Cambio climático y crisis civilizatoria

Los sueños de progreso del pasado se están quebrando y es urgente acometer transiciones que, desde la equidad y la justicia, permitan encarar las pérdidas ya irreversibles y frenar el deterioro que aún sea posible detener, tratando de proteger de una potencial dinámica de colapso a las mayorías sociales. Necesitamos una sociedad que se marque como objetivo recuperar el equilibrio con la biosfera. Textos de Yayo Herrero, Maristela Svampa y John Bellamy Foster.


Tiempos de transiciones para afrontar el Antropoceno

La crisis ecológica demanda cambios profundos en el paradigma económico, político y cultural y un plan de emergencia para alcanzar logros significativos en las dos próximas décadas. Yayo Herrero. 28 de Septiembre de 2016.

En el verano de 2014, hace ya más de dos años, se lanzaba el manifiesto Última llamada. En él, sus promotores explicaban cómo la civilización industrial, con sus niveles de producción y consumo, se había establecido a costa de agotar los recursos naturales y energéticos, romper los equilibrios ecológicos de la Tierra y generar unas profundas desigualdades entre las personas.

La sociedad occidental en los últimos dos siglos, y, especialmente, en las últimas décadas, ha construido una forma de vida absolutamente incompatible con la lógica de los sistemas naturales. En el plano material, lo que hemos celebrado como avance y progreso ha crecido socavando las bases materiales que sostienen el mundo vivo, arrasando la especie humana como parte de él, y repartiendo los beneficios temporales de ese metabolismo económico de forma enormemente injusta.

Se acumulan cada vez más noticias que evidencian que la vía del crecimiento basada en la extracción de minerales finitos, en la alteración de los ciclos naturales y en la generación de cantidades ingentes de residuos es ya un genocidio a cámara lenta. Son ahora también instituciones poco sospechosas de ecologismo radical, como la Agencia Internacional de la Energía o Naciones Unidas, las que aportan información que, aunque con retraso, refrenda los trabajos que desde hace décadas ha realizado parte de la comunidad científica y el movimiento ecologista.

Los cambios son tan intensos y acelerados que se ha considerado conveniente cambiar el nombre a la época geológica. Se estima que en 1950 el Holoceno queda superado y se inaugura el Antropoceno, caracterizado por el hecho de que los seres humanos hemos cambiado las reglas de juego que organizaban lo vivo desde hace millones de años. Nos hemos convertido en el mayor agente modelador de la corteza terrestre y en un factor capaz de variar la regulación del clima y alterar los procesos de la biosfera. Un agente más impactante que vientos, lluvias y corrientes marinas.

Los escenarios catastróficos del cambio climático, las tensiones geopolíticas por el acceso a los recursos y los procesos de expulsión de muchas personas a los márgenes de las sociedades o fuera de la propia vida, muestran que los sueños de progreso del pasado se están quebrando y que es urgente acometer transiciones que, desde la equidad y la justicia, permitan encarar las pérdidas ya irreversibles y frenar el deterioro que aún sea posible detener, tratando de proteger de una potencial dinámica de colapso a las mayorías sociales.

Estamos atrapados en la trampa perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece, destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes.

La sociedad productivista y consumista no puede ser mantenida por un planeta con sus límites desbordados. Necesitamos construir una nueva civilización capaz de asegurar una vida digna a una enorme población humana que habita un mundo de recursos menguantes. Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida, las formas de producción y redistribución, el diseño de las ciudades y la organización territorial: y sobre todo en los valores que guían todo lo anterior.

Es desesperante ver cómo, a pesar de las evidencias cada vez más patentes, existe una situación de anestesia en el mundo político y económico. En las instituciones, el debate en torno a estos asuntos es prácticamente inexistente y la urgencia de actuar contrasta dramáticamente con la inacción o, incluso, la profundización de las peores prácticas.

Conscientes de esta urgencia, el Foro de Transiciones, un espacio transdisciplinar de reflexión y propuesta sobre las transiciones socioecológicas, impulsado por Fuhem y CONAMA, pretende entrar de lleno en el qué hacer ante los enormes desafíos que tenemos delante.

En el trabajo La Gran Encrucijada. Reflexiones en torno a la crisis social y el cambio de ciclo histórico, hemos querido llamar la atención sobre el cambio de ciclo histórico que ha supuesto la llegada al Antropoceno. Partiendo de la correlación que existe entre la destrucción ecológica y los modelos económicos hegemónicos vigentes, ponemos el foco en la necesidad de cambios profundos en el paradigma económico, político y cultural y apostamos por el establecimiento de un plan de excepción y emergencia para alcanzar cambios significativos en las dos próximas décadas. Igualmente apuntamos estrategias y líneas de trabajo en esta dirección a escala de país y en relación con la escala europea.

El libro dibuja el marco de un trabajo más amplio que hemos denominado Tiempo de Transiciones, que intentará avanzar en el campo de las propuestas sectoriales para la reconversión ecológica de nuestras sociedades y la reflexión sobre otros relatos culturales que puedan crear el contexto adecuado para que estas propuestas sean viables. Este trabajo pretende servir, como mínimo, para estimular un debate en torno a las urgencias y actuaciones concretas, sabiendo que no serán pequeñas las resistencias de las élites económicas y políticas frente a estos cambios de lógica y que, por tanto, la construcción de poder ciudadano será fundamental para lograr frenar la máquina y torcer un rumbo que conduce al desastre.

No tenemos otro propósito que tratar de responder a la interpelación del manifiesto Última Llamada cuando decía: “Una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada —o hacer demasiado poco— nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser las y los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta”.

Yayo Herrero es activista ecofeminista y militante de Ecologistas en Acción. Dirige la fundación Fuhem.

 


El Antropoceno, un concepto que sintetiza la crisis civilizatoria

Una reflexión que se está gestando en los últimos quince años a nivel global sobre el Antropoceno, un nuevo concepto-síntesis muy ligado a la crítica del extractivismo que hacemos desde América Latina. Maristella Svampa, 13 de agosto de 2016.

El término Antropoceno reúne dos términos: del griego, ἄνθρωπος (anthropos), que significa hombre y καινός (kainos), que significa nuevo o reciente. El mismo fue propuesto por algunos científicos para sustituir el de Holoceno, que es la actual época del periodo Cuaternario en la historia terrestre y designa una nueva era geológica en la cual el hombre se convierte en una fuerza de transformación con un alcance global y geológico. Según diferentes especialistas y científicos habríamos ingresado hacia 1780 al Antropoceno, esto es, con el advenimiento del capitalismo.

Hablar de Antropoceno implica afirmar que el ser humano y su acción, su repercusión sobre el sistema Tierra, han traspuesto un umbral. Este término fue acuñado por Paul Krutzen, químico y premio Nobel por sus trabajos sobre la capa de ozono, que en el año 2000, durante un coloquio internacional en Cuernavaca, en el marco de una discusión sobre las edades del planeta, terminó casi a los gritos planteando que no estamos más en el Holoceno sino en el Antropoceno.

Dos años después, Krutzen desarrollaba el concepto y la historia del Antropoceno en un artículo muy célebre de la revista Nature, en donde hablaba sobre esta nueva edad para señalar que el hombre en tanto especie se había convertido en una fuerza de alcance telúrico.

El concepto de Antropoceno se expandió no solo en el campo de las llamadas ciencias “duras” sino también en el campo filosófico y en las ciencias sociales y humanas, y devino en un punto de convergencia entre geólogos, ecólogos, especialistas del clima y del sistema Tierra, historiadores, filósofos y movimientos ecologistas para pensar esta edad en la que la humanidad se convirtió en una fuerza geológica mayor.

¿Cuál es la especificidad del Antropoceno?

Retomando a diversos autores, y muy especialmente a Christophe Bonneuil y Jean Baptiste Fressoz (El acontecimiento antropoceno. La tierra, la historia y nosotros, publicado en 2013), podemos establecer cuatro elementos específicos de esta nueva era.

En primer lugar, refiere al aumento de las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Por ejemplo, en relación a 1750, en cuanto a las emisiones humanas, la atmosfera contiene más de un 150 % de gas metano, más del 70 % de nitrógeno y más del 45 % de dióxido de carbono.

Sin embargo, no solo se trata de los gases de efecto invernadero. También están los gases que emiten las heladeras y los aires acondicionados. Recordemos que todos estos gases son de efecto invernadero ya que retienen el calor que la Tierra, calentada por el sol, emite hacia el espacio. Y la acumulación de ese gas en la atmosfera no ha tardado en aumentar el calor de la Tierra.

Consecuencia de ello es que desde mediados del siglo XX la temperatura aumentó 0,8° C, y los escenarios previstos por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) son de un aumento de la temperatura que iría entre un 1,2 y 6° C de acá a finales del siglo XXI. Los científicos consideran que la barrera de más de 2° C es considerada un umbral de peligro, y que bien podría ser mayor el aumento de temperatura si todo continúa como sigue siendo hasta ahora (business as usual). Los enfoques sistémicos y los avances científicos más recientes muestran que aún una débil variación en la temperatura media del globo terráqueo podría desencadenar cambios imprevisibles y desordenados.

Entonces un primer elemento ligado a este pasaje del Holoceno a lo que llamamos hoy Antropoceno es, sin duda, el cambio climático efecto del calentamiento global.

El segundo elemento se refiere a la degeneración general del tejido de la vida en la Tierra y sobre todo la pérdida de biodiversidad. Esta última está ligada a un movimiento de simplificación, fragmentación y destrucción de ecosistemas, que también es acelerado por el cambio climático. Basta subrayar que en los últimos decenios la tasa de extinción de las especies es mil veces superior que a la normal geológica.

El tercer elemento destaca el hecho de que ha habido cambios en los ciclos biogeoquímicos del agua, del nitrógeno y del fósforo, todos ellos muy esenciales, como aquel del carbono, que pasaron en los últimos dos siglos al control del hombre. En el mismo sentido, la modificación del ciclo continental del agua es masiva con el drenaje de las zonas húmedas del planeta y la construcción de más de 45 mil represas, que retienen el 15 % de los flujos de los ríos del globo. También hubo un cambio en los ciclos del nitrógeno, que está ligado a la utilización de fertilizantes, lo cual acentúa el efecto invernadero y el ciclo del fósforo.

El cuarto elemento fundamental que implica un cambio hacia una nueva edad geológica es el aumento de la población. Hemos pasado de 900 millones de habitantes en 1800 a siete mil millones de habitantes en 2012. La humanidad hoy consume una vez y media lo que el planeta puede proveer de manera sustentable. Para usar una metáfora, no solo nos comemos los frutos sino también las ramas del árbol sobre el cual estamos sentados.

Entonces, para sintetizar, el Antropoceno refleja un cambio en el sistema Tierra. Tal es así que los geólogos se han reunido en los últimos años para ver si efectivamente es posible hablar de un cambio en la era geológica, y para ellos, desde el punto de vista geológico, para que haya un cambio, esto tiene que registrarse. Esto es, la actividad humana tiene que haber dejado una huella significativa en los estratos geológicos recientes.

Efectivamente, en este año 2016, un grupo de científicos de la Universidad de Leicester, del Servicio Geológico Británico, está estudiando si la actividad humana está conduciendo al planeta a una nueva era geológica, el Antropoceno. Se preguntan si es visiblemente diferente al Holoceno, y las respuestas están indicando que efectivamente hay una gran diferencia, y que sobre todo hay señales que se pueden observar en las rocas, en los sedimentos y en el hielo. Y lo que enfatizan los geólogos es que el Holoceno, la etapa anterior que duró unos 10 mil años, hasta el año 1780, según algunos, fue una etapa durante la cual las sociedades humanas avanzaron en domesticar gradualmente la tierra y los animales para producir alimentos, para construir asentamientos urbanos y beneficiarse de los recursos del planeta. Pero esta nueva era, el Antropoceno, estaría marcada por el rápido cambio ambiental provocado por el impacto del aumento de la población humana y el incremento vertiginoso del consumo en las últimas cinco o seis décadas. Los geólogos insisten también que efectivamente hay un cambio de era geológica en la cual sin duda uno de los signos fundamentales es el aumento del dióxido de carbono en la atmosfera, que empezó a aumentar de manera gradual para hacerse más importante en los últimos tiempos. En suma, tal como reseña un artículo de El Mundo, publicado el 07 de enero de este año, “durante el 2016, el Anthropocene Working Group recabará más indicios del comienzo de esta era para informar sobre si se debería reconocer oficialmente y, de ser así, cómo se debería definir y calificar”.

Desde el punto de vista de las ciencias sociales, el ingreso al Antropoceno nos hace repensar la noción de crisis ambiental y de desarrollo sustentable. Para empezar, el termino crisis designa un estado temporario, mientras que en realidad el Antropoceno parece designar más bien un punto de no retorno. Una suerte de bifurcación geológica sin retorno previsible a la normalidad que significaba la era anterior, la del Holoceno. Por otro lado, el concepto de Antropoceno también es sumamente crítico porque anula el concepto de desarrollo sustentable. Es decir, no considera que la naturaleza sea un simple socio de la economía o una nueva columna en la contabilidad de las grandes empresas, sino que coloca un cuestionamiento general frente al avance de la destrucción de los ecosistemas y sobre todo señala que el discurso del desarrollo sustentable se asentaba sobre la base de una idea de la naturaleza lineal y reversible, con la cual podíamos retroceder y volver sobre un punto diferente de mayor conservación, esto es, un régimen estacionario óptimo.

La idea que instala el Antropoceno es que no hay retorno, pues la naturaleza no es lineal, y que inclusive vista como Gaia, como ecosistema, ésta puede reaccionar de una manera imprevisible e incontrolable a los impactos que han generado la acción humana global sobre la misma.

Es un concepto también profundamente filosófico porque pone en cuestión la visión antropocéntrica que desde la modernidad, ilustrada por la filosofía de René Descartes, se ha construido sobre la relación sociedad-naturaleza. En términos filosóficos, la modernidad se ha construido sobre la base de la separación entre el ser humano y naturaleza, entre sustancia pensante y sustancia extensa. Es lo que se denomina la ontología dualista.

Esta idea de exterioridad del ser humano sustenta además una práctica de control y dominación de la naturaleza y está en la base de la visión científica moderna. Hay una frase célebre de otro filósofo y científico de la época, Francis Bacon, que dice que a la naturaleza hay que torturarla para extraerle sus secretos… Esta idea de exterioridad que ha instalado esta división jerárquica, este hiato, entre el ser humano y la naturaleza está en la base de esta visión moderna que ha dado lugar a una práctica destructiva respecto de la naturaleza y los ecosistemas.

En este sentido también la idea de Antropoceno está cuestionando la relación binaria o de exterioridad que el ser humano ha tenido tradicionalmente para con la naturaleza, poniéndonos de cara al problema de los límites de la acción humana frente a una naturaleza que ahora reacciona de manera no lineal, de manera imprevisible. Esto también coloca otro cuestionamiento fundamental respecto de la filosofía contemporánea, que se construyó en base al dualismo ontológico, pues la idea misma de libertad humana se ha concebido como producto del desencastramiento del hombre con relación a la naturaleza (hay en la actualidad una extensa bibliografía filosófica sobre el tema, que subraya el fin de “la excepción humana”). En consecuencia, es necesario entonces repensar la idea de libertad, cuestionar la relación del hombre con la naturaleza desde otras ontologías, para poder sentar las bases de una nueva ética ambiental que nos asegure un orden sustentable en este mundo.

Por otro lado, hay una suerte de consenso que subraya que el ingreso al Antropoceno se habría dado con la Revolución industrial, es decir, con la invención de la máquina a vapor y con el ingreso a una era basada primero en el carbón y luego en los combustibles fósiles. A esta primera fase, le seguiría una segunda llamada la de “la Gran aceleración”, que se iniciaría luego de 1945 siendo ilustrada por una gran cantidad de indicadores de la actividad humana que van de la concentración atmosférica del carbono y del metano, hasta el número de represas, de restoranes Mcdonald, pasando por el ciclo del nitrógeno, del fosforo y la pérdida de biodiversidad. Todos estos indicadores dan cuenta de un impulso exponencial de impactos humanos desde 1950 a esta parte. Y habría una tercera fase del Antropoceno, la actual, que habría arrancado hacia el año 2000 marcado por ciertos giros o puntos de inflexión. Es todavía el carbono el que encabeza o marca la periodización, pero esta sería una etapa que revela la toma de conciencia del impacto del ser humano en o sobre el ambiente global. Así, el Antropoceno es sin duda un Capitaloceno, como insisten algunos autores ecomarxistas, entre ellos Jason Moore, en 2014.

Somos todos responsables, es cierto. Pero algunos son más responsables que otros. Algunos autores nos recuerdan que son 90 las empresas responsables del 60 % de las emisiones acumuladas de CO2 y de metano entre 1850 y hoy. Es decir, que algunos hablan no solo de un Capitaloceno, sino también de un Oligantropoceno, es decir, que la responsabilidad estaría concentrada en una pequeña fracción de la humanidad, en los países ricos, en los países desarrollados.

En esa misma línea, la historia del Antropoceno es también la historia del Angloceno, porque Gran Bretaña y Estados Unidos representan el 60 % de las emisiones acumuladas de CO2 en 1900, 55 % en 1950 y casi el 50 % en 1980. Por supuesto, a esto hay que agregarle el ingreso de otros países sobre todo a partir de la segunda década del siglo XX. Por ejemplo, Rusia llegará al 200 % de su capacidad hacia 1973. China alcanza este índice en 1970, y no deja de aumentar, llegando al 256 % en 2009, mientras que en Estados Unidos la huella ecológica llegaría al 176 % en 1973.

Hoy estamos consumiendo un planeta y medio por año. A esto nos referimos con la huella ecológica. Y el caso es que estamos a más del 150 % en la actualidad. Pero la responsabilidad no es la misma para todos. El Indicador de Huellas Ecológica Humana Global indica entonces que hay un intercambio desigual. Hay un intercambio desigual no solo económico sino también ecológico que es evidente cuando hablamos de las diferencias entre la geografía del consumo y la geografía de la extracción. La responsabilidad compete sobre todo a los países más ricos y también a los llamados países emergentes, mientras los países de América Latina están por debajo del 50 % del consumo. Estamos consumiendo el planeta. Poderío y ecocidio están muy vinculados al ingreso al Antropoceno, y por supuesto hay una huella geológica humana global que es necesario leer en términos de intercambio ecológico desigual y por ende de “deuda ecológica”.

El Antropoceno es así un indicador de la huella geológica. Este aumento de la huella ecológica ilustra un ecocidio que sin duda remite al rol de las guerras, sobre todo a partir de la Segunda guerra mundial, cuando podría decirse que las guerras, creando un estado de excepción, justificaron y alentaron una brutalización de la relación entre sociedad y el ambiente. Las nuevas guerras con sus tácticas de tierra arrasada, con su uso de técnicas y armas que buscan modificar el ambiente, volverlo hostil a la población, implicaron un cambio notorio. Esto se vio potenciado por la petrolización de las sociedades occidentales en los decenios de 1950 y 1960, hecho que fue preparado sobre todo durante la Segunda guerra mundial. De modo que, el complejo bélico militar jugó un rol muy destacado en el despliegue de energías energívoras para quienes el poderío importaba más que el rendimiento.

Por supuesto, el ingreso al Antropoceno también aparece vinculado a la expansión de la sociedad de consumo con su lógica de la obsolescencia precoz. Esto se inscribe en un movimiento mucho más extenso que tiene que ver con el cambio en el método alimentario de las últimas décadas. En Argentina, como país sojero, lo sabemos muy bien. Hemos asistido a un cambio hacia un modelo más cárnico y más azucarado. Así que este modelo construido por las grandes firmas agroalimentarias se acompaña de una degradación de los ecosistemas del planeta: sobrepesca, especialización, monocultura minando la biodiversidad, contaminación por fertilizantes y pesticidas, bosques retrocediendo ante la ganadería, la soja o la hoja de palma. Son todos importantes en la emisión de gases de efecto invernadero. Y nos indica que el cuerpo del Antropoceno es también un cuerpo alterado por sustancias toxicas, que hemos ido internalizando, naturalizando, sin cuestionarnos sobre esta anormalidad.

Pero sin duda la noción de Antropoceno está muy ligada a la expansión del capitalismo a partir de 1740, y a la exigencia del capitalismo avanzado de mayor consumo de materia y energía. En esta línea, el de Antropoceno es un concepto crítico del capitalismo que permite establecer puentes con conceptos elaborados desde América Latina, como la crítica al neoextractivismo, pues ambos abren una indagación sobre la doble dinámica del capital, no solamente sobre la relación capital-trabajo, sino también sobre aquella de la capital-naturaleza. Aclaremos que la cuestión del intercambio metabólico entre el ser humano y la naturaleza atraviesa de modo marginal ciertos escritos de Marx, pero aparece desarrollado por representantes del marxismo crítico (y ecológico) en épocas más recientes (James O`Connor y J. Bellamy Foster). En suma, La noción de Antropoceno plantea un puente directo con la crítica al extractivismo, en la medida en que pone de relieve la correlación existente entre el aumento del metabolismo social y el incremento de acumulación del capital, lo cual se traduce en términos de desposesión, cercamiento de bienes comunes y mayor destrucción de bienes naturales y territorios. Por último, estas líneas críticas nos permiten salir de aquellas visiones reduccionistas y unidimensionales que todavía nos proveen ciertos análisis contemporáneos, centrados exclusivamente en los conflictos en torno al trabajo.

La noción de Antropoceno está muy ligada a la expansión del capitalismo a partir de 1740, y a la exigencia del capitalismo avanzado de mayor consumo de materia y energía. En esta línea, el de Antropoceno es un concepto crítico del capitalismo.

Por otro lado, ya dijimos que desde el punto de vista filosófico el Antropoceno pone un cuestionamiento a la relación de exterioridad del hombre con la naturaleza, la visión dualista que instala no solo un hiato, una separación entre el hombre y la naturaleza, sino que se estructura en pares binarios que indican una relación jerárquica, en donde el hombre aparece como superior y amo de la naturaleza.

Las reflexiones en torno a los conceptos de Buen vivir y de derechos de la naturaleza que, en el marco de una visión más holística, más relacional, mas conectada con la cosmovisión indígena, se están desarrollando en América Latina, sin duda colocan un cuestionamiento también a esta visión binaria, a esta visión externa, del hombre respecto a la naturaleza, para dar lugar a otras ontologías, basadas en sentidos culturales diferentes, a otros lenguajes de valorización, del territorio y de la naturaleza, asociados a la gramática política de nuevos movimientos socioambientales y territoriales en toda América Latina y también de determinadas comunidades indígenas.

Por último, el Antropoceno nos interroga sobre el lugar de América Latina. Para decirlo de otro modo, nos advierte sobre una realidad global que también es necesario leer en términos geopolíticos, de división internacional del trabajo, puesto que como de costumbre estamos ante un intercambio ecológico desigual en donde la geografía del consumo involucra principalmente a los países más desarrollados e incluso aquellos emergentes, mientras que la geografía de la extracción nos indica la persistencia del llamado Sur o Tercer mundo, América Latina, Asia y África, dentro de un patrón de acumulación asociado a la exportación de naturaleza, en el marco de una inserción subordinada. Reconocer las desigualdades socioambientales y la existencia de una deuda ecológica no nos habilita sin embargo a soslayar el hecho de que nuestra permanencia en el neoextractivismo y la expansión de sus fronteras, también apunta a ampliar el horizonte de la crisis civilizatoria.

La autora es socióloga, escritora e investigadora, autora de Debates Latinoamericanos. Indianismo, Desarrollo, Dependencia y Populismo (2016) y co-autora del libro Maldesarrollo, la Argentina del extractivismo y el despojo (2014). Esta nota es una transcripción de una columna que la autora desarrolló en la radio comunitaria Kalewche. Estos aportes constituyen una síntesis de diferentes lecturas; entre ellas, cabe destacar los textos de de Ch. Bonneuil y JB Fressoz, L`événement anthopocène, La terre, l´histoire et nous; Sueil, Paris, 2013; Bruno Latour, Face à Gaia. Huit confèrence sur le nouveau régime climatique, París La Découvert, 2015; así como diferentes textos de E.Viveiros de Castro, Isabelle Stengers, Deborah Danowsky y Dipesh Chakrabarty, recogidos en E.Hache, De l´univers clos au monde infini, Editions Dehors, 2014.


La crisis del Antropoceno

El Antropoceno, visto como una nueva era geológica que ha desplazado al Holoceno de los últimos 10.000 a 12.000 años, representa lo que ha sido denominado “brecha antropogénica” en la historia del planeta [1]. Introducido formalmente en el debate científico y medioambiental contemporáneo por el climatólogo Paul Crutzen en 2000, defiende la idea de que los seres humanos se han convertido en la fuerza geológica emergente primaria que afecta al futuro del Sistema Tierra. Aunque a menudo se ha seguido su rastro hasta la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, el Antropoceno se ve probablemente con más claridad como algo surgido a finales de los años 1940 y principios de los 50. Pruebas científicas recientes sugieren que el periodo desde aproximadamente 1950 en adelante muestra un gran pico, marcando la Gran Aceleración en el impacto humano sobre el medio ambiente, encontrándose la traza más importante de la brecha antropogénica en la lluvia de radionúclidos procedentes de ensayos de armas nucleares [2]. John Bellamy Foster , 30/06/2017

Planteado de esta forma, el Antropoceno puede ser visto como algo que coincide aproximadamente con el auge del movimiento ecologista moderno, que tuvo sus inicios en las protestas llevadas a cabo por científicos contra las pruebas nucleares terrestres tras la Segunda Guerra Mundial, y surgió como un movimiento más amplio tras la publicación de Primavera Silenciosa de Rachel Carson en 1962. Al libro de Carson le siguieron pronto en los 60 los primeros avisos por parte de científicos soviéticos y estadounidenses del calentamiento global acelerado e irreversible[3]. Es esta interrelación dialéctica entre la aceleración hacia el Antropoceno y la aceleración del imperativo radical ecologista en respuesta lo que constituye el tema central del nuevo y maravilloso libro de Ian Angus. Es su capacidad para ofrecernos perspectivas sobre el Antropoceno como un nuevo nivel emergente de interacción naturaleza-sociedad producido por el cambio histórico -y cómo los nuevos imperativos ecológicos que genera se han convertido en la cuestión central a la que nos enfrentamos en el siglo XXI- lo que hace que Facing the Anthropocene sea tan indispensable.

Hoy parece probable que el Antropoceno llegará a estar vinculado especialmente con la ciencia de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. En cualquier caso, como en el de todos los grandes puntos de inflexión en la historia, hubo signos de picos menores en etapas tempranas durante todo el periodo a partir de la Revolución Industrial. Esto refleja lo que el filósofo marxiano István Mészáros denomina “la dialéctica de continuidad y discontinuidad” que caracteriza todos los nuevos desarrollos emergentes en la historia [4]. Aunque el concepto de Antropoceno solo se ha desarrollado completamente con la noción científica moderna de sistema Tierra, y se ve cada vez más como algo que tiene su base física en la Gran Aceleración posterior a la Segunda Guerra Mundial, estuvo prefigurado por ideas anteriores, surgidas de pensadores que se centraron en los cambios dramáticos en la interrelación humanos-medio ambiente producidos por el auge del capitalismo, entre los que se incluye la Revolución Industrial, la colonización del mundo y la era de los combustibles fósiles.

“Naturaleza, la naturaleza que precedió a la historia humana”, tal como destacaron Karl Marx y Frederick Engels en una fecha tan temprana como en 1845, “ya no existe en ninguna parte (excepto quizá en unas pocas islas coralinas australianas de origen reciente).” [5] Puntos de vista similares fueron presentados por George Perkins Marsh en Hombre y naturaleza en 1864, dos años antes de que Ernst Haeckel acuñase el término ecología, y tres años antes de que Marx publicase el primer volumen de El Capital, con su advertencia sobre la brecha metabólica en la relación entre los seres humanos y la Tierra [6].

No fue hasta el último cuarto del siglo XIX y principios del siglo XX, sin embargo, que surgió el concepto clave de biosfera, a partir del cual se desarrolló la idea moderna de sistema Tierra, con la publicación, principalmente, de La Biosfera del geoquímico soviético Vladimir I. Vernadsky en 1926. “De manera notable”, escribieron Lynn Margulis y Dorian Sagan en ¿Qué es la vida?, “Vernadsky desmanteló los rígidos límites entre organismos vivos y medio ambiente no vivo, describiendo la vida globalmente antes de que ningún satélite nos mostrase fotografías de la Tierra desde órbita”. [7]

La aparición del libro de Vernadsky coincidió con la primera introducción del término Antropoceno (junto con Antropogeno) por parte de su colega, el geólogo soviético Aleksei Pavlov, quien lo utilizó para referirse a un nuevo periodo geológico en el que la humanidad era el principal causante del cambio geológico planetario. Como observó Vernadsky en 1945, “A partir de la idea del rol geológico del hombre, el geólogo A. P. Pavlov (1854-1929) en los últimos años de su vida solía hablar de la era antropogénica, en la que ahora vivimos… Destacó correctamente que el hombre, ante nuestros propios ojos, se está convirtiendo en una poderosa y siempre creciente fuerza geológica… En el siglo XX el hombre, por primera vez en la historia de la Tierra, ha conocido y abarcado toda la biosfera, completado el mapa geográfico del planeta Tierra y colonizado toda su superficie” [8].

Simultáneamente al trabajo de Vernadsky sobre la biosfera, el bioquímico soviético Alexander I. Oparin y el biólogo socialista británico J.B.S. Haldane desarrollaron de manera independiente en los años 20 la teoría del origen de la vida, conocida como la “teoría de la sopa primigenia”. Tal como lo resumen los biólogos de Harvard Richard Levins y Richard Lewontin, “La vida surgió originalmente de la materia inanimada [lo que como es bien sabido Haldane describió como una “sopa caliente diluida”], pero este origen hizo que su repetición fuese imposible, porque los organismos vivos consumen las complejas moléculas orgánicas necesarias para recrear la vida de novo. Además, la atmósfera reductora [falta de oxígeno libre] que existía antes del principio de la vida se ha convertido, por acción de los organismos vivos, en otra rica en oxígeno reactivo”. De esta forma, la teoría Oparin-Haldane explicó por primera vez cómo se pudo haber originado la vida a partir de materia inorgánica, y porqué el proceso no se podía repetir. De manera igualmente significativa, la vida, surgida de esta forma hace miles de millones de años, podría ser vista como la creadora de la biosfera dentro de un complejo proceso de coevolución [9].

Fue Rachel Carson, presentadora como es bien sabido del concepto de ecosistema al público estadounidense, en su charla de 1963 que supuso un hito, “Nuestro medio ambiente contaminado”, quien expresó de la forma más elocuente esta perspectiva ecológica integrada y la necesidad de tenerla en cuenta en todas nuestras acciones. “Desde el principio de los tiempos biológicos”, escribió, ha existido la interdependencia más íntima posible entre el medio ambiente físico y la vida que este sostiene. Las condiciones de la Tierra joven produjeron la vida; la vida, inmediatamente después, modificó las condiciones de la Tierra, de manera que este único y extraordinario acto de generación espontánea no podía ser repetido. De una forma u otra, la acción y la interacción entre la vida y lo que le rodea ha estado en marcha desde entonces.

Este hecho histórico tiene, creo, un significado más que académico. Una vez lo aceptamos vemos porqué no podemos llevar a cabo con impunidad repetidos asaltos contra el medio ambiente como ahora hacemos. Un estudiante serio sobre la historia de la Tierra sabe que ni la vida ni el mundo físico que la mantiene existen en pequeños compartimentos aislados. Por el contrario, reconoce la extraordinaria unidad entre organismos y medio ambiente. Por esta razón sabe que las sustancias dañinas liberadas en el medio ambiente vuelven con el tiempo para crear problemas a la humanidad.

La rama de la ciencia que trata de estas interrelaciones es la ecología…. No podemos pensar solo en los organismos vivos, ni podemos pensar en el medio ambiente físico como una entidad separada. Los dos existen juntos, actuando uno sobre el otro para formar un complejo ecológico o ecosistema [10].

Sin embargo, a pesar de la visión ecológica integrada presentada por figuras como Carson, los conceptos de Vernadsky de biosfera y ciclos biogeoquímicos fueron minimizados durante mucho tiempo en Occidente debido al modo reduccionista que prevalecía en la ciencia occidental y el trasfondo soviético de estos conceptos. Los trabajos científicos soviéticos eran bien conocidos por los científicos en Occidente y fueron traducidos con frecuencia en los años de la Guerra Fría por editoriales científicas e incluso por el gobierno de los EEUU -aunque incomprensiblemente La Biosfera de Vernadsky no fue traducida al inglés hasta 1998-. Esto era una necesidad puesto que en algunos campos, como la climatología, los científicos soviéticos iban muy por delante de sus homólogos estadounidenses. Pero este amplio intercambio científico, que cruzaba las divisiones de la Guerra Fría, era raramente transmitido al público general, cuyo conocimiento de los logros soviéticos en estas áreas fue prácticamente inexistente. Ideológicamente, por tanto, el concepto de biosfera parecer haber caído durante mucho tiempo bajo una especie de prohibición.

No obstante, la biosfera ocupó el centro del escenario en 1970, con un número especial de Scientific American sobre el tema [11]. Aproximadamente por esa misma época, el biólogo socialista Barry Commoner advirtió en El círculo que se cierra de los enormes cambios en la relación de los humanos con el planeta, a partir de la era atómica y el auge de los desarrollos modernos en química sintética. Commoner recordaba los tempranos avisos de la alteración medioambiental del capitalismo de los ciclos de la vida representados por el debate de Marx sobre la brecha en el metabolismo del suelo [12].

En 1972, Evgeni K. Fedorov, uno de los principales climatólogos mundiales y miembro del Presidium del Soviet Supremo de la URSS, así como el principal partidario soviético de los análisis de Commoner (escribió unas “Observaciones finales” a la edición rusa), declaró que el mundo debería desengancharse de los combustibles fósiles: “El ascenso de la temperatura de la Tierra es inevitable si no nos limitamos al uso, como fuentes de energía, de la radiación solar directa y las energías hidráulica, maremotriz y eólica, en lugar de obtener energía de los [combustibles] fósiles o las reacciones nucleares”[13]. Para Fedorov, la teoría de Marx del “metabolismo entre la población y la naturaleza” constituía la base metodológica para un enfoque ecológico de la cuestión del sistema Tierra [14]. Fue en los 60 y 70 cuando los climatólogos de la URSS y los Estados Unidos hallaron por primera vez “pruebas”, en palabras de Clive Hamilton y Jacques Grinevald, de un “metabolismo mundial” [15].

El auge de los análisis del sistema Tierra en las décadas siguientes se vio también fuertemente impactado por las extraordinarias vistas desde fuera, aparecidas con las primeras misiones espaciales. Como escribió Howard Odum, una de las figuras principales en la formación de la ecología de sistemas, en Medio ambiente, poder y sociedad:

Podemos empezar una visión de sistema de la Tierra con la macroscópica del astronauta muy por encima de la Tierra. Desde un satélite en órbita, la zona viva de la Tierra parece ser muy simple. La delgada cáscara de agua y aire que cubre la Tierra -la biosfera- está limitada hacia el interior por sólidos densos y hacia el exterior por el casi vacío total del espacio exterior… Desde los cielos es fácil hablar de equilibrios gaseosos, presupuestos energéticos de millones de años y la magnífica simplicidad del metabolismo total de la delgada cáscara exterior de la Tierra. Con la excepción del flujo de energía, la geobiosfera en su mayor parte es un sistema cerrado del tipo en que los materiales se reciclan y reutilizan [16].

“El mecanismo de sobrecrecimiento” que amenaza este “metabolismo total”, seguía Odum, “es el capitalismo” [17]. El concepto actual de Antropoceno refleja por tanto, por una parte, un reconocimiento reciente del rol en rápido aceleramiento de los impulsos antropogénicos en la alteración de los procesos biogeoquímicos y de los límites planetarios del sistema Tierra y, por otra, un serio aviso de que el mundo, bajo el “business as usual” [seguir como siempre], está siendo catapultado a una nueva fase ecológica -menos propicia para el mantenimiento de la diversidad biológica y una civilización humana estable-.

Unir estos dos aspectos del Antropoceno -vistos de forma diferente como el geológico y el histórico, el natural y el social, el clima y el capitalismo- en una visión única, integrada, es lo que constituye el logro principal de Facing the Anthropocene. Angus demuestra que el “capitalismo fósil”, si no es detenido, es un tren fuera de control que lleva al apartheid medioambiental global y a lo que el gran historiador marxista británico E.P. Thompson llamaba la amenazada etapa histórica del “exterminismo”, en la que las condiciones de existencia de centenares de millones, quizá miles de millones de personas, cambiarán drásticamente, y estarán en peligro las bases mismas de la vida tal como la conocemos. Además, todo esto tiene su origen en lo que Odum llamaba “capitalismo imperial”, que pone en peligro las vidas de las poblaciones más vulnerables del planeta en un sistema de desigualdad global forzada [18].

Los peligros son tales que solo un enfoque nuevo, radical, de las ciencias sociales (y por tanto de la sociedad misma), nos dice Angus -uno que se tome en serio la advertencia de Carson de que si socavamos los procesos vivos de la Tierra esto “volverá en su momento” para acosarnos- puede daros las respuestas que necesitamos en la era del Antropoceno. Por lo que se refiere a la urgencia del cambio, “mañana es demasiado tarde” [19].

Pero la ciencia social dominante, la que sirve al orden social dominante y a sus capas dirigentes, hasta ahora ha servido para oscurecer estos temas, poniendo su peso en las medidas paliativas junto a soluciones mecanicistas como los mercados de carbono y la geoingeniería. Es como si la respuesta a la crisis del Antropoceno fuese estrechamente económica y tecnológica, compatible con la ulterior expansión de la hegemonía del capital sobre la Tierra y sus habitantes -a pesar de que el actual sistema de acumulación de capital se encuentra en la raíz de esta crisis. El resultado es empujar al mundo a un peligro aún mayor. Lo que hace falta, por tanto, es reconocer que es la lógica de nuestro actual modo de producción -el capitalismo- lo que se interpone en el camino para crear un mundo de desarrollo humano sostenible que trascienda el desastre en espiral que de otra manera espera a la humanidad. Para salvarnos debemos crear una lógica socioeconómica diferente que apunte a fines humano-ambientales diferentes: una revolución ecosocialista en la que las grandes masas de la humanidad participen.

¿Pero no hay riesgos en un cambio tan radical? ¿No nos esperan grandes luchas y sacrificios ante cualquier intento de derrocar el sistema dominante de producción y de uso de la energía en respuesta al calentamiento global? ¿Hay alguna seguridad de que seremos capaces de crear una sociedad de desarrollo humano sostenible como conciben ecosocialistas como Ian Angus? ¿No sería mejor equivocarse por el lado del negacionismo que por el del ‘catastrofismo’?¿No deberíamos dudar en pasar a la acción a este nivel hasta que no sepamos más?

Aquí puede ser útil citar el poema didáctico del gran dramaturgo y poeta alemán Bertold Brecht “La parábola de Buda de la casa en llamas”:

Buda, sentado todavía bajo el árbol del pan, a los que no le habían preguntado les narró la siguiente parábola: «No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité que el techo estaba ardiendo, incitándoles a que salieran rápidamente. Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó, mientras el fuego le chamuscaba las cejas, qué tiempo hacía fuera, si llovía, si no hacía viento, si existía otra casa, y otras cosas parecidas. Sin responder, volví a salir. Esta gente, pensé, tiene que arder antes que acabe con sus preguntas. Verdaderamente, amigos, a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de desear gustosamente cambiarse de sitio, nada tengo que decirle.» [20]

Es el capitalismo y el medio ambiente global alienado que este ha producido lo que constituye hoy nuestra “casa en llamas”. Los ecologistas mayoritarios, ante este monstruoso dilema, han preferido generalmente hacer poco más que contemplarlo, observando y haciendo pequeños ajustes a lo que les rodea en el interior mientras las llamas lamen el tejado y toda la estructura amenaza con derrumbarse a su alrededor. El punto, en cambio, es cambiarlo, reconstruir la casa de la civilización con principios arquitectónicos diferentes, creando un metabolismo más sostenible entre la humanidad y la Tierra. El nombre del movimiento para conseguir esto, surgiendo de los movimientos socialistas y ecologistas radicales, es ecosocialismo, y Facing the Anthropocene es su manifiesto más actualizado y elocuente.

Notas:

(1) Clive Hamilton and Jacques Grinevald, “Was the Anthropocene Anticipated?”Anthropocene Review 2, no. 1 (2015): 67.

(2) Paul J. Crutzen and Eugene F. Stoermer, “The Anthropocene,”Global Change Newsletter, May 1, 2000, 17; Paul J. Crutzen, “Geology of Mankind,”Nature 415, no. 6867 (2002): 23; Colin N. Waters et al., “The Anthropocene Is Functionally and Stratigraphically Distinct from the Holocene,”Science 351, no. 6269 (2016): 137, 137, 2622-1–2622-10.

(3) Spencer Weart, “Interview with M. I. Budyko: Oral History Transcript,” March 25, 1990, http://aip.org ; M. I. Budyko, “Polar Ice and Climate,” en J. O. Fletcher, B. Keller, and S. M. Olenicoff, eds.,Soviet Data on the Arctic Heat Budget and Its Climatic Influence (Santa Monica, CA: Rand Corporation, 1966), 9–23; William D. Sellars, “A Global Climatic Model Based on the Energy Balance of the Earth Atmosphere System,”Journal of Applied Meteorology 8, no. 3 (1969): 392–400; M. I. Budyko, “Comments,”Journal of Applied Meteorology 9, no. 2 (1970): 310.

(4) István Mészáros,The Power of Ideology (New York: New York University Press, 1989), 128.

(5) Karl Marx and Frederick Engels,Collected Works, vol. 5 (New York: International Publishers, 1976), 40.

(6) George P. Marsh, Man and Nature (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1965); Frank Benjamin Golley,A History of the Ecosystem Concept in Ecology (New Haven, CT: Yale University Press, 1993), 2, 207; Karl Marx,Capital, vol. 1 (London: Penguin, 1976), 636–39;Capital, vol. 3 (London: Penguin, 1981), 949.

(7) Lynn Margulis and Dorion Sagan, What Is Life? (New York: Simon and Schuster, 1995), 47; Vladimir I. Vernadsky,The Biosphere (New York: Springer, 1998). El concepto de biosfera fue introducido originalmente por el geólogo francés Edward Suess en 1875, pero fue desarrollado mucho más por Vernadsky y acabó siendo asociado básicamente con él.

(8) Vladimir I. Vernadsky, “Some Words about the Noösphere,” en Jason Ross, ed.,150 Years of Vernadsky, vol. 2 (Washington, D.C.: 21st Century Science Associates, 2014), 82; E. V. Shantser, “The Anthropogenic System (Period),” enThe Great Soviet Encyclopedia, vol. 2 (New York: Macmillan, 1973), 140. El artículo de Shantser introdujo la palabra “Antropoceno” en inglés.

(9) Richard Levins and Richard Lewontin, The Dialectical Biologist (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1985), 277; A. I. Oparin, “The Origin of Life,” en J. D. Bernal,The Origin of Life (New York: World Publishing, 1967), 199–234; and J. B. S. Haldane, “The Origin of Life,” en Bernal,The Origin of Life, 242–49.

(10) Rachel Carson, Lost Woods (Boston: Beacon, 1998), 230–31.

(11) G. Evelyn Hutchinson, “The Biosphere,”Scientific American 233, no. 3 (1970): 45–53.

(12) Barry Commoner,The Closing Circle: Nature, Man, and Technology (New York: Knopf, 1971), 45–62, 138–75, 280.

(13) E. Fedorov citado en Virginia Brodine,Green Shoots, Red Roots (New York: International Publishers, 2007), 14, 29. Véase también E. Fedorov,Man and Nature (New York: International Publishers, 1972), 29–30; John Bellamy Foster, ” Late Soviet Ecology and the Planetary Crisis ,”Monthly Review 67, no. 2 (June 2015): 9; M. I. Budyko,The Evolution of the Biosphere (Boston: Reidel, 1986), 406. Los llamamientos de figuras prominentes como Fedorov a una respuesta más rápida y radical a los problemas medioambientales fueron básicamente ignorados por el estado soviético, con trágicos resultados.

(14) Fedorov, Man and Nature, 146.

(15) Hamilton and Grinevald, “Was the Anthropocene Anticipated?” 64.

(16) Howard T. Odum, Environment, Power, and Society for the Twenty-First Century (New York: Columbia University Press, 2007), 3.

(17) Odum, Environment, Power, and Society, 263.

(18) E. P. Thompson, Beyond the Cold War (New York: Pantheon, 1982) 41–80; Rudolf Bahro,Avoiding Social and Ecological Disaster (Bath, UK: Gatewa                        +6

y, 1994), 19; Odum,Environment, Power, and Society, 276–78.

(19) Rolf Edburg and Alexei Yablokov,Tomorrow Will Be Too Late (Tucson, AZ: University of Arizona Press, 1991).

(20) Bertolt Brecht, Tales from the Calendar (London: Methuen, 1961), 31–32.

Nota del autor: Este artículo es una adaptación de prólogo al libro de Ian Angus Facing the Anthropocene: Fossil Capitalism and the Crisis of the Earth System (Monthly Review Press, 2016).

 John Bellamy Foster es el editor de la Monthly Review y profesor de sociología en la Universidad de Oregón. Robert W. McChesney es el titular de la cátedra Gutgsell en el Departamento de Comunicación de la Universidad de Illinois. Son coautores del libro: The Endless Crisis: How Monopoly-Finance Capital Creates Stagnation and Upheaval from the USA to China (Monthly Review Press, 2012).


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s