Más allá del desarrollo

Salir de la sociedad del crecimiento, es crucial. No se trata solo de reducir físicamente el metabolismo económico. La búsqueda permanente de ganancias obtenidas explotando a seres humanos y Naturaleza debe cesar y, sobre todo, urge imaginar opciones de vida fuera de los límites utilitaristas y antropocentristas de la Modernidad. Eso implica, entre otras cosas, desmitificar a los fetiches del “desarrollo” y del “progreso”, con el fin de superar el laberinto capitalista. Tres textos de Alberto Acosta.

Acosta es economista ecuatoriano, profesor universitario, exministro de Energía y Minas, expresidente de la Asamblea Constituyente, excandidato a la Presidencia de la República.


“Pluriverso”: hacia horizontes postcapitalistas

“Hablar del pluriverso significa: revelar un espacio de pensamiento y de práctica en el que el dominio de una modernidad única haya quedado suspendido a nivel epistémico y ontológico; donde esta modernidad haya sido provincializada, es decir, desplazada del centro de la imaginación histórica y epistémica; y donde el análisis de proyectos descoloniales y pluriversales concretos pueda hacerse honestamente desde una perspectiva des-esencializada”. (Arturo Escobar (2012).

La actual crisis mundial es sistémica, múltiple y asimétrica, con claros alcances civilizatorios. Nunca antes tantos aspectos cruciales de la vida fallaron simultáneamente, y las expectativas sobre el futuro son tan inciertas. Los problemas ambientales ya no pueden ocultarse por más poderosos -y torpes- que sean los negacionistas. Tampoco pueden ocultarse las abismales desigualdades, que van en aumento a medida que la sombra del “desarrollo” cubre todas las partes de la Tierra. Cual virus mutante, las manifestaciones de la crisis se perciben en todos los espacios: ambientales, económicos, sociales, políticos, éticos, culturales, espirituales…

Dejar de buscar al fantasma del “desarrollo” es difícil. Su retórica seductora, a veces llamada “mentalidad de desarrollo” o “desarrollismo”, se ha internalizado en prácticamente todos los países. Sobre todo en aquellos que sufren las consecuencias del crecimiento industrial en el Norte Global. Norte Global que, por cierto, fue el primero en aceptar un camino único de progreso, sin aceptar su responsabilidad en la grave crisis socio-ambiental global. De hecho, hasta parte del Sur no asume el reto ambiental al acusar al Norte de impedirle alcanzar el “desarrollo” (inspirado en el mismo estilo de vida del Norte).

Casi siete décadas después de que la noción de “desarrollo” [1] se extendiera por todo el mundo, la verdad más bien parece indicar que el mundo vive un “mal desarrollo”. Dentro de ese “mal desarrollo” están inclusive los países llamados industrializados o “desarrollados”. Es paradójico, pero el discurso del “desarrollo” en términos vitales solo lleva a la consolidación de la crisis sistémica actual.

Dicha crisis no es coyuntural ni manejable desde la institucionalidad existente. Es histórica y estructural, y exige una profunda reorganización de las relaciones tanto dentro, como entre las sociedades de todo el mundo, como también entre la Humanidad y el resto de la “Naturaleza”, de la cual formamos parte. Y eso implica, evidentemente, una reconstrucción institucional a escala mundial, algo inviable desde las actuales instituciones de alcance planetario e inclusive desde los estrechos márgenes estatales.

Tal como sintetiza el libro Pluriverso–Diccionario del Postdesarrollo [2], nuestra lección más importante como Humanidad es reencontrarnos con la Madre Tierra para garantizar una vida digna para todos los seres (humanos y no humanos). En todas partes, cada vez más personas buscan satisfacer sus necesidades afirmando los derechos y la dignidad de la Tierra. Esas búsquedas responden al colapso ecológico, al acaparamiento de tierras, a las guerras desatadas para controlar las reservas petroleras y mineras, así como a otros extractivismos (agroindustria, plantaciones agroexportadoras, incluso con cultivos genéticamente modificados) que casi siempre destruyen los medios de vida rurales y generan pobreza urbana. A veces, el “progreso” occidental se vuelve el principal causante de que nuestro mundo esté enfermo de opulencia, alienación y desarraigo. Ante ello, los movimientos de resistencia popular se encuentran extendidos en todos los continentes.

A medida que la globalización del capital desestabiliza las economías regionales y nacionales, dejando a su paso poblaciones enteras de refugiados -incluso dentro de sus propios países-, algunos sectores de la población afrontan la situación identificándose con el poder machista de la derecha política, con su promesa de “quitar empleo” a los migrantes, artificialmente señalados muchas veces como causantes de las crisis…A menudo, las clases trabajadoras inseguras también adoptan tal postura. El resultado es una peligrosa derivación global hacia el autoritarismo.

Por su parte, la -privilegiada- tecnocracia promueve el neoliberalismo con ilusiones de democracia representativa y trayectoria de innovación para el crecimiento perpetuo. Algo perverso, pues denota que hasta la diferencia derecha-izquierda ortodoxa es difusa en cuanto a modernización y progreso. Además, cada una se basa en valores eurocéntricos y machistas.

Karl Marx nos recordó que, cuando una nueva sociedad nace desde adentro de la vieja, esta arrastra muchos defectos del sistema antiguo. Más tarde, Antonio Gramsci observaría: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer; en este interregno aparece una gran variedad de síntomas morbosos.” Lo notable es que ahora -algo no anticipado por estos intelectuales europeos- las alternativas emergen sobre todo desde los márgenes políticos de ambas periferias del capitalismo, tanto desde su periferia colonial como de su periferia doméstica. Basta anotar los esfuerzos de los grupos decrecentistas que avanzan desde la academia a la configuración de un vigoroso movimiento social.

Por cierto, el análisis desde Marx es necesario, pero no basta; debe complementarse por otras propuestas, incluidas las que emanan del Sur global como las perspectivas del sumak kawsay o Buen Vivir, del eco-svarag, del ubuntu, del comunitarismo; incluyendo las versiones críticamente reflexivas de las principales religiones y, por supuesto, los aportes de la convivialidad de Ivan Illich, para construir una sociedad que permita a todos sus miembros la acción más autónoma y creativa posible, usando herramientas controlables por ellos mismos. En una transición como ésta, crítica y acción requieren nuevas narrativas imaginativas, combinadas con soluciones materiales prácticas. Tejer resistencias y sumar proyectos alternativas potenciará el tránsito por senderos pluriversales.

Ya no podemos hacer lo mismo, aunque lo hagamos mejor. Ya no podemos confiar en crear “corporaciones más responsables” o “burocracias reguladoras eficientes”; ni siquiera basta con reconocer la ciudadanía plena para los “de color”, “viejos”, “discapacitados”, “mujeres” o “queer” dentro del pluralismo liberal. Del mismo modo, no bastan los parches “prístinos” de la Naturaleza, de poco efecto sobre el colapso de la biodiversidad. Ninguna opción basta si no se ataca el corazón de la crisis sistémica mundial: el capitalismo y sus ansías infinitas de poder expresadas en una acumulación depredadora tanto de la vida humana como de las demás formas de vida.

En aquellos esfuerzos parciales que no cuestionan al capital, el fantasma del “desarrollo” se reencarna de infinitas maneras, pues los remedios de corto plazo desde el poder solo sostienen el estatu quo Norte-Sur, el patriarcado, la colonialidad y el divorcio Humanidad-Naturaleza. Por supuesto, incluso las mejores intenciones -carentes de horizontes postcapitalistas- pueden llevar, sin quererlo, a soluciones superficiales, falsas y hasta agravantes de los problemas globales. Eso sí, es difícil distinguir las iniciativas “convencionales”, “falsas” o “superficiales” de aquellas “transformadoras radicales”. Además, en el proceso de transición muchas propuestas hoy innovadoras irán perdiendo su vigencia en el camino. Pero justamente tendremos que aceptar esta dialéctica en donde hasta las propuestas más potentes deberán reemplazarse por propuestas superiores, aunque la superación no provenga desde nuestra cosmovisión.

Aquí caben las palabras del notable sociólogo alicantino José María Tortosa en su libro “Maldesarrollo y malvivir – pobreza y violencia a escala mundial” (2011):

La tarea es enorme y, precisamente por ello, no hay por qué hacerle ascos a compañeros de viaje, compañeros de marcha que no compartan otras variables. Los ateos podrían trabajar con los agnósticos y los creyentes, los budistas con los cristianos, los católicos con los protestantes. Los que pueden tener motivaciones para alterar el funcionamiento del sistema las tienen originadas en religiones o en ideologías bien concretas y comparten una cierta idea de la justicia aunque no compartan la cosmovisión. No importa. De lo que se trata desde esta perspectiva es ponerse a marcar el paso en una misma dirección: la de una sociedad más justa y, por tanto, menos empobrecida y violenta. La acumulación de pequeñas reformas podría ser, entonces, revolucionaria. Por eso ninguna de éstas tiene que ser despreciada si, unidas a las demás, puede producir el salto cualitativo: aislada puede tener sentido, ligada a las demás lo puede tener con mucha más razón ya que ya no sólo se tratará de afrontar necesidades locales sino que puede coadyuvar en el cambio de las reglas del juego.”

Impulsando el cambio del juego mismo, cabría anotar.

Las alternativas transformadoras -como sintetizan más de cien aportes en el libro mencionado- difieren de las “soluciones convencionales” de varias maneras. Como se resume en la introducción de dicho libro, primero, idealmente van a las raíces de al menos un problema.

Segundo, cuestionan las características centrales del discurso del “desarrollo”: crecimiento económico, retórica del progreso, racionalidad instrumental, mercados, universalidad, antropocentrismo, sexismo, etcétera.

Tercero, abarcan una ética radicalmente diferente a la del sistema actual, reflejando valores basados en una lógica relacional; un mundo donde todo está interconectado; y con sociedades que abarcan valores como: diversidad y pluriversalidad; autonomía y autosuficiencia; solidaridad y reciprocidad; bienes comunes y ética colectiva; unidad con la Naturaleza y sus derechos; interdependencia; simplicidad y suficiencia; inclusión y dignidad; justicia y equidad; sin jerarquía; dignidad del trabajo; derechos y responsabilidades; sostenibilidad ecológica; no violencia y paz.

Cuarto, a medida que avanzamos, la agencia política pertenecerá a los marginados, explotados y oprimidos. Y, quinto, la transformación debe integrar y movilizar múltiples dimensiones: política, económica, social, cultural, ética, espirituales, aunque no necesariamente de golpe. Hay varios caminos hacia una socio-bio-civilización, donde el único centro sea la vida misma.

Muchas cosmovisiones y prácticas radicales hacen ya visible al pluriverso. La noción de pluriverso cuestiona a la “universalidad” propia de la modernidad eurocéntrica. Como dirían los zapatistas de Chiapas, el pluriverso representa “un mundo donde caben muchos mundos”: un mundo en donde todos los mundos conviven con respeto y dignidad, sin que ninguno viva a costa de otros. Esta es la definición más sucinta y adecuada del pluriverso.

El camino es largo para que la multiplicidad de mundos se vuelva totalmente complementaria, pero ya hemos tomado rumbo: los movimientos por la justicia y la ecología encuentran cada vez más puntos comunes. Igualmente, las luchas políticas de mujeres, indígenas, campesinos, así como de pobladores urbanos a lo largo y ancho del planeta, están convergiendo.

Si bien las transiciones son complejas y no completamente radicales, son “alternativas” si al menos tienen potencial para la transformación sistémica. Dada la diversidad de visiones imaginativas, permanece abierta la creación de sinergias entre ellas. Habrá reveses; unas estrategias se desvanecerán, otras será cooptadas por el poder del capital, y otras surgirán. Las diferencias, tensiones e incluso contradicciones existirán, pero esa es la esencia misma de un intercambio constructivo. Intercambio en donde todas las visiones tienen un espacio para expresarse e intercambiar experiencias, críticas y sobre todo sueños.

Los caminos hacia el pluriverso -sustentados en las reflexiones del post-desarrollo y la post-economía- son múltiples, abiertos y están en continua evolución. Una evolución que demanda siempre más democracia, nunca menos; más libertad, nunca menos; más vida, nunca menos.

 Notas:

[1] Para comprender este proceso de discusiones múltiples se recomienda el libro de Koldo Unceta: “Desarrollo, postcrecimiento y Buen Vivir”, Abya-Yala, 2014 .

[2] Editado por Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta; con su primera edición en la India (estará publicado en octubre del 2018). Este artículo se inspira en la introducción de ese libro, que sirvió de base para el texto publicado en la Revista Ecuador Debate 103 del CAAP (2018): “Encontrando senderos pluriversales”, de los mismos autores . La idea de armar tal compilación fue discutida por primera vez por Alberto Acosta, Ashish Kothari y Federico Demaria, en la Cuarta Conferencia Internacional sobre el Decrecimiento en Leipzig, 2014. Un año después, Ariel Salleh y Arturo Escobar se unieron al proyecto y la planificación comenzó en serio. El libro cuenta con 110 entradas, de diferentes temáticas, como aportes de 120 autores y autoras de todos los continentes.


Casi 70 años persiguiendo un fantasma: el “desarrollo”

En memoria del maestro, compañero y amigo Aníbal Quijano

El desarrollo, “un término de azarosa biografía (…). Desde la Segunda Guerra Mundial ha cambiado muchas veces de identidad y de apellido, tironeado entre un consistente reduccionismo economicista y los insistentes reclamos de todas las otras dimensiones de la existencia social. Es decir, entre muy diferentes intereses de poder. Y ha sido acogido con muy desigual fortuna de un tiempo a otro de nuestra cambiante historia. Al comienzo sin duda fue una de las más movilizadoras propuestas de este medio siglo que corre hacia su fin. Sus promesas arrastraron a todos los sectores de la sociedad y de algún modo encendieron uno de los más densos y ricos debates de toda nuestra historia, pero fueron eclipsándose en un horizonte cada vez más esquivo y sus abanderados y seguidores fueron enjaulados por el desencanto”.  Aníbal Quijano (1928-2018). 

Un jueves 20 de enero de 1949 el entonces presidente norteamericano Harry Truman daría un discurso que despertó inusitadas fuerzas e ilusiones. Truman, en el Punto Cuarto de su alocución, propuso un objetivo: el “desarrollo”, sintetizado en el american way of lifeuna imagen repleta de valores propios de la ilustración europea. Pero también puso nombre a todo desvío de aquel paradigma: el “subdesarrollo”, un estado atrasado a ser superado que -según Truman- estaba presente en varios rincones del planeta. Así la Humanidad desató una de sus cruzadas más amplias y sostenidas: conseguir el “desarrollo”, pensándolo desde posturas estado-céntricas, donde el mercado serviría como gran institución organizadora de la economía y de la misma sociedad.

Aunque los cuestionamientos surgieron casi al inicio mismo de dicha cruzada, y se intensificaron en años recientes, la búsqueda del “desarrollo” aún es incesante y hasta desesperada. Se oscila desde las versiones más economicistas que igualan “desarrollo” con crecimiento económico a las más complejas en donde el “desarrollo” recibe apellidos múltiples (como “a escala humana” o “sustentable”, por citar apenas un par). Incluso habría “desarrollismos” tanto de derechas como de izquierdas, tanto neoliberales como progresistas, todos impulsados por un mismo anhelo occidental: el “progreso”.

Paradójicamente, el ansia de “progreso” ha llevado a que varios países “desarrollados” en realidad terminen mal desarrollados. Además de que éstos se han enriquecido en gran medida explotando a muchas regiones dependientes -transformadas mayormente en fuentes de materias primas- son inocultables los varios problemas, conflictos y contradicciones graves que vive el mundo “desarrollado”, entre otros:

  • Las crecientes brechas ricos-pobres [1] reflejadas, por ejemplo, en una intolerable pobreza de la niñez y la juventud en medio de la opulencia (en EEUU hay grupos donde la pobreza infantil supera el 30%, según UNICEF [2] y en Alemania, un 21% según la Fundación Berstelman).

  • La insatisfacción incluso entre los beneficiarios de una mayor acumulación material.

  • La creciente violencia multi-dimensional (que va desde la segregación racial hasta el neofascismo, pasando por la creciente criminalidad, la soledad y los suicidios).

  • La incapacidad de las herramientas tradicionales para afrontar un desempleo crítico.

  • La destrucción -aún imparable- de la naturaleza.

Hasta aquellos países “exitosos” de los últimos años, transitan la misma senda maldesarrolladora; por ejemplo, China, al efectivizar “su derecho al desarrollo”, ha incrementado la inequidad social, está arrasando con los recursos naturales del planeta y se ha vuelto el mayor emisor de gases de efecto invernadero [3]. Justamente el ascenso de China hace recordar otro problema grave: el “desarrollo” es irrepetible a nivel mundial, pues si todos los habitantes del planeta alcanzaran los mismos productivismo y consumismo que el estadounidense promedio, serían necesarios 5,1 planetas.

Ahora, ciertamente el maldesarrollo golpea más notoriamente en la periferia que en las metrópolis capitalistas. En particular, aún los países empobrecidos dependen de las lógicas de acumulación del capital transnacional, lógicas que condenan a estos países a encadenarse a extractivismos -mineros, petroleros, agrarios, forestales, pesqueros, etc.-, cada vez más violentos y voraces. Para colmo, los gobiernos del mundo empobrecido son presas fáciles de un gran ejercicio de hegemonía: siguen atados a la ilusión del “desarrollo”, aunque cada vez es más notoria y evidente su imposibilidad.

Todo lo antes expuesto explica por qué afloran cada vez más concepciones alternativas a la idea misma de “desarrollo” en diversas partes del planeta, incluyendo regiones donde sus habitantes han alcanzado mejores niveles de vida. Incluso, a medida que el desencanto se expande por el mundo, emergen con creciente fuerza discusiones y propuestas que paulatinamente vislumbran un escenario de posdesarrollo.

Lo destacable y profundo de estas propuestas alternativas es que muchas provienen de grupos tradicionalmente marginados, y permanentemente explotados. Ejemplo claro son pueblos indígenas que, aún en la adversidad, procuran mantener sus valores, sus experiencias y sus prácticas consideradas como ancestrales, pero que a los ojos del “progreso” occidental son vistas como meros signos de atraso.

En definitiva, luego de años de desencanto queda claro que la competencia por el “desarrollo” es una competencia perdida. Por ello, hoy lo crucial es criticar y superar al propio concepto de “desarrollo”, más cuando éste se ha vuelto una entelequia que norma la vida de gran parte de la Humanidad, a la que perversamente le sería imposible alcanzar el estilo de vida de los países enriquecidos, que nos sirve de faro orientador. No solo eso. El empeño por “desarrollarse” ha sacrificado en gran medida la posibilidad de construir y transitar caminos propios, diferentes a la modernización y el progreso que Occidente ha adoptado casi como religión. Una religión que, sea por la reacción de la conciencia humana ante la explotación o sea por las graves consecuencias causadas por la fractura metabólica dada entre seres humanos y Naturaleza, tiene sus días contados.

En 1992, Wolfang Sachs  ya lo anticipó:

“Los últimos cuarenta años pueden ser denominados la era del desarrollo. Esta época está llegando a su fin. Ha llegado el momento de escribir su obituario. (…) la idea de desarrollo se levanta como una ruina en el paisaje intelectual, (…) el engaño y la desilusión, los fracasos y los crímenes han sido compañeros permanentes del desarrollo y cuentan una misma historia: no funcionó. Además, las condiciones históricas que catapultaron la idea hacia la prominencia han desaparecido: el desarrollo ha devenido anticuado. Pero sobre todo, las esperanzas y los deseos que dieron alas a la idea están ahora agotados: el desarrollo ha devenido obsoleto”.

Así, a punto de cumplirse 70 años de una alocada carrera detrás de un fantasma llamado “desarrollo”, urge cambiar el rumbo y transitar hacia el Pluriverso; caso contrario el fantasma seguirá provocando destrozos y frustraciones cada vez más irreparables. Y, sobre todo, no olvidemos que la tarea de enterrar al “desarrollo” es uno de los varios pasos a cumplir frente a un deber mayor, de carácter hasta civilizatorio que debemos acometer tanto desde el sur como desde el norte global: salir del laberinto capitalista.

 Notas:

[1] Récord de desigualdad en Estados Unidos en 2016: el 1% controla el 38,6% de la riqueza del país.

[2] En los Estados Unidos, 39% de los niños afroamericanos, 36% de los niños indios americanos y 32% de los niños hispanos vivían en 2013 en familias pobres, definidas como hogares con ingresos menores al nivel de pobreza establecido por la autoridad federal. El porcentaje para los niños blancos de ese país es del 13%, similar a los niños asiáticos.

[3] Para dimensionar el impacto de China basta indicar que este país, en tres años -2011, 2012, 2013- empleó 6.500 millones de toneladas de cemento, 1,5 veces más que lo utilizado por EEUU en todo el siglo XX.


Una nueva economía desde la naturaleza con derechos

“Alejada de la naturaleza, la existencia humana queda vacía de contenido” (Masanobu Fukuoka).

América Latina está llena de contradicciones y contrastes. En ocasiones, los países con gobiernos conservadores sorprenden positivamente, mientras que -con frecuencia- los países con gobiernos progresistas defraudan. Ese es el caso de los Derechos de la Naturaleza.

Hace algunas semanas Colombia asombró al mundo. En un país donde neoliberalismo y extractivismos marcan la senda desarrollista, la Corte Suprema de Justicia falló a favor de una tutela para frenar la persistente degradación de la Amazonía, provocada por los extractivismos. Tal fallo histórico reconoce a esta región como sujeto de derechos, lo cual permitirá –desde los seres humanos- exigir su protección. Ya en 2017, esta Corte Constitucional marcó otro hito histórico, al otorgar la misma categoría al río Atrato.

Estas decisiones sintonizan con los pasos dados en la Asamblea Constituyente de Montecristi, en Ecuador. En 2008 dicha Asamblea estableció un hito cuando aprobó una Constitución que reconoce a la Naturaleza como sujeto de derechos (Derechos de la Naturaleza que ya cumplen 10 años de haber sido proclamados), sumándole el derecho a ser restaurada cuando ha sido destruida. Un paso que no tuvo el eco esperado desde el gobierno ecuatoriano. El entonces presidente Rafael Correa se llenó la boca de “revolución”, pero impulsó una oleada de extractivismos nunca vista en ese país, al tiempo que preparaba el retorno neoliberal [1]. Justo cuando Correa reconoció que le quedó grande la Iniciativa Yasuní-ITT, un 15 de agosto de 2013, diría que “el mayor atentado a los Derechos Humanos es la miseria, y el mayor error es subordinar esos Derechos Humanos a supuestos Derechos de la Naturaleza”. A la par de demostrar una total incomprensión del significado de los Derechos de la Naturaleza, Correa defendía tales Derechos para combatir los destrozos ambientales ocasionados por mineros informales… para abrir paso a grandes mineras transnacionales. Correa -un verdadero charlatán- quiso vender el mensaje de que “fue el mundo el que nos defraudó”, cuando en realidad fue él quien defraudó a su país y al mundo .

Es crucial tener claro cuán importantes son los Derechos de la Naturaleza en la construcción de sociedades democráticas, justas y libres, con economías solidarias y sustentables (como puerta de entrada a otro mundo posible ). A contrapelo de las alergias provocadas a conservadores de todas las ideologías, la cristalización de la Naturaleza como sujeto de derechos es parte de la senda a seguir para pensar en otro mundo, y son varios más los esfuerzos que se mueven en esa dirección en diversas partes del globo a nivel nacional [2] y también a nivel local [3].

A lo largo de la historia del derecho, cada ampliación de derechos fue antes impensable. Hasta el “derecho a tener derechos” se consiguió siempre con una intensa lucha política. Por ello, reconocer a la Naturaleza como sujeto de derechos y liberarla de la condición de mero objeto de propiedad exige un esfuerzo político; más aún si aceptamos que todo ser vivo tiene igual valor ontológico, sin implicar que todos sean idénticos.

Los cambios demandados para alcanzar tal fin son profundos en todos los ámbitos…

Para empezar, la Humanidad debe entender que también es Naturaleza y que cualquier empeño de dominarla y manipularla es suicida; tendencia agudizada en el capitalismo. La Naturaleza no es infinita, tiene límites que -peligrosamente- se están superando. Esto implica cuestionar toda institucionalidad y organización social, política y económica que destruye a la Naturaleza y, en definitiva, a la Humanidad misma.

En vez de mantener el divorcio Humanidad-Naturaleza, urge un reencuentro. Esto empieza por desmercantilizar la Naturaleza, así como todos los bienes comunes, sin implicar su estatización. Precisamos un manejo y un control comunitarios de dichos bienes y, por cierto, de las relaciones con la Naturaleza (liberándolos tanto de las fauces del mercado como de las fauces del Estado centralizado).

La economía y sus objetivos deben subordinarse a las leyes naturales, asegurando siempre la calidad de vida humana. Como parte de una “gran transformación”, en palabras de Karl Polanyi en 1944 , urge superar la religión dominante del crecimiento económico y, también, de la acumulación incesante de bienes materiales que nutre al capitalismo.

Salir de la sociedad del crecimiento, es crucial. No se trata solo de reducir físicamente el metabolismo económico. La búsqueda permanente de ganancias obtenidas explotando a seres humanos y Naturaleza debe cesar y, sobre todo, urge imaginar opciones de vida fuera de los límites utilitaristas y antropocentristas de la Modernidad. Eso implica, entre otras cosas, desmitificar a los fetiches del “desarrollo” y del “progreso”, con el fin de superar el laberinto capitalista.

Así, una nueva economía deberá priorizar la suficiencia, en donde se amplíe solo la producción de lo que realmente reproduce a la vida (objetivo que jamás debió separarse de la economía). Ampliación que respete siempre los ciclos de la Naturaleza, en vez de buscar mayor eficiencia -e incontrolada competitividad- para saciar un desbocado y asesino consumismo. La equidad de ingresos y riqueza son también pilares de esa nueva economía. Hasta podríamos plantear un principio: que los privilegiados -tanto de estratos altos como medios- vivan con menos hasta que todos vivamos con dignidad y armonía.

Esta aproximación demanda cada vez más un abastecimiento simple y autónomo, una “subsistencia creativa” vía autoproducción, con usos comunes y con mayor durabilidad de los bienes. En las empresas, habría que atenuar la obligación de crecer reduciendo la especialización. Todo encaminado a que el capital -en cuanto relación social- abandone la producción (reduciendo desde la presión por la ganancia infinita hasta los créditos y la especulación). Se trata de producir local y regionalmente para desenredar el comercio internacional y las cadenas de producción -ambos enmarañados-, generando cercanía y confianza. Además, cabe reducir y redistribuir el horario laboral, abriendo espacio a ocupaciones social y culturalmente productivas (y no degradantes). Pero, sobre todo, individuos y comunidades deberán “ejercitar su capacidad de vivir diferente” (todos y todas viviendo con dignidad, en armonía con la Naturaleza, NdA), como plantea el alemán Niko Paech, y los países deben “aprender a vivir con lo nuestro, por los nuestros y para los nuestros”, como recomendaba el argentino Aldo Ferrer .

Esa nueva economía no puede ser ni productivista, ni consumista, ni aspirar al crecimiento absurdo. Esa nueva economía demanda otro posicionamiento frente a los mercados, al Estado, -e incluso frente a nuestra propia concepción de qué es el trabajo y la producción- teniendo a lo comunitario y lo popular como bases. Transformación posible si, desde ya, reconstruimos relaciones armoniosas entre Humanidad y Naturaleza, lo cual exige cristalizar los derechos de ésta desde iniciativas políticas, como el Tribunal Internacional por los Derechos de la Naturaleza , tribunal que sanciona -al menos moralmente- los crímenes en contra de la Madre Tierra y de quienes la defienden, al tiempo que informa sistemáticamente sobre dichas violaciones; e incluso en los diversos observatorios ciudadanos creados para denunciar los atropellos contra la Naturaleza y las comunidades como el Observatorio Petrolero Sur, el Observatorio Oil Watch, el Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina, el Atlas Mundial de la Justicia Ambiental: conflictos ecológico-distributivos o el reciente Observatorio de los Derechos de la Naturaleza.

El reto económico de los Derechos de la Naturaleza también está planteado: ¿lo aceptamos o avanzamos desquiciadamente a un mundo en donde el capital se coma a la vida misma?.

Notas:

[1] Para comprender mejor lo que representó este gobierno recomendamos revisar los artículos recogidos en el portal La economía Política del Antipoder.

[2]  En 2010 Bolivia se aprobó una Ley de los Derechos de la Madre Tierra. En noviembre 2016 la Corte Suprema de Uttarakhand, al norte de la India, sentenció que los ríos Ganges y Yumana son seres vivientes. En marzo de 2017, en Nueva Zelanda, se permitió que el río Whanganui sea representado judicialmente a través de sus dos representantes, uno de la tribu Whanganui iwi y otro de la comunidad Crown; años antes en el mismo país, en 2013, el Parque Nacional Te Urewera fue reconocido como una entidad legal con los derechos de una persona, a cargo de los Crown y los Tuhoe. En Nepal está en proceso una iniciativa para reconocer los derechos de la Naturaleza a través de una enmienda constitucional.

[3] En los EEUU, el condado de Tamaqua, Pennsylvania fue el primer municipio en aprobar una ordenanza local reconociendo los Derechos de la Naturaleza de existir, prosperar y evolucionar en 2006; desde entonces más de 36 comunidades en siete estados de los Estados Unidos -Pennsylvania, Ohio, New Mexico, New York, Maryland, New Hampshire y Maine- tienes similares ordenanzas que codifican los Derechos de la Naturaleza. En ese mismo país un grupo de ciudadanos presentó una demanda para que las Montañas Rocosas o el desierto de Nevada puedan demandar legalmente a individuos, corporaciones y al gobierno.


 

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