Cuidar y cuidarnos

Todas queremos lo mejor para nosotras mismas y para el resto del mundo, o al menos eso decimos. Y sin embargo nos cuesta dar los pasos correctos para salvar el clima (lo que queda aún) del calentamiento global, siendo la estabilización de las temperaturas un factor clave para poder tener un futuro. Y lo que desconocemos también, es que esa lucha nos entregará un plus de justicia al acabar con un sistema que basa su éxito en el maltrato, en el día a día de una vida aterradora para muchas criaturas.

Carmen Ibarlucea


La mayor parte de las personas no sabe que, por ejemplo, los más de mil millones y medio de vacas que viven en macrogranjas, debido a la alimentación artificial a las que son sometidas, están produciendo una gran cantidad de metano no natural, y que para el año 2030 esas emisiones habrán aumentado en un 60%. Ni sabemos que ⅔ del amoniaco lanzado a la atmósfera proviene de los gases producidos por las mismas vacas sometidas a una alimentación no natural. Hablando claro, las vacas cuando pastan no se tiran tantos pedos.

Otra de las cosas que la gran mayoría desconoce es que el cambio climático amenaza a la mitad de las especies de árboles existentes. Algo que según un estudio del Global Forest Biodiversity Initiative (GFBI) puede estimarse económicamente en una pérdida de 490.000 millones de dólares por año, cinco veces más de lo que costaría tomar medidas efectivas de conservación a escala global.

Para este estudio, los investigadores han trabajado en 777.126 parcelas, en las que han medido más de 30 millones de árboles de 8.737 especies repartidas en 44 países de todo el mundo. El área analizada en el estudio representa la mayor parte de la biomasa terrestre y pone de manifiesto que la pérdida de especies arbóreas se traduce en la reducción de la producción de madera, lo que conlleva una pérdida en la absorción de CO2 de la atmósfera.

El calentamiento global produce más calentamiento global si no cambiamos nuestros hábitos

Es necesario que entendamos, y por eso les pido que se hagan eco, como lo hago yo, y que incansablemente sigan diciéndolo una y otra y otra vez, que todo cuanto sucede en esta casa común que es la biosfera, importa. Y a su vez, debemos comprender que así como a las personas nos gusta ser felices, al resto de los seres vivos también. Si defendemos la felicidad como un derecho inalienable desde un punto de vista antiespecista (y esto también incluye a las plantas) quizás logremos salvarnos y salvar.

Pasó ya el tiempo de Descartes y su legado de una lógica al margen de la lógica de la naturaleza, es obsoleta su explicación de un mundo de apariencia mecánica. Ni los animales (nosotros entre ellos), ni las plantas, somos máquinas inanimadas a las que se puede acumular o se puede aislar. La vida no se puede arreglar con un poco o un mucho de química. Ese paradigma de la revolución científica del siglo XVII ha de ser superado.

El ecofeminismo nos alienta a cuidar y a cuidarnos

La respuesta necesaria a esta urgente situación la da el ecofeminismo, una propuesta donde se integran la teoría y la práctica que defiende la vida, y la dignidad de los seres vivos. Porque el ecofeminismo nos alienta a cuidar y a cuidarnos, reafirmando el valor y la integridad particulares de cada ente vivo, y del conjunto. Ser y ser parte.

“Pensamos que la devastación de la Tierra y de los seres que la pueblan por obra de las huestes empresariales, y la amenaza de la aniquilación nuclear por obra de las huestes militares, son preocupaciones feministas.” Ynestra King.

Y esa es la propuesta, persona a persona, de boca en boca lograr convencernos de que el amor, la compasión, la solidaridad y el cuidado deben ser, son, la base urgente de una ética global. Y que debemos estar dispuestas a desobedecer (ante la presión social que nos ridiculiza al decir estas cosas) y debemos estar dispuestas a renunciar a lo que en los últimos cincuenta años se nos ha vendido como progreso y democracia. No hay nada de lo uno, ni de lo otro en torturar animales para poder comer carne tres veces o más cada día, ni en destruir bosques para torturar plantas en monocultivos adictos al petroleo.

Las urgencias de la humanidad

Tenemos tres urgencias dentro de la comunidad humana: La primera entender que somos una sola raza y que habitamos un único mundo. La segunda que las poblaciones urbanas tomen conciencia de su animalidad, porque eso les hará conscientes de su fragilidad. Y la tercera que las poblaciones rurales tomemos conciencia de ser imprescindibles para la vida humana. Basta de creernos la mentira de que nuestra vida es más sacrificada y triste, pongamos fin a nuestro complejo de inferioridad frente a quien tiene un horario y no depende del sol, el viento y la lluvia.

Necesitamos una transición personal, que pasa por una transición alimentaria

La tarea del cuidado del aire, y del agua dulce es conjunta. La tarea de mantener la biodiversidad de los bosques o recuperar las zonas marinas muertas es urgente. Y podemos hacerlo con una correcta y perentoria gestión de residuos y a través del empoderamiento energético.

Pero para eso necesitamos una transición personal, que pasa por una transición alimentaria. Sabemos que por salud la ingesta de alimentos debe tener una proporción de 80/20 entre productos vegetales (80%) respecto a cárnicos (20%). Sabemos que para una buena salud, como mínimo debemos tomar 500 gramos de fruta y verdura al día y que comer unos 9 kg de legumbres por persona al año, es saludable y sostenible. Algo de lo que nos hemos alejado en el estado español desde la década de los 60, y a día de hoy, en un país productor como el nuestro, estamos en un consumo de sólo 3,3 kilos de legumbres por persona/año.

El sexismo apoya una cultura de seres vivos mercantilizados, seres que no son lo suficientemente buenos tal y como son

Cuando damos a alguien consideración moral, sencillamente tenemos en cuenta cómo ese individuo se verá afectado por nuestras acciones y omisiones. La consideración moral no debe aplicarse solamente a seres conscientes, es decisión nuestra tener consideración moral hacia los ecosistemas.

Hoy por hoy, en nuestro esquema de pensamiento damos mayor consideración moral a algunos seres sobre otros, siempre frente a nosotros. El sexismo apoya una cultura de seres vivos mercantilizados, seres que no son lo suficientemente buenos tal y como son, y se nos desmembra-exhibe-viste para satisfacer los caprichos de una clase dominante. Una idea extensamente desarrollada en el libro “La política sexual de la carne”. Una teoría crítica de la feminista vegetariana de Carol J. Adams, por si quieres saber más.

El bienestar requiere de la ausencia de dolor y de miedo crónico

Pero, para que quede claro aquí y ahora, que esto no es parte del buenismo sensiblero del que nos suele acusar la sociedad patriarcal para desacreditar nuestro juicio, les comparto una valiosa herramienta: La Declaración de Cambridge sobre la conciencia. En el año 2012, durante una serie de conferencias sobre la conciencia en los animales humanos y no humanos, se concluyó con este comunicado público a la sociedad en el que se hacía saber que los animales no humanos tienen conciencia, porque la neurociencia al estudiar las diferentes áreas del cerebro, ha descubierto que las áreas que nos distinguen del resto de los animales no son las que producen la conciencia. Las redes emocionales y los microcircuitos cognitivos de mamíferos y aves son más homólogos de lo que se pensaba, ya que los patrones neurofisiológicos que anteriormente se pensaba requerían del neocórtex mamífero, no son la clave.

Las sensaciones emotivas en seres humanos y animales no humanos surgen de redes cerebrales subcorticales homólogas, lo que sugiere que, evolutivamente, compartimos qualia: cualidades subjetivas de las experiencias individuales.

Y en esto se basa el bienestar, que es un concepto que va más allá de la salud. El bienestar requiere de la ausencia de dolor y de miedo crónico. Requiere tener la posibilidad de expresar conductas normales según la propia especie. Donald Broom, biólogo y profesor emérito de bienestar animal en la Universidad de Cambridge nos dice cómo puede medirse el bienestar en cinco ítems comprobables y contrastables: Alimentación (sin hambre, sin sed, sin desnutrición); hábitat confortable para el descanso; facilidad de movimiento; salud (sin lesiones, sin enfermedad, sin dolor); y equilibrio emocional.

En un mundo en el que las opresiones están interconectadas, la solidaridad y las luchas deben también converger. Combatir la visión androcéntrica del mundo asociada al distanciamiento emocional, la competitividad y la violencia exigen una revolución moral personal y colectiva. Y no quiero sonar grandilocuente, pero la respuesta completa la da el ecofeminismo y el momento es ahora.

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