Nicaragua: crítica y autocrítica desde la izquierda

 ¿Puede un gobierno continuar denominándose de izquierda (y hasta revolucionario) a pesar de seguir todo el ideario del capitalismo neoliberal con las consecuencias que genera?

¿Hasta qué punto las alianzas tácticas con el “enemigo” se transforman en la segunda naturaleza de quien las protagoniza?

Textos de Emilia M. Carlevaro , Boaventura de Sousa Santos, Iosu Perales y William I. Robinson.


Nicaragua – S.O.S.Nicaragua, supongamos que…

Supongamos que la reforma previsional que impulsó Ortega era justa (y no regresiva) y que los que manifestaban en su contra estaban equivocados…

Emilia M Carlevaro es médica, fue militante del MLN-Tupamaros en los años 1960-1970, estuvo exiliada. Integra la organización Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos. 3 de julio de 2018.

Supongamos que no hubo omisión ni negligencia en sofocar el incendio que terminó con parte del corazón de la Reserva Biológica Indio Maíz y que los que denunciaron y protestaron por esto estaban equivocados…

Supongamos que los sacerdotes católicos que auxilian, conversan y apoyan a los jóvenes activistas son más conservadores y pro imperialistas que el recientemente fallecido Cardenal Obando y Bravo, que se opuso al primer gobierno del FSLN y que apoyó a la contrarrevolución (instigada, respaldada y financiada por Reagan y el escandaloso Irangate), pero que en 2016 fue declarado por Ortega “Prócer de la Paz y la Reconciliación”…

Supongamos que todos los organismos de derechos humanos –gubernamentales y no gubernamentales, nicaragüenses y extranjeros- se hayan convertido unánime y simultáneamente en marionetas del imperialismo y la reacción, sesgando sus informes para desprestigiar al gobierno y que los que reclaman su intervención y divulgan sus informes están equivocados…

Supongamos que la mayor parte del cerno del FSLN de la Revolución del 79 (Henry Ruiz, Mónica Baltodano, Víctor Tirado, Dora Ma. Téllez, Sergio Ramírez, Luis Carrión, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, etc.) se hallen en estado de confusión o de vileza extrema e induzcan al pueblo a cometer errores y que miles los sigan…

Supongamos que el imperialismo yanqui tiene la capacidad de orquestar, tras 11 años de gobierno de Ortega (con control total de las fuerzas coercitivas del Estado, con dominio de gran parte de la prensa y de los aparatos de las organizaciones de masas), una maniobra desestabilizadora de tal magnitud que hace que miles se lancen a las calles arriesgando sus vidas…

Supongamos, entonces, que estamos frente a una espectacular maniobra desestabilizadora contra un gobierno defensor del pueblo, revolucionario y antiimperialista, que logra que miles de alienados, digitados por el imperio y la burguesía, salgan –estúpidamente- a protestar, inermes, arriesgando que los maten a ellos y sus familias para apenas arañar a las fuerzas gubernamentales. En síntesis: miles de pobres (en Nicaragua el 80% de la población lo es) digitados, confundidos, dispuestos a morir…

Entonces, si todos estos supuestos fueran verdad, ¿qué debería hacer el gobierno con estos manifestantes? ¿Su no razón es razón para dispararle al boleo, encarcelarlos e interrogarlos bajo tortura, herirlos, matarlos?

Y nosotros, aquellos uruguayos que siempre pensamos que los gobiernos tienen el deber de que sus Estados cumplan con la obligación de garantizar los derechos de las personas, empezando por la vida y la libertad, los que venimos trabajando por eso, dentro y fuera de fronteras, desde el pachecato (1) hasta ahora, ¿qué hacemos?

¿Decimos que el gobierno y el Estado de Nicaragua tienen menos obligaciones que los de Uruguay?

¿Decimos que los más de doscientos muertos -los habidos en estos dos meses- son menos valiosos que los nuestros? ¿Que los nuestros no debían morir porque tenían razón y estos sí porque estaban equivocados?

¿Nos hacemos los distraídos?

¿Repetimos el argumento de que se prestaron –consciente o inconscientemente- para desestabilizar un gobierno revolucionario y que entonces…? [- ¿Entonces qué?, terminemos la frase por favor. Entonces… ¿se lo buscaron?… ¿se lo merecen?…]

Nosotros, los que nos oponemos a la pena de muerte aun para el peor delincuente, ¿la aceptamos contra los manifestantes?, ¿acaso la sospecha que haya fuerzas políticas nicaragüenses de derecha que con total oportunismo pretendan manipular y dirigir las protestas, nos inhibe para solidarizarnos con las víctimas?

Muchos nicaragüenses nos hablan y escriben informándonos, pidiéndonos solidaridad, apelan a nuestra sensibilidad de demócratas, progresistas, defensores de los derechos humanos y/o izquierdistas… ¿no les contestamos?, ¿no vamos a hacer una gestión, un gesto público?

¿Es que todavía no comprendimos que no se trata de dirimir si los manifestantes tienen o no razón, sino de defender sus derechos y libertades fundamentales? Nadie nos pide que opinemos sobre la política interna nicaragüense, nos piden que ayudemos a evitar que se siga enlutando Nicaragua con la sangre de los que desde los más remotos pueblitos a las ciudades, desarmados, luchan en las calles. Nos piden que, de una vez por todas, seamos capaces de exigir que cese la represión, que se ponga fin al accionar terrorista del Estado.

Nos recuerdan, sin decirlo, que la defensa de los enunciados en la Declaración Universal de Derechos Humanos no tiene fronteras.

Me resuena la canción de Zitarrosa (2) pongo una de sus líneas en plural:

Qué pena, que no nos duela el dolor.

Notas

1) Alude a Jorge Pacheco Areco (1920-1998), del Partido Colorado, presidente de la República entre 1967 y 1972. Con “pachecato” se identifica el régimen autoritario que abrió el camino para el golpe de Estado de 1973.

2) Alfredo Zitarrosa (1936-1989), cantautor, poeta y escritor y periodista uruguayo, considerado una de las figuras más destacadas de la música popular de América Latina.


Las venas abiertas de Nicaragua

Pertenezco a la generación de los que en los años 1980 vibraron con la Revolución sandinista y la apoyaron activamente. El impulso progresista reanimado por la Revolución cubana de 1959 se había estancado en gran medida por la intervención imperialista de Estados Unidos. La imposición de la dictadura militar en Brasil en 1964 y en Argentina en 1976, la muerte del Che Guevara en 1967 en Bolivia y el golpe de Augusto Pinochet en Chile contra Salvador Allende en 1973 fueron los signos más sobresalientes de que el subcontinente americano estaba condenado a ser el patio trasero de Estados Unidos, sometido a la dominación de las grandes empresas multinacionales y de las élites nacionales conniventes con ellas. Estaba, en síntesis, impedido de pensarse como conjunto de sociedades inclusivas centradas en los intereses de las grandes mayorías empobrecidas.

Boaventura de Sousa Santos es sociólogo, profesor de la Universidade de Coimbra. Traducción del portugués de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez. 3 de julio de 2018.

La Revolución sandinista significaba el surgimiento de una contracorriente auspiciosa. Su significado resultaba no solo de las transformaciones concretas que protagonizaba (participación popular sin precedentes, reforma agraria, campaña de alfabetización que mereció el premio de la UNESCO, revolución cultural, creación de servicio público de salud, etc.), sino también del hecho de que todo esto se realizó en condiciones difíciles, debido al cerco extremadamente agresivo de los Estados Unidos de Ronald Reagan, que supuso el embargo económico y la infame financiación de los “contras” nicaragüenses (la guerrilla contrarrevolucionaria) y el fomento de la guerra civil. Igualmente significativo fue el hecho de que el gobierno sandinista mantuviera el régimen democrático, lo que en 1990 dictó el fin de la revolución con la victoria del bloque opositor, del que, además, formaba parte el Partido Comunista de Nicaragua.

En los años siguientes, el Frente Sandinista, siempre liderado por Daniel Ortega, perdió tres elecciones, hasta que en 2006 reconquistó el poder, manteniéndolo hasta hoy. Sin embargo, Nicaragua, como por lo demás toda Centroamérica, estuvo fuera del radar de la opinión pública internacional y de la propia izquierda latinoamericana. Hasta que el pasado abril las protestas sociales y la violenta represión llamaron la atención del mundo. Pueden contarse ya muchas decenas de muertes causadas por las fuerzas policiales y por milicias adeptas al partido del Gobierno. Las protestas, protagonizadas inicialmente por estudiantes universitarios, apuntaban a la displicencia del Gobierno ante la catástrofe ecológica en la Reserva Biológica Indio-Maíz causada por el incendio y por la deforestación e invasión ilegales. Se sucedieron después las protestas contra la reforma del sistema de seguridad social, que imponía recortes drásticos en las pensiones y gravámenes adicionales impuestos a los trabajadores y los patrones. A los estudiantes se unieron los sindicatos y demás organizaciones de la sociedad civil.

Ante las protestas, el Gobierno retiró la propuesta, pero el país estaba ya incendiado por la indignación contra la violencia y la represión y por la repulsa causada por muchas otras facetas sombrías del gobierno sandinista, que entretanto empezaron a ser más conocidas y abiertamente criticadas. La Iglesia católica, que desde 2003 se “reconcilió” con el sandinismo, volvió a tomar sus distancias y aceptó mediar en el conflicto social y político bajo condiciones. El mismo distanciamiento ocurrió con la burguesía empresarial nicaragüense, a quien Ortega ofreció sustanciosos negocios y condiciones privilegiadas de actuación a cambio de lealtad política. El futuro es incierto y no puede excluirse la posibilidad de que este país, tan masacrado por la violencia, vuelva a sufrir un baño de sangre. La oposición al orteguismo cubre todo el espectro político y, tal como ha ocurrido en otros países (Venezuela y Brasil), solo muestra unidad para derribar el régimen, pero no para crear una alternativa democrática. Todo lleva a creer que no habrá solución pacífica sin la renuncia de la pareja presidencial Ortega-Murillo y la convocatoria de elecciones anticipadas libres y transparentes.

Los demócratas, en general, y las fuerzas políticas de izquierda, en particular, tienen razones para estar perplejos. Pero tienen sobre todo el deber de reexaminar las opciones recientes de gobiernos considerados de izquierda en muchos países del continente y de cuestionar su silencio ante tanto atropello de ideales políticos durante tanto tiempo. Por esta razón, este texto no deja de ser, en parte, una autocrítica. ¿Qué lecciones se pueden extraer de lo que pasa en Nicaragua? Ponderar las duras lecciones que a continuación enumero será la mejor forma de solidarizarse con el pueblo nicaragüense y de manifestarle respeto por su dignidad.

Primera lección: espontaneidad y organización. Durante mucho tiempo las protestas sociales y la represión violenta ocurrieron en las zonas rurales sin que la opinión pública nacional e internacional se manifestara. Cuando las protestas irrumpieron en Managua, la sorpresa fue general. El movimiento era espontáneo y recurría a las redes sociales que el Gobierno había promovido con el acceso gratuito a internet en los parques del país. Los jóvenes universitarios, nietos de la Revolución sandinista, que hasta hace poco parecían alienados y políticamente apáticos, se movilizaron para reclamar justicia y democracia. La alianza entre el campo y la ciudad, hasta entonces impensable, surgió casi naturalmente y la revolución cívica salió a la calle asentada en marchas pacíficas y barricadas que llegaron a alcanzar el 70% de las carreteras del país. ¿Cómo es que las tensiones sociales se acumulan sin que se noten y su explosión repentina toma a todos por sorpresa? Ciertamente, no por las mismas razones por las que los volcanes no avisan. ¿Puede esperarse que las fuerzas conservadoras nacionales e internacionales no se aprovechen de los errores cometidos por los gobiernos de izquierda? ¿Cuál será el punto de explosión de las tensiones sociales en otros países del continente causadas por gobiernos de derecha, por ejemplo, en Brasil y Argentina?

Segunda lección: los límites del pragmatismo político y de las alianzas con la derecha. El Frente Sandinista perdió tres elecciones después de haber sido derrotado en 1990. Una facción del Frente, liderada por Ortega, entendió que la única manera de retornar al poder era haciendo alianzas con sus adversarios, incluso con aquellos que más visceralmente habían hostilizado al sandinismo, como la Iglesia católica y los grandes empresarios. Respecto a la Iglesia católica, la aproximación comenzó a principios de la década de 2000. El cardenal Obando y Bravo fue durante buena parte del período revolucionario un opositor agresivo al gobierno sandinista y activo aliado de los contras, apodando a Ortega como “víbora moribunda” durante toda la década del noventa. Pese a ello, Ortega no tuvo pudor en aproximarse al cardenal al punto de pedirle en 2005 que oficiase el matrimonio con su compañera de muchos años, Rosario Murillo, actual vicepresidenta del país. Entre muchas otras concesiones a la Iglesia, una de las primeras leyes del nuevo Gobierno sandinista, todavía en 2006, fue aprobar la ley de prohibición total del aborto, incluso en casos de violación o de peligro para la vida de la mujer. Esto, en un país con alta incidencia de violencia contra mujeres y niños. Por otra parte, la aproximación a las elites económicas se produjo por la sumisión del programa sandinista al neoliberalismo, con la desregulación de la economía, la suscripción de tratados de libre comercio y la creación de sociedades público-privadas que garantizaban jugosos negocios al sector privado capitalista a costa del erario público. Se produjo también un acuerdo con el expresidente Arnoldo Alemán, considerado uno de los jefes de Estado más corruptos del mundo.

Estas alianzas garantizaron cierta paz social. Y debe destacarse también que en 2006 el país estaba al borde de la quiebra y las políticas adoptadas por Ortega permitieron el crecimiento económico. Se trató, sin embargo, del crecimiento típico de la receta neoliberal: gran concentración de riqueza, total dependencia de los precios internacionales de los productos de exportación (en particular café y carne), autoritarismo creciente ante el conflicto social causado por la extensión de la frontera agrícola y por los megaproyectos (por ejemplo, el gran canal interoceánico, con financiamiento chino), aumento desordenado de la corrupción, empezando por la elite política en el Gobierno. La crisis social solo fue atenuada debido a la generosa ayuda de Venezuela (donaciones e inversiones) que llegó a ser una parte importante del presupuesto del Estado y permitió algunas políticas sociales compensatorias. La situación tendría que estallar cuando los precios internacionales bajasen, hubiese cambio de política económica en el principal destino de las exportaciones (Estados Unidos) o se evaporase el apoyo de Venezuela. Todo eso ocurrió en los últimos dos años. Mientras tanto, terminada la orgía de favores, las élites económicas tomaron sus distancias y Ortega quedó cada vez más aislado. ¿Puede un gobierno continuar denominándose de izquierda (y hasta revolucionario) a pesar de seguir todo el ideario del capitalismo neoliberal con las condiciones que este impone y las consecuencias que genera? ¿Hasta qué punto las alianzas tácticas con el “enemigo” se transforman en la segunda naturaleza de quien las protagoniza? ¿Por qué las alianzas con las diferentes fuerzas de izquierda parecen siempre más difíciles que las alianzas entre la izquierda hegemónica y las fuerzas de derecha?

Tercera lección: autoritarismo político, corrupción y desdemocratización. Las políticas adoptadas por Daniel Ortega y su facción crearon divisiones importantes en el seno del Frente Sandinista, y oposición en otras fuerzas políticas y en las organizaciones de la sociedad civil que habían encontrado en el sandinismo de los años 1980 su matriz ideológica y social y su voluntad de resistencia. Las organizaciones de mujeres tuvieron un protagonismo especial. Es sabido que el neoliberalismo, al agravar las desigualdades sociales y generar privilegios injustos, solo se puede mantener por la vía autoritaria y represiva. Fue eso lo que hizo Ortega. Por todos los medios, incluyendo cooptación, supresión de la oposición interna y externa, monopolización de los medios masivos, reformas constitucionales que garantizan la reelección indefinida, instrumentalización del sistema judicial y creación de fuerzas represivas paramilitares. Las elecciones de 2016 fueron el claro retrato de todo esto, y la victoria del eslogan “una Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” encubría mal las profundas fracturas en la sociedad.

De un modo casi patético, pero quizás previsible, el autoritarismo político fue acompañado por la creciente patrimonialización del Estado. La familia Ortega acumuló riqueza y mostró su deseo de perpetuarse en el poder. ¿La tentación autoritaria y la corrupción son una desviación o son constitutivas de los gobiernos de matriz económica neoliberal? ¿Qué intereses imperiales explican la ambigüedad de la OEA frente al orteguismo, en contraste con su radical oposición al chavismo? ¿Por qué buena parte de la izquierda latinoamericana y mundial mantuvo (y continúa haciéndolo) el mismo silencio cómplice? ¿Por cuánto tiempo la memoria de las conquistas revolucionarias opaca la capacidad de denunciar las perversiones que les siguen al punto de que la denuncia llega casi siempre demasiado tarde?


A dónde va Nicaragua

Me resulta ya muy difícil permanecer callado acerca de los últimos acontecimientos que se suceden en Nicaragua. Por prudencia y por no “defraudar” a ciertas izquierdas me he limitado a pronunciarme en círculos muy cercanos. Pero siento que es hora de hacerlo públicamente. Para mí, es doloroso reconocer la deriva autoritaria de Daniel Ortega y su gobierno. No en vano, me vinculé a la solidaridad con la revolución sandinista a finales de los setenta, he viajado a ese país del que me siento parte no menos de 25 veces, llegando a vivir y trabajar un tiempo como periodista, y me siento sandinista intelectual y sentimentalmente.

Iosu Perales es politólogo especialista en Relaciones Internacionales y en materias de Cooperación al Desarrollo, vinculado a redes sociales transnacionales y a ONGs, participa en iniciativas y foros alternativos. Ha publicado numerosos artículos de opinión en prensa escrita y revistas digitales, y es autor de varios libros, entre ellos “El perfume de Palestina” (2002) y “Los buenos años: Nicaragua en la memoria” (2005). 8 de junio de 2018.

De modo que, al menos últimamente, yo también he sido participe de un comportamiento de la izquierda que consiste en callar, silenciar y dar la espalda a realidades que no nos gusta criticar porque entendemos, erróneamente, que al hacerlo perjudicamos a nuestra causa. Al contrario, deberíamos ser partícipes de ese principio ético de que la verdad es siempre revolucionaria. Realmente, lo que nos hace daño es tapar y justificar actuaciones de la izquierda que deben ser criticadas por otras izquierdas. Desde una posición sana, deberíamos interesarnos en esclarecer la verdad, para fortalecernos política y moralmente.

Cuando escribo este artículo, las cifras dadas por Amnistía Internacional superan el centenar de muertos y más 800 heridos, gran parte de ellos de bala. Cifras coincidentes con las que ofrece el Centro Nicaraguense de Derechos Humanos, CENIDH, que también señala un número indeterminado de desaparecidos. Las cifras oficiales son parecidas. Semejante matanza ha sido el resultado de un despliegue represivo cuya responsabilidad política recae en el presidente Daniel Ortega. Si un gobierno calificado de izquierda dispara a quienes protestan ¿en que nos diferenciamos de la derecha?

Las protestas contra la disminución de las pensiones en un 5%, y contra el aumento de las cotizaciones de los trabajadores y empresarios al INSS, debiera haber conducido a la apertura de un diálogo con las partes sociales interesadas. También debieron ser debatidas como exigen las leyes de Nicaragua en la Asamblea Nacional, pero se pretendieron imponer por decreto presidencial. Es verdad que el Gobierno reculó ante la oleada de protestas, pero los manifestantes, en lugar de guardar las pancartas, las han vuelto a sacar a las calles y plazas, extendiendo sus reivindicaciones al cuestionamiento de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Todo el país, desde hace semanas, está jalonado por barricadas, hogueras y enfrentamientos desiguales de jóvenes estudiantes con fuerzas represivas gubernamentales y también con las famosas “milicias motorizadas” que forman un cinturón de hierro en defensa del régimen. Hasta que el lunes 23 de abril un río humano de más de cien mil personas, la mayoría de menores de 30 años y la mitad por lo menos de mujeres, recorrió Managua, e hizo ver a Ortega y Murillo que no les quedaba mejor alternativa que negociar. Decenas de muertos después, la negociación parecía abrirse camino, lo que explica al mismo tiempo el fracaso de un régimen algo más que autoritario y el poder, en este caso heroico, de la calle. Pero lo cierto es que el diálogo está estancado después de la última represión, el día de la Madre, que dejó un saldo de 11 muertos y 79 heridos, lo que fue la repuesta del Gobierno a una manifestación muy superior a todas las anteriores. Otra vez Ortega-Murillo optó por la vía autoritaria.

Pero ¿qué pasa en Nicaragua? ¿Por qué tanta gente se ha sublevado? Daniel Ortega accedió al poder en 2007, casi dos décadas después que lo perdieran los sandinistas ante la Unión Nacional Opositora que ganó las primeras elecciones tras la década revolucionaria, con Violeta Chamorro de candidata. Ortega tuvo que hacer una travesía política y personal para ganar por fin la presidencia y en su caso además el poder, tras perder tres elecciones presidenciales desde 1990. Su victoria mucho tuvo que ver con el apoyo del cardenal Obando y Bravo que logró, a cambio, que los diputados del Frente Sandinista derogaran la ley de aborto terapéutico, haciendo de Nicaragua uno de los cinco países del mundo que lo prohíbe.

Inmediatamente después de ser investido presidente, Ortega debió haber abierto un proceso de reconciliación interna en el FSLN, pero en lugar de hacerlo se alejó de muchos dirigentes del Frente Sandinista, otrora en el poder. De los nueve comandantes que formaron la Dirección Nacional del FSLN durante el gobierno revolucionario, tomaron distancia de sus políticas y liderazgo, su hermano Humberto Ortega, y los comandantes Víctor Tirado, Henry Ruiz, Jaime Wheelock y Luis Carrión. Quedaron con Ortega, Bayardo Arce y Tomás Borge, ambos muy implicados en negocios algunos de ellos cuando menos opacos. Imposible saber en qué lugar estaría hoy Carlos Núñez, fallecido en 1990. Por su parte, los hermanos Fernando y Ernesto Cardenal, las comandantes Dora María Téllez y Mónica Baltodano, el ex jefe de la policía René Vivas, la poetisa y novelista Gioconda Belli y el escritor Sergio Ramírez, encabezan un ingente número de hombres y mujeres que reivindicando el sandinismo se han apartado de un FSLN propiedad de la poderosa pareja Ortega-Murillo que rápidamente se rodeó de un grupo de incondicionales, con cuya complicidad ejercen el poder de forma no democrática.

La pareja gobernante parece querer instaurar una dinastía en el poder, al punto de que sus propios hijos ocupan de manera irregular responsabilidades de estado por mandato autocrático, sustituyendo en viajes oficiales a ministros e incluso al canciller. Lo cierto es que todo el poder está concentrado en la familia Ortega-Murillo y en un pequeño grupo de incondicionales que alimentan la existencia de un caudillaje que les proporciona seguridad para ejercer de cargos públicos con derecho a mejorar su patrimonio. Como afirma el histórico guerrillero Henry Ruiz, «ya no hay ideología, no hay mística, no hay normas, no hay debate, no hay nada». Pero este vacío no impide que con el lenguaje del antiimperialismo Ortega siga manteniendo un ascendente significativo sobre una amplia parte de la sociedad. En parte por apoyos que vienen de tiempos de la revolución, en parte por una práctica de clientelismo que se alimenta de un asistencialismo en forma de pequeños lotes agrarios, de láminas de zinc, de bicicletas, y otras donaciones cubiertas hasta ahora con dinero procedente de la generosidad petrolera venezolana. Además, favores personales, premios y castigos, que se completan con una vigilancia diaria a través del cinturón de hierro tejido por la vicepresidenta Rosario Murillo, que ha sabido crear una fuerza social que presta servicios al Gobierno bajo la fórmula de participación ciudadana.

Hay que remontarse a las derrotas electorales de Ortega frente a Violeta Barrios de Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, para comprender cómo se ha llegado al momento presente. He de decir que nunca me gustó el acercamiento interesado al cardenal Obando con el fin de lograr al menos la neutralidad de la Iglesia Católica, ya que ello llevaba consigo el precio de políticas de gobierno confesionales. Ortega comenzó a asistir a los oficios de la catedral desde donde pidió perdón al pueblo de Nicaragua por los excesos de la Revolución, llevándose consigo a las misas televisadas al que fue el poderoso jefe de los servicios secretos Lenin Cerna. Así es como Daniel Ortega comenzó a fabricarse una imagen de hombre devoto, bien guiado por Rosario Murillo que a su vez expresó públicamente su rechazo al aborto en cualquier circunstancia. De esta conversión surgió su gran lema político que sigue vigente «Nicaragua cristiana y socialista». Un socialismo confesional que no deja de ser una originalidad surrealista.

La conversión no fue sólo religiosa. El mítico comandante Henry Ruiz, el más veterano de la guerrilla en la montaña, lo denuncia: «Al principio nos pareció que su programa apuntaba a una economía de desarrollo nacional. Fue un espejismo. Se fue rapidito al INCAE para asegurar a los grandes empresarios nacionales que respetaría sus negocios e impulsaría privatizaciones. Ustedes hagan la economía y yo haré la política, les dijo». Pero lo cierto es que el país sigue prisionero de un problema estructural que mantiene al 80% de la población económicamente activa en la economía informal. Nada está cambiando, si no es a peor, en una economía que funciona bajo la obediencia al Fondo Monetario Internacional, y por consiguiente aumenta las desigualdades sociales. La estrategia del asistencialismo siempre otorga ventajas a un gobierno, pero es poco recomendable cuando se trata de transformar la sociedad.

Pero como digo, muchos son los motivos que confluyen en la indignación de una multitud. En primer lugar las izquierdas tenemos que abrir los ojos y ver las políticas reales de Daniel Ortega. Mónica Baltodano señala algunos elementos:

-No, no estamos en ninguna segunda etapa de la Revolución, no se están realizando transformaciones que consoliden en Nicaragua un sistema de justicia social. Todo lo contrario: se ha fortalecido, como nunca antes, un régimen económico-social en el que los pobres están condenados a rebuscarse la vida en trabajos informales, precarios, por cuenta propia o a trabajar por salarios miserables y en largas jornadas, condenados a emigrar a otros países en busca de trabajo, condenados a pensiones de jubilación precarias. Se trata de un régimen de inequidad social con un creciente proceso de concentración de la riqueza en grupos minoritarios.

-En segundo lugar se ha profundizado la subordinación del país a la lógica global del capital. Nicaragua, se ha ido entregando a las grandes transnacionales y a los capitales extranjeros, que llegan a explotar riquezas naturales o a aprovecharse de la mano de obra barata, como sucede en las zonas francas. El caso más patético de esta lógica entreguista del país y de sus recursos es la concesión para la construcción del Canal Interoceánico, pero ha habido previamente muchas otras concesiones mineras, forestales, pesqueras, en la generación de energía, que han ido ocupando todo el país.

-En tercer lugar el actual sistema económico-social imperante en Nicaragua trata de reducir a la mínima expresión las resistencias sociales.

-Por otra parte se ha desarrollado un desmedido proceso de concentración de poder en la pareja Ortega-Murillo y su círculo más cercano. Es un poder que amenaza con destruir todo vestigio de institucionalidad democrática.

¿Tiene remedio Nicaragua? La comandante guerrillera Mónica Baltodano, hoy socióloga e historiadora, pone sus esperanzas en la sociedad civil y en particular en una nueva generación de jóvenes no contaminados por el poder. Ella critica a la oposición: «Desde que subió Ortega al Gobierno, todas las luchas que ha empujado la oposición han girado alrededor de las elecciones. Vamos a las elecciones para conseguir alcaldías, o para lograr diputados, y vamos a las presidenciales en condiciones de desventaja, pero aquí no existe un movimiento popular autónomo independiente. Yo creo que la única manera de construir otra correlación con la gente a la que no le parece cómo se hacen las cosas en este país, es con otras formas de organización que superen el electoralismo».

Lo cierto que la sublevación frente al gobierno Ortega-Murillo podía haber estallado por otros motivos. De ninguna manera se trata de una operación orquestada desde el exterior. El mayor enemigo de la pareja Ortega-Murillo es su modo de ejercer el gobierno. La reforma del INSS ha sido un detonante como podía haber sido el canal interoceánico contra el que ya se han llevado a cabo más de cien marchas en los últimos años. La sublevación lo es por las libertades y la democracia, contra el intento de una familia por instaurar una especie de monarquía absolutista. Una familia que ha desnaturalizado el Frente Sandinista de Liberación Nacional, aunque afortunadamente el sandinismo sigue vivo fuera de sus filas, entre los que me cuento.

¿Se puede sostener la idea de que el movimiento de protesta esté orquestado por el imperialismo? Es verdad que el imperialismo norteamericano está detrás del ataque a los gobiernos clasificados como de izquierda y progresistas de América Latina. No podemos negar la campaña sistemática contra el chavismo. Ni su participación en los golpes de estado en Honduras y Paraguay. Su hostilidad hacia Evo Morales. ¿Podemos creer que el imperialismo nada tiene que ver con lo que está sucediendo en Brasil? Sí, también en Nicaragua hay un interés norteamericano en debilitar a Daniel Ortega. La Casa Blanca siempre juega a este juego en América Latina. Y no porque a Estados Unidos moleste las políticas económicas de Daniel Ortega que cumple con el Fondo Monetario Internacional, sino que más bien por razones de ajustes de cuentas pendientes con el sandinismo. Pero, no nos engañemos, las multitudes que se manifiestan en Nicaragua, con estudiantes a la cabeza de la protesta tienen razones propias, nacionales, y no obedecen a ninguna dirección exterior. Quien quiera pensar lo contrario, está en su derecho, pero es poco razonable. No, no creo que a las izquierdas nos haga ningún bien el achacar todos nuestros males al imperialismo. En el caso de Nicaragua sólo hay que analizar, desapasionadamente, la deriva seguida por Daniel Ortega y Rosario Murillo, desde 2007. En Venezuela hay partidos y políticos con nombre y apellidos responsables de la inestabilidad del país, en Nicaragua, por más que el Gobierno habla de que todo está manipulado por partidos políticos no nombra a ninguno. Muchos de los que seguimos la vida política de Nicaragua sabemos que las fuerzas opositoras ni tienen la fuerza ni la credibilidad para hacerse seguir por decenas de miles de personas. Ya digo que los mayores enemigos de Ortega-Murillo son ellos mismos con su concentración de poder y su mentalidad autoritaria.

Hay un hecho significativo que quiero recordar. Era noviembre de 2017 cuando el ex presidente Pepe Mújica estaba a punto de arribar a Managua desde Panamá, para recibir la distinción del Doctorado Honoris Causa de parte de la Universidad Autónoma de Nicaragua (UNAN) Sorpresivamente, Daniel Ortega suspendió unilateralmente el acto que ya no se celebró. Durante un tiempo pensé sobre cuál sería la razón. Pasado un tiempo, ahora sí creo saberlo.


Ilusiones de la “izquierda” frente al desmoronamiento del régimen Ortega-Murillo

En medio de la descomposición cada vez mayor del régimen Ortega-Murillo en Nicaragua, una buena parte de la “izquierda” internacional se aferra a la patética ilusión de que la crisis de algún modo es un complot urdido por Washington para desestabilizar a una revolución. En estos momentos, se libra una batalla sobre el desenlace del régimen y el futuro del país.

William I. Robinson es profesor de sociología de la Universidad de California y reportero en Nicaragua durante la guerra de la contra a inicios de los 80s. 1 de julio de 2018.

En términos muy simplificados, hay tres fuerzas que están en disputa:

La primera es el régimen mismo. Ortega parece estar atrincherado en su casa-fortaleza en El Carmen, de la misma forma en que Somoza fue atrincherado en su bunker en los meses anteriores a su derrocamiento en julio de 1979 por la insurrección popular. Ortega esta aislado y cada vez mas acorralado. Aún puede contar con una base de apoyo disminuido pero no insignificante entre aquellos sandinistas que no abandonaron el partido en las ultimas dos décadas, y aun cuando ha habido un mayor éxodo de militantes históricos desde que se desató la represión en abril pasado.

Pero aún mas importante, Ortega cuenta con fuerzas paramilitares encapuchados que el régimen ha armado y organizado y que funcionan como una fuerza de choque en las sombras, de manera paralela a la policía y, al parecer, ciertos elementos del ejercito, si bien este ultimo en su mayor parte no se ha involucrado en el conflicto. Si no se desarman estas fuerzas paramilitares, Nicaragua enfrentará una situación similar a la de los países del Triangulo del Norte (Guatemala, Honduras, El Salvador) del crimen organizado y la violencia pandillera y paramilitar a la par de la corrupción de aquellos que control el estado y del pillaje del capital transnacional. Desde hace varias semanas comenzó un éxodo de migrantes que abandonan el país.

La estrategia del régimen es desgastar y desarticular la resistencia desde abajo por medio de una constante represión de baja – y en ciertas instancias, de alta – intensidad, y de manera paralela, negociar con la burguesía y Estados Unidos un llamado “aterrizaje suave” que permite al régimen y sus adeptos preservar sus intereses económicos y hasta reconstituirse políticamente y competir en las elecciones que – según el plan – se adelantarían del 2022 a principios del año entrante. Sin embargo, al final de la cuenta, el régimen ha perdido su legitimidad y la misma no puede ser resucitada.

La segunda fuerza la constituyen los estudiantes, los jóvenes, y los campesinos anti-canal, junto con las masas quienes desde los barrios populares de Managua y otras ciudades, escarban para ganarse la vida en el abultado sector informal. Estos sectores lanzaron la sublevación en abril pasado, agarrando por sorpresa al régimen y la burguesía. Pero es una cosa lanzar una resistencia, y es otra cosa construir una contra-hegemonía. Desgraciadamente, el orteguismo tanto ha monopolizado y pervertido un discurso “izquierdista” que no existe una alternativa izquierdista de mayor peso en Nicaragua. Estos sectores populares desde abajo no tienen proyecto propio que se podría plantear como alternativo viable al régimen. Esta realidad les deja susceptible a la manipulación y la cooptación por parte de la tercera fuerza.

Esta tercera fuerza es la burguesía, organizada en el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), la elite oligárquica, el capital transnacional, y Estados Unidos. La burguesía estuvo estrechamente alineada con el régimen y solamente rompió con Ortega en mayo, cuando ya se hizo evidente que el régimen había perdido su legitimidad y su capacidad de gobernar y defender los intereses capitalistas. Lo que Washington y la burguesía mas temen no es el régimen. Mas bien, les aterra una insurrección de los pobres y los trabajadores que ellos mismos no pueden controlar y que podría desembocar en un vacío de poder que amenaza sus intereses de clase.

Desde mayo la burguesía, en coordinación con Washington, ha intentado secuestrar la sublevación popular hacia una estrategia de “aterrizaje suave” bajo su hegemonía. La resistencia popular ha tenido que presionar continuamente a la burguesía para apoyar a las huelgas y las marchas. En estos momentos, se libra la batalla crucial sobre el desenvolvimiento de la lucha anti-régimen. ¿Quien dará liderazgo y quien ejercerá la hegemonía sobre esta lucha? ¿Qué tipo de escenario post-Ortega se desenvolverá?

El escollo de la falta de un proyecto popular articulado en Nicaragua y la ausencia de organizaciones izquierdistas de la base que pudieran desarrollar dicho proyecto, ha sido desconcertado y agudizado por la traición de la “Izquierda” internacional, precisamente en un momento cuando el capitalismo global enfrenta una profunda crisis estructural y cuando el fascismo del siglo 21 esta en ascenso alrededor del mundo.

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