Hermanas nicas, yo sí os creo (y 19 razones para pedir la renuncia de Ortega)

  1. Ortega volvió al poder en 2008 precisamente por pactar con el Partido Liberal y con la Iglesia católica.

No se puede apoyar como mal menor (frente a la amenaza imperialista) a un mandatario que abusó sexualmente de su hijastra, que ilegalizó completamente el aborto y cuya vicepresidenta y esposa bendice los embarazos en niñas.

En un manido paquete ideológico, quienes nos solidarizamos con la rebelión popular en Nicaragua somos acusadas de apoyar a la oposición venezolana, de estar financiadas por la Casa Blanca y de ser sionistas.

June Fernández es periodista, directora de la revista feminista Pikara Magazine. 25/07/2018

Acompaña a este texto el trabajo gráfico de Feministas Autoconvocadas de Barcelona, 19 razones para que se vaya Ortega.


Si escribo sobre Nicaragua no es para participar en un debate sobre política internacional. Es una forma de paliar un poquitito la impotencia; sentir que hago algo por mis amistades, por los colectivos que me acogieron, por el país al que decidí mudarme, aunque finalmente esa etapa duró menos de lo previsto. Por las y los estudiantes que se encierran en las universidades y por las madres de los muertos y desaparecidos que gritan verdad y justicia.

Quiero sentirme conectada con ellas a pesar de que es imposible sentir en carne propia el terror que enfrentan. Miedo a que te peguen un tiro en una protesta; a que los parapoliciales te sometan a vejaciones sexuales; a que te secuestren; miedo a que desaparezcan a tu hermano, que cumple con el perfil de víctima mortal —varón, menor de 25 años, estudiante—; miedo a que apliquen contigo la amenaza de 20 años de cárcel por terrorismo, es decir, por ejercer el derecho legítimo a la protesta. Miedo cuando una persona de tu mismo pueblo publica tu foto en Facebook con la leyenda “golpista” encima, contextualizada con un mensaje de odio que termina con la palabra PLOMO. Miedo a exiliarte y sentir que abandonas a tu familia y a tu pueblo. Miedo a decidir quedarte sin saber cómo terminará esta historia: ¿guerra civil?, ¿dictadura sin disimulos?, ¿un país controlado por los paramilitares y los grupos de choque, cada vez más armados?

Sí que hay un miedo que siento en mis propias carnes: el miedo a que ocurra algo a la gente a la que quiero. Pero el asunto sigue teniendo para mí un punto de irrealidad. Es lo que tiene la distancia.

Convivo desde mi privilegio con la impotencia de seguir las noticias y los Facebook Live como espectadora. Pero también en esta emoción hay grados; nada que ver la mía con la que están sintiendo mis amigas de origen extranjero, que llevan décadas viviendo en Nicaragua pero no pueden sumarse a las protestas porque correrían el riesgo de ser deportadas y de perder el permiso de residencia. Esto no es nuevo, tampoco pudieron participar en las protestas contra el Canal interoceánico que ha desplazado forzosamente al campesinado y a poblaciones indígenas.

Nada que ver con la impotencia que sienten las nicas en la diáspora. Algunas vinieron con una beca para completar sus estudios, otras vinieron como turistas y trabajan sin papeles limpiando casas. La angustia se traduce en desvelo porque saben que, cuando al día siguiente se conecten a las redes sociales, conocerán los nombres de más personas muertas, desaparecidas y amenazadas. Sienten el impulso de encontrarse con su gente, de unirse a la lucha. “Pero mi mamá me dice que ni se me ocurra, que al menos tiene un hijo a salvo”. Algunas preparan el terreno por si su familia tiene que exiliarse.

Lo único que puedo hacer es contarlo, pero contarlo supone confrontar discursos que duelen y que no están movidos por los afectos sino por los dogmas. En el caso de Nicaragua, el discurso más doloroso para mí y para mi gente nica es el de cierta izquierda que sostiene que las protestas contra el presidente Daniel Ortega y su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo responden a un plan de la derecha, la Iglesia católica y la Casa Blanca.

No me quiero detener a rebatir su argumentario tramposo y absurdo de la izquierda rancia, que obvia el hecho de que Ortega volvió al poder en 2008 precisamente por pactar con el Partido Liberal y con la Iglesia católica. Lo explica exhaustivamente Iosu Perales en un medio tan poco sospechoso de derechista e imperialista como Viento Sur. Reproduzco aquí algunas partes:

Lo que ocurre es que Daniel Ortega utiliza el lenguaje, lo mismo religioso que antiimperialista como disfraz para una política que, en realidad, es neoliberal, pactista con Estados Unidos (la década de mano dura de Daniel Ortega ha sido vivida con tranquilidad por los presidentes norteamericanos), y de obediencia al FMI.

En ocasiones damos la espalda a realidades que no nos gustan criticar porque entendemos, erróneamente, que al hacerlo perjudicamos a nuestra causa. Al contrario, lo que nos hace daño es tapar y justificar actuaciones de la izquierda que deben ser criticadas por otras izquierdas. Desde una posición sana, deberíamos interesarnos en esclarecer la verdad, para fortalecernos política y moralmente.

Vayamos al grano: una cosa es creer que Estados Unidos no descansa en América Latina, país por país, y otra muy diferente defender la idea de que detrás la rebelión popular en Nicaragua existen fuerzas ocultas que la gestionan, en concreto el imperialismo. Este tipo de reacciones es muy recurrente en las izquierdas. Sirve para exculpar los propios errores, ocultar los fracasos propios, y despejar toda la responsabilidad a fuerzas externas. Sinceramente, con esta tesis faltamos a la verdad en el caso actual de Nicaragua. Lo extraño es que durante una década Daniel Ortega haya gobernado casi sin oposición y sin protestas en las calles. Méritos para que hubiera manifestaciones los han tenido la pareja Ortega-Murillo. De hecho decenas de marchas contra el Canal sí se llevaron a cabo siendo reprimidas las más de las veces. Y cuando estas marchas fueron reprimidas siempre se justificó en nombre de los intereses nacionales, y se tachó a los manifestantes de poco menos que de vende-patrias.

Quienes hemos estado en contacto con el movimiento feminista nicaragüense no dudamos de la espontaneidad de esta rebelión popular porque no nos pilla por sorpresa. Sin embargo, la izquierda rancia que funciona en clave de guerra fría ha mirado para otro lado mientras Ortega acumulaba poder y vulneraba los derechos y libertades de la ciudadanía. Podéis leer la crónica del encuentro feminista nacional que publiqué en 2014 en Diagonal y en el que se repasaba todo lo que hoy está gritando el movimiento autoconvocado. Quien ha mantenido contacto con Nicaragua los últimos cinco años conoce tanto la reactivación del tejido asociativo, especialmente el estudiantil y el campesino, como la escalada en la respuesta policial a las manifestaciones.

Quienes conocemos el tenebroso estilo de Ortega-Murillo, quienes hemos convivido con las leyendas de ‘Nicaragua: cristiana, socialista y solidaria’, quienes hemos visto a la vicepresidenta y primera dama bendiciendo embarazos en niñas, no nos sorprendemos de esa gestión cínica y macabra de la Revolución de Abril: más de 350 personas asesinadas a manos de fuerzas paramilitares y policiales, más de 2,100 heridas y más de 300 secuestradas. Quienes conocemos al pueblo nica creemos en su dignidad, en su rebeldía, en su formación política, su capacidad de articulación y que no van a permitir la injerencia de potencias extranjeras. Es lo que me enamoró de Nicaragua y es herencia, entre otras, de la Revolución sandinista, esa a la que el movimiento autoconvocado sigue honrando. Como muestra, este hilo de Twitter, que responde también al argumento de que los manifestantes son los violentos.

Pero lo que hoy quería contar es que, en estos desagradables careos en las redes sociales, me he dado cuenta de algo: la mayoría de los que deslegitiman las protestas por mostrarse muy preocupados por la amenaza imperialista, la mayoría de los que incluso difaman al movimiento autoconvocado afirmando que es burgués y está pagado por la USAID, son machos. Y digo machos porque con sus formas hacen gala de una masculinidad violenta. La explicación es triple:

  • Hay que ser misógino y antifeminista para considerar un mal menor (frente a la amenaza imperialista) a un mandatario que abusó sexualmente de su hijastra, que ilegalizó completamente el aborto y cuya vicepresidenta y esposa bendice los embarazos en niñas.
  • Hay que ignorar y despreciar al movimiento feminista, que en Nicaragua ha denunciado las políticas del Gobierno desde que el FSLN volvió al poder.
  • A los llamados  “machistas-leninistas” les va muy bien acusar a las feministas de estar pagadas por el imperio, porque así matan dos pájaros de un tiro: protegen a los gobiernos machos de su cuerda y desprestigian al movimiento que les hace sentir amenazados.

El otro día alguien me etiquetó en el muro de Facebook del actor Guillermo Toledo, que con su agresividad habitual se cagaba en la estampa (literalmente) de Ada Colau por apoyar “la injerencia terrorista extranjera en Nicaragua hasta lograr derrocar a su gobierno legítimo”. Una hasta entonces seguidora de Toledo le animó a leer lo que publico sobre Nicaragua. En un manido paquete ideológico, quienes nos solidarizamos con la rebelión popular en Nicaragua somos acusadas de apoyar a la oposición venezolana, de estar financiadas por la Casa Blanca y de ser sionistas. Es curioso, porque cuando llaman violentos a los manifestantes que enfrentan con barricadas y morteros artesanales al armamento de fuego de los cuerpos policiales y parapoliciales, recuerdan mucho a la criminalización de las intifadas.

Vi que feministas españolas reconocidas le recordaban a Toledo los atropellos de Ortega contra los derechos humanos, en particular los de las mujeres y las personas LGTBI. Toledo contestó lo siguiente: “Entre Ortega y el imperialismo, yo lo tengo muy claro, hermana”. Lo conté en mi muro y una amiga muy vinculada a Nicaragua señaló con acierto que la frase de Toledo recuerda mucho a la célebre cita de Roosevelt: “Tal vez Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

La  Caravana de Solidaridad Internacional con Nicaragua ha recorrido nuestras ciudades relatando el horror que están viviendo desde abril y, al mismo tiempo, la esperanza ante la posibilidad de desalojar del poder a la dinastía Ortega-Murillo. Han tenido que responder a quienes en cada ciudad les acusaban de ser derechistas, imperialistas y de estar pagadas por la USAID. Uno de esos internacionalistas tuvo el cuajo de decir, en un coloquio que dinamicé en Bizkaia, que no nos quedemos en la superficie hablando de muertos, que vayamos al fondo de la cuestión: su lectura geopolítica. Me consta que les ha resultado especialmente decepcionante topar las mayores resistencias precisamente en los partidos con los que se sentían cercanía ideológica: CUP, EH Bildu, Izquierda Unida (y, en concreto, el delirante comunicado  del área de Feminismo del Partido Comunista). Eso tiene un nombre: revictimización.

Y además de doloroso es muy irresponsable, porque intensifica el riesgo en el que se encuentran las defensoras de derechos humanos. Las integrantes de la Caravana que viven en Nicaragua volverán con miedo a ser detenidas por terrorismo. Las integrantes en la diáspora también se expondrán a ese riesgo si intentar regresar para visitar a sus familias. Me gustaría que ese peso cayera sobre las conciencias de quienes, de forma más burda o sofisticada, están sembrando esas sospechas a este lado del océano.

El comunicado de Anticapitalistas ha sido un bálsamo ideológico y emocional para mí. Termina así:

Si algo hemos aprendido durante el largo ciclo de protestas globales que empezó en 2008 es que el destino de las revueltas no está escrito de antemano, sino que hace falta construir una dirección en un sentido anticapitalista. Por eso, consideramos que es fundamental la solidaridad a escala internacional de las fuerzas políticas que nos reclamamos socialistas y revolucionarias.

Leo a ciertos analistas de izquierda y parece que se alegrarán si la Revolución de Abril fracasa o se deforma, en vez de preguntarse qué hubiera ocurrido si su rol hubiera sido reconocer la fuerza y la legitimidad del movimiento autoconvocado, si hubieran relacionado #SOSNicaragua con el 15M o #OccupyWallStreet. Mientras contesto al politólogo de turno que compara Nicaragua con Venezuela, me llegan las alertas de la Iniciativa Mesoamericana de Derechos Humanos. Una de las últimas alertas ha sido que Edén Pastora,  histórico y controvertido militante del FSLN y actualmente director del dragado del Río San Juan,  ha amenazado de muerte a la lideresa campesina Francisca Ramírez:  “La Chica Ramírez anda buscando que la encarcelen y que la maten porque ya mucho molesta primero con lo del canal y ahora con esto”. 

Las compañeras nicaragüenses necesitan sentir nuestro calor. Ayer informaron del asesinato por paramilitares de una estudiante brasileña, Rayneia Gabrielle Lima. Están matando y secuestrando a estudiantes, estamos hablando de asesinatos políticos. Dejemos los debates de geopolítica y defendamos los derechos humanos. Pensemos cómo podemos aportar a la protección de las y los activistas. Gritemos que #NiUnaMenos.


19 razones para que se vaya Ortega

Feministas autoconvocadas de Barcelona

 

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