Lemmy contra Über (sobre economía colaborativa)

Asistimos en la actualidad a un proceso de transformación del modelo económico y de destrucción del mercado laboral que podemos calificar de depredador. Denominado ‘economía colaborativa’, no es sino la aplicación sistemática de los principios liberales de la Escuela de Chicago: la total desregularización de la actividad económica y de los mercados por parte del Estado, la no intervención ni legislación sobre los acuerdos y contratos entre partes: empresas, clientes y trabajadores. Ya se encarga de todo la mano invisible de Adam Smith. Laissez faire, laissez passer.

Autor: Tomás Rivera. Traducción del gallego: Andrés Cabanas.


Esto no seria posible sin un aparato de propaganda bien engrasado, que muestre esta realidad como la mejor de las posibles, envuelta en ventajas y oportunidades. Como empresario, no eres un explotador: eres un entrepeneur (emprendedor) generoso que quiere dinamizar un mercado envejecido y da la oportunidad a sus colaboradores de participar en los beneficios de una empresa adaptada a los nuevos tiempos. Como trabajador no recorres la ciudad en bicicleta sin contrato, cobertura sanitaria, vacaciones ni horario ganando menos del salario mínimo: eres tu propio jefe, un colaborador, un emprendedor que trabaja a su propio ritmo y con sus normas. Como consumidor no contribuyes a la explotación: eres una persona inteligente que sabe encontrar las mejores ofertas y que tiene derecho al mejor servicio, al mejor precio.

Nada nuevo: George Orwell ya había reflejado en su celebérrima 1984 (publicada en 1949) la importancia del lenguaje para ocultar y transformar la realidad. La neo-lengua hacía desaparecer conceptos incómodos y creaba otros más adecuados a los intereses del régimen. A fuerza de repetición, el lenguaje moldeaba el pensamiento de los ciudadanos y era herramienta de represión.

En Lemmy contra Alphaville (1965), Jean-Luc Godard poetizaba con una ciudad-estado distópica, en la que cada día se eliminaba una palabra del diccionario. Cuando una palabra desaparecía, lo hacía también el concepto que designaba, fueran el amor, la amistad o los recuerdos.

La economía colaborativa llega repleta de neologismos y anglicismos. Startup, job sharing, uberización. Über es la piedra de toque de esta nueva era, el espejo en el que se mira cada nuevo avance de esta corriente. Sabiéndose fuertes, estas nuevas empresas se permiten coaccionar a los gobiernos para exigir libertad de actuación. La plataforma AirBnB, responsable directa del encarecimiento de los alquileres en las ciudades, creó este 2018 un lobby de usuarios contra el Ayuntamiento de Madrid, para retirar la ordenanza que le impide prestar sus servicios en la capital de España. Glovo, con sentencias judiciales que le obligan a reconocer como empleados a sus pilotos, pretende que estos firmen una renuncia expresa al alta en la Seguridad Social, por “perjudicarles moral y económicamente”.

Lemmy contra Alphaville, uberización

La publicidad, convertida en propaganda, procura transmitir, a través tanto de los medios tradicionales -de los mismos accionistas que las empresas- como de las redes sociales, donde se disfraza el discurso de opiniones particulares mediante campañas orquestadas, robots e influencers pagados -lo que se conoce como astroturfing-, que las ideologías son algo caduco. La idea de que la lucha de clases es un concepto absoluto, superado. Quien está en contra de la economía colaborativa es necesariamente un reaccionario, partidario de un sistema anticuado, de mantener elites extractivas.

Preocupa, en este sentido, el acierto de la sátira Mercaderes del espacio (The Space Merchants, 1953), en la que Frederick Pohl y Cyril Kornbluth formulaban un futuro no alejado, con un sistema social dividido en ejecutivos, productores y consumidores. Sin derechos laborales, sin servicios públicos, con infraviviendas -o sin vivienda-, los salarios no garantizan el sustento mínimo y el único propósisto en la vida es el consumo.

La publicidad va más alllá de crear necesidades y vender productos: juega un papel crucial en el sistema, legitimándolo y modelando criterios y pensamientos. Las instituciones están al servicio de las empresas, que designan los cargos públicos, el gobierno es una figura testimonial.

En 1907 publicó Jack London El talón de hierro (The Iron Hell), una ucronía distópica en la que el capitalismo imponía por la fuerza una plutocracia donde los empresarios primero ocupaban escaños en el parlamento y terminaban por desplazar al gobierno para convertirse en un régimen totalitario y someter a los trabajadores a una situación penosa, volviendo a los campesinos a la condición de siervos de la gleba. Como hoy, parte de la estrategia era la división de la clase trabajadora, la demonización de los sindicatos de clase y la creación de sindicatos amarillos. Socialista utópico algo ingenio, London insiste en esta idea en la novela posapocalíptica La peste escarlata (The Scarlet Plague, 1912), donde la sociedad, antes de desintegrarse por una pandemia, era regida por un selecto consejo de magnates.

A partir de los años 70, con el auge del cyberpunk, tuvimos infinidad de obras que mostraban un futuro incierto donde el poder estaría ostentado por corporaciones, reflejando la preocupación por el torpedeo de los teóricos liberales al modelo tradicional de Estado. El filme Rollerball (Norman Jewison, 1975, sobre el relato Roller Ball Murder, de William Harrison, 1973), se ambienta en un mundo venidero gobernado directamente por corporaciones, en el que desaparecen los estados soberanos.

Totalmente apolítica y aculturizada, la población se mantiene sedada con un deporte cada vez más violento, en el que se inculca la idea de que las personas son prescindibles y de que todo idealismo es inútil. Panem et circenses.


Tomás Rivera nació en A Coruña, Galiza, 1977. Fue redactor y crítico musical en medios independientes. Publicó relatos en la revista Contos Estraños y actualmente lo hace en la revista Tantrum, de la que es miembro fundador. Colabora con artículos y recensiones en revistas como WindumanothHyperspace y Areal. Participa en el podcast El Sótano de Radio Belgrado, coordina el colectivo Inicia Literaria, y administra el blog KindleGarten. Twitter: @tomasrivera_

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