 2018 La salida. Decadencia y renacimiento de México, Planeta, México, 2017.

3/ Proyecto de Nación 2018-2024, disponible en:https://drive.google.com/file/d/11B0aNBuVpHB7GDVXhCKdYvVKw7D7Ta-x/view

4/ Entrevista a Héctor de la Cueva, 10 de mayo de 2018.

5/ “Elecciones y luchas social” en revista Memoria, CEMOS, México, núm. 266, 2018-2.

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El neoliberalismo que continúa con AMLO

Javier Hernández Alpízar, 1 de julio de 2018

Es perfectamente legítima la resistencia de comunidades y organizaciones que se oponen al despojo, la explotación, la represión y el desprecio racista del capitalismo neoliberal y patriarcal, incluso si ahora significa oponerse a megaproyectos impulsados por gobiernos de Morena. Y seguramente resistirán, aun si eso implica enfrentar las calumnias y linchamientos mediáticos de los seguidores más fanatizados de Obrador.

Es legítimo que las personas que votaron por López Obrador celebren su triunfo, en la tercera postulación de su candidato y tras superar al menos un fraude seguro en 2006 y una “imposición”, como calificaron la elección de 2012. Es legítima la celebración masiva del hartazgo contra los gobiernos priistas, panistas y perredistas, corresponsables de dos sexenios de muerte, violencia, terror, despojo y depauperización contra el pueblo mexicano. Sin embargo, es falsa la expectativa de que con este triunfo ha ganado una “izquierda” y falsa la idea de que “se van” PRI, PAN y PRD. La realidad es muy otra y no podemos ocultarla bajo la estela de euforia por el triunfo reconocido desde el inicio del conteo de votaciones por el sistema, en voz de los candidatos de los partidos derrotados.

Para saber si un proyecto de gobierno será violador de derechos humanos basta con verlo sobre el papel: el neoliberalismo es violador de derechos humanos porque bajo las palabras “inversión”, “desarrollo”, “eficiencia”, “infraestructura”, se esconde la realidad de un modelo de desarrollo depredador del medio ambiente y causa de despojo, desplazamiento de poblaciones (especial, pero no únicamente, rurales y sobre todo indígenas), explotación de los trabajadores, represión de las protestas, luchas y resistencias en defensa del territorio, los recursos locales, los derechos humanos, y un nefasto etcétera.

Esta política los mexicanos la conocemos porque la hemos vivido desde el sexenio de Miguel de la Madrid a la fecha, es decir de 1982 a 2018: 32 años de neoliberalismo que han dejado, especialmente en los recientes 12 años, miles de muertos, desaparecidos y la destrucción de la economía local y el despojo muchos de los recursos del territorio y del pueblo mexicano.

A pesar de que López Obrador mismo y especialmente su brazo derecho, ya confirmado como su coordinador de gabinete, Alfonso Romo, han declarado explícitamente que el neoliberalismo continuará, hay una falsa expectativa y hasta una ilusión de que esto no es así y de que habrá una política diferente: en el imaginario social, el estado de bienestar de los años sesentas y principios de los setenta.

En su discurso del triunfo, López Obrador expresó claramente que la política neoliberal continuará, con palabras que podrían haber sido las de cualquier otro candidato, todos neoliberales:

“Habrá libertad empresarial; libertad de expresión, de asociación y de creencias; se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en nuestra Constitución”.

“En materia económica, se respetará la autonomía del Banco de México; el nuevo gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal; se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros.”[1]

Dejando de lado la promesa de “libertad de creencias” (la cual no tendría por qué prometerse porque en México existe legal y realmente, pero que aquí es un guiño a sus aliados evangélicos del derechista Partido Encuentro Social), están ahí los elementos esenciales del neoliberalismo: libertad empresarial, autonomía del Banco de México, disciplina financiera y fiscal. Es obvio que nadie espera que se desconozcan los compromisos con bancos, pero la continuidad del neoliberalismo está expresada en los términos que la desean los grandes empresarios mexicanos y extranjeros y no son diferentes a un discurso de De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox o Peña.

De manera aún más clara que Obrador, si tal es posible, su coordinador de gabinete y uno de los autores de su Plan de Nación, Alfonso Romo, ha expresado así, dirigiéndose deliberadamente a los empresarios, la garantía de continuidad del neoliberalismo y del modelo de desarrollo de los últimos 32 años:

“Los empresarios piden responsabilidad financiera y se les vas a cumplir más de lo que creen”, declaró Romo, en entrevista con Forbes México. “Tenemos que dar toda la certeza. Se necesita mucha inversión. Tenemos que darle todos los elementos para que los empresarios mexicanos se queden y los extranjeros vengan a México”.

El reportero de Forbes preguntó a Romo si apoyarían las Zonas Económicas Especiales y recibió por respuesta: “Quizá las hagamos más grandes. Todo. Chiapas, Oaxaca, Guerrero. ¿Qué dejas fuera? No puedes dejar nada fuera”.[2]

Las Zonas Económicas Especiales, que pueden llamarse también “polos de desarrollo”, son enclaves de desarrollo colonizador. Una zona económica especial (ZEE) es un área geográfica delimitada que ofrece un entorno de negocios excepcional con el objetivo de incentivar la inversión en dicha zona, teniendo miras a industrializarla:

“Busca hacer altamente competitivas a las empresas que operan en ellas, mediante medidas que suelen incluir incentivos fiscales, facilidades al comercio exterior, beneficios aduaneros, un marco regulatorio ágil y desarrollo de infraestructura.”

El modelo de desarrollo de estas Zonas Económicas Especiales es depredador del medio ambiente y colonizador; amenaza con el despojo y el desplazamiento a comunidades urbanas, rurales, indígenas y especialmente a los estados más pobres (en lenguaje desarrollista y neoliberal “atrasados”) como Chiapas, Oaxaca y Guerrero. Probablemente AMLO cambie de nombre al modelo, pero éste no dejará de ser violador de derechos humanos individuales y colectivos. Además, otorga todos los beneficios a las empresas inversoras: incentivos fiscales, facilidades al comercio exterior, beneficios aduaneros, un marco regulatorio ágil y desarrollo de infraestructura. Este último incentivo, desarrollo de infraestructura, implica megaproyectos destructores del territorio y el tejido social como el Aeropuerto en Texcoco, carreteras, extractivismo, presas y represas; entre otros, uno muy prometido por AMLO en diversas candidaturas anteriores: el corredor Coatzacoalcos- Salina Cruz, que conecta, para servicio de los capitales y mercancías, dos puertos marítimos, y atraviesa muchas comunidades que serán afectadas; asimismo, el extractivismo minero, canadiense y otros, que AMLO ha dicho que seguirá permitiendo, pese a que se comporta de manera criminal, como lo saben los opositores a proyectos mineros. Si revive su proyecto de un tren de alta velocidad entre México y Centroamérica, prometido en campañas anteriores, tendría que afectar a comunidades indígenas chiapanecas, incluidas las zapatistas. Ningún gobierno de izquierda ha logrado un modelo alternativo de desarrollo al industrializador, y el del proyecto de la “izquierda” mexicana no es la excepción.

El modelo de desarrollo depredador está representado en el gabinete de López Obrador por personajes como Víctor Villalobos, defensor de la Ley de Bioseguridad, aprobada en favor de empresas promotoras de transgénicos como Monsanto, Pionner y Syngenta.[3] Un académico que apoyó a Obrador por años, Víctor M. Toledo, prácticamente rompió con él por este nombramiento y criticó acremente así a ese proyecto: “Ello convierte a Morena en un partido que posee una piel de oveja con un cerebro de lobo”.[4] En países como Argentina, que ha padecido los monocultivos de soya (soja) transgénica y sus agrotóxicos, saben que tener en un gobierno a promotores de esas empresas no es nada inocuo, como tampoco lo es tener un gobierno promotor de la minería.

Cada miembro del gabinete propuesto por López Obrador es una garantía de la continuidad del neoliberalismo, pero podemos destacar uno de los más polémicos, su titular de Educación, el ex secretario de gobernación y de desarrollo social de Zedillo, Esteban Moctezuma Barragán, quien fue presidente de la Fundación de TV Azteca y, anteriormente, parte de la contrainsurgencia antizapatista de Zedillo.

Algunos han tratado de limpiar su imagen del manchón de haber formado parte de una trampa a la dirigencia del EZLN que estaba citada a dialogar con él como titular de Gobernación mientras Zedillo ordenaba a los militares detenerlos. La trampa no funcionó y el desprestigio de Zedillo y su estrategia obligó a sacrificar la cabeza de Moctezuma haciéndolo renunciar, pero no fue una ruptura con Zedillo, porque en ese mismo sexenio regresó a la oficina de Desarrollo Social, que también hace contrainsurgencia mediante dádivas llamadas “programas sociales”.

El argumento de los defensores de Obrador es que, si bien es neoliberal, atacará la corrupción: Esta es una vieja y falaz concepción de la derecha: se puede mejorar el funcionamiento del sistema capitalista neoliberal atacando solamente la corrupción, pero sin tocar los intereses de los capitales.

López Obrador dijo en su discurso del triunfo:

“Bajo ninguna circunstancia, el próximo Presidente de la República permitirá la corrupción ni la impunidad. Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares. Un buen juez por la casa empieza”.

“Todo lo ahorrado por el combate a la corrupción y por abolir los privilegios, se destinará a impulsar el desarrollo del país. No habrá necesidad de aumentar impuestos en términos reales ni endeudar al país. Tampoco habrá gasolinazos. Bajará el gasto corriente y aumentará la inversión pública para impulsar actividades productivas y crear empleos.”

Suena muy bien acabar con la corrupción, pero el problema es que no suena verosímil cuando AMLO está rodeado de personajes como Elba Esther Gordillo y sus operadores, o como Napoleón Gómez Urrutia, quien todo parece indicar que será operador de los intereses de las mineras canadienses en México. Más bien hace recordar que no acabó con la corrupción en su gobierno de la Ciudad de México, y el recuerdo de René Bejarano y Rosario Robles, están ahí para refrescar la memoria, pero incluso si ataca la corrupción, no tocará algo más fundamental: la explotación, como ya vimos que no atacará el modelo colonialista de desarrollo basado en el despojo.

Respecto a la explotación, Obrador cree que en México no es importante y que seguir pensando en ella es un discurso “teórico y académico rebasado”. Un discurso de campaña en Los Reyes Acaquilpan, Estado de México, López Obrador dijo:

“Tenemos que acabar con la corrupción, porque muchos teóricos sociales, académicos, intelectuales no tratan este tema. Los académicos más clásicos, más teóricos se quedaron con la idea de que la desigualdad se produce por la explotación que se hace de los trabajadores, que el burgués explota al proletario, que se va acumulando ganancias y que esas utilidades se las apropia el dueño de los medios de producción y que por eso es la desigualdad y la pobreza. Pero en México, no aplica esa teoría del todo; aquí las grandes fortunas se han acumulado mediante la corrupción, al amparo del poder público”.[5]

Ese es un discurso que elaboró la derecha empresarial panista en oposición al PRI: lo que hay que acabar es la corrupción, entiéndase en el gobierno y el Estado, sin cuestionar la riqueza privada. Los empresarios se quejaban de que el marxismo enseña a los obreros que el patrón no les paga su salario completo y que se queda parte de él (plustrabajo impago que genera plusvalía en la teoría del valor de Marx), lo cual, según los empresarios, es falso y es una ideología que alimenta el odio de clases y con ello la lucha de clases. De la Madrid se hizo eco de ese discurso (demagógicamente) con su lema “Renovación Moral” (y se lo reprochó Carlos Pereyra, porque era sumir la postura de la derecha ya mencionada). Hoy es la ideología de AMLO.

En su discurso, Obrador retomó punto por punto esa ideología empresarial de derecha: La falacia de que la explotación es el origen de la desigualdad económica “en México casi no aplica”. Como los empresarios dijeron siempre, el marxismo es una ideología ajena, extranjera, exógena y exótica, en México las cosas no son así. Además, como ha dicho el neoliberalismo triunfalista, el marxismo es cosa del pasado, quedó sepultado: en su discurso de campaña, dice Obrador que los académicos más “clásicos” (como “viejos”) “se quedaron” (rebasados ya) en la teoría de la explotación, pero el fenómeno real es la “corrupción”, que “los académicos no estudian”. Todas ellas son ideas falsas, pues la explotación sigue siendo le fuente de la riqueza capitalista, algunos académicos sí estudian teóricamente la corrupción[6] y además, la explotación capitalista genera corrupción, como decía Marx: la corrupción es floración habitual del capitalismo.

El discurso apologista del capitalismo y del neoliberalismo dice que en México el capitalismo neoliberal no ha generado desarrollo, no porque sea depredador, explotador y colonialista, sino porque hay políticos corruptos (el PRIAN-PRD), los que AMLO llama “mafia del poder” (algunos de los cuales hoy son aliados, candidatos y asesores suyos) y ocurre lo que Denisse Dresser, de ideología de derecha empresarial panista, llama “capitalismo de compadres”.

Es una falacia que se pueda combatir la corrupción sin atacar al neoliberalismo y al capitalismo (sus raíces, en gran medida). Es una falacia que baste con el dinero ahorrado por evitar la corrupción para mejorar la condición de las mayorías, sin tocar los intereses del capital y manteniendo el neoliberalismo (libre empresa, autonomía del Banco de México, etc.). Lo que una política así de inconsistente puede lograr es solamente una caricatura del estado de bienestar que hubo en México cuando era la forma de regulación del conflicto del capitalismo mundial, pero que hoy simplemente no existe porque el capitalismo no tiene competencia y las clases trabajadoras no oponen una política de izquierda anticapitalista. (En México las banderas anticapitalistas las enarbolan las comunidades indígenas autónomas que tienen su Concejo Indígena de Gobierno.)

Decir que el problema no es la explotación sino la corrupción es retomar una ideología de la derecha empresarial que ahora ha aceptado con los brazos abiertos a AMLO, al menos en el caso de representantes conspicuos como Azcárraga, de Televisa, y Salinas Pliego, de TV Azteca.

Acercando el lente analítico, las expectativas de cambio se reducen a niveles muchísimo menores de los que anuncian el fervor popular y los titulares de los medios de masas que hablan de que en México “ganó la izquierda”. Pero claro, para el sistema capitalista neoliberal esa es la izquierda aceptable: la que niegue que la explotación sea el problema.

El PRI, el PAN y el PRD perdieron las elecciones, pero su ideología neoliberal está intacta y ahora gobernará con las siglas de Morena; ésa es una de las razones por las que no hicieron fraude electoral a Obrador. El fraude será para quienes esperaban un cambio verdadero.

Y desde luego, es perfectamente legítima la resistencia de comunidades y organizaciones que se oponen al despojo, la explotación, la represión y el desprecio racista del capitalismo neoliberal y patriarcal, incluso si ahora significa oponerse a megaproyectos impulsados por gobiernos de Morena. Y seguramente resistirán, aun si eso implica enfrentar las calumnias y linchamientos mediáticos de los seguidores más fanatizados de Obrador.

Notas

[1] López Obrador https://lopezobrador.org.mx/2018/07/02/palabras-amlo-con-motivo-del-triunfo-electoral-del-1-de-julio/

[2] Alfonso Romo https://www.forbes.com.mx/mexico-tendra-que-ser-un-paraiso-de-inversion-alfonso-romo/

[3] La Jornada http://www.jornada.com.mx/2017/12/18/politica/011n1pol

[4] Víctor Toledo en La Jornadahttp://www.jornada.com.mx/2017/12/19/opinion/016a1pol

[6] Estudios en la UNAM sobre la corrupción http://www.gaceta.unam.mx/20180604/la-corrupcion-se-extiende-en-forma-similar-al-cancer/

Javier Hernández Alpizar es periodista y escritor. Artículo publicado originalmente en Zapateando

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