¿Qué estamos logrando con la rebelión de abril? ¿El fin tardío del Estado-finquero?

¿Cuál será el resultado de la rebelión de abril? ¿Qué cambio podemos esperar de todo lo que estamos viviendo? Es posible que el levantamiento nacional de abril provoque el fin tardío del Estado-finquero, un tipo de Estado en el que hemos vivido hace siglo y medio, y y que hoy padecemos en su macabra versión estalinista.

José Luis Rocha


En uno de sus polémicos libros, el filósofo esloveno Slavoj Žižek recuerda una vieja maldición china: ¡Que vivas en tiempos interesantes! Las ciencias sociales no tienen laboratorios ni pueden aislar sus objetos de estudio en ambientes esterilizados. Las calles son su laboratorio, sobre todo, si por desgracia, corren tiempos interesantes.

En las entrañas del caos los sociólogos, politólogos e historiadores deben analizar eventos que tienen múltiples causas y atisbar, como los arúspices etruscos en las entrañas de los animales sacrificados, señales del futuro. Es difícil saber lo que está ocurriendo, mucho más formular hipótesis sobre lo que sucederá. Pero la falta de la perspectiva que proporciona la distancia temporal puede ser suplida en parte por las viejas lecciones.

Eso es lo que intento hacer en estas reflexiones de contrapunteo sobre la Nicaragua en la que vivimos después de la revuelta de abril. Entre la historia viva actual y los hechos sedimentados por el paso de los años y los siglos busco iluminar el presente -y los futuros posibles- con las lecciones del pasado.

El costo de poner fin a una tiranía

Enterrar la férrea dictadura de Jorge Ubico en Guatemala (1931-1944), cuyas ergástulas fueron afamadas por el escritor guatemalteco Manuel Galich, no tuvo el alto costo en vidas que inicialmente supusieron los alzados.

En su libro Fruta amarga: la CIA en Guatemala, Stephen Schlesinger y Stephen Kinzer sostienen que “la revolución de Octubre de Guatemala se ganó con un levantamiento relámpago que costó menos de 100 vidas”. La relativa mansa dimisión del dictador Ubico fue sorprendente porque era conocido por su mano dura, más severa según algunos que la de su predecesor Estrada Cabera y muy generosa en la aplicación de la pena de muerte.

En Del pánico al ataque, Galich escribe sobre aquel régimen: “En dos años había pasado a cuchillo las inquietudes, degollado toda expresión de independencia, reducido los hombres a guiñapos y sembrado una planta de rápido desarrollo: el pánico. Mi vida universitaria, como la de algunos de mis compañeros, fue un paréntesis en nuestra existencia: se abrió con el pánico, se cerró con el ataque a Ubico. ¿Cómo se logró esa transformación?”

Se supone que cuando le mostraron a Ubico la lista de firmantes de un pliego de protesta por su última masacre y de apoyo a los estudiantes universitarios y de secundaria, el viejo general dimitió al ver entre los firmantes a algunos de sus amigos, parientes y miembros de las mismas redes oligarcas a las que su familia pertenecía.

En contraste, el fin de la dictadura de Ortega ya va costando más de 400 muertos y es obvio que el régimen, después de su previsible triunfo militar sobre un pueblo desarmado, se siente más fuerte que al inicio de las protestas: un Ortega antes encuevado en su bunker de El Carmen, se muestra ahora enérgico en la plaza y concierta una serie de entrevistas en importantes canales de televisión internacional, seguro de que sus patrañas pueden revertir la derrota política que la oposición le asestó en el consejo permanente de la OEA, en el Congreso de Estados Unidos, en medios de comunicación convencional y en las redes sociales, en el respaldo de importantes analistas políticos e incluso en importantes sectores de la izquierda internacional, perceptibles en la condena del ex-Presidente de Uruguay José Mujica y del político salvadoreño Rubén Zamora, en los responsables de hermanamientos con ciudades europeas y en los viejos y aún vivos comités de solidaridad con el FSLN, por mencionar sólo unos pocos ejemplos.

El grupo de referencia de una dictadura

Ubico salió del poder tras doce años y medio de ocuparlo. Ortega lleva más de once de haber retornado al gobierno y pretende que todavía tiene la sartén por el mango. ¿Por qué Ubico -el de la mano durísima- salió con relativa suavidad y no lo hace Ortega, el del “populismo responsable”, según la desatinada frase que Arturo Cruz acuñó para calificar el modo de producción político del actual régimen?

No hay duda de que la rebelión dentro de las filas del ejército jugó un papel primordial en Guatemala. Pero, en gran parte, la caída de Ubico dependió del grupo de referencia de su régimen: Ubico pertenecía a las élites y, por eso, el juicio que éstas tuvieran sobre su gestión y el apoyo que le dieran o le negaran eran decisivos. Y aunque el suyo no fue sensu stricto un gobierno de la oligarquía, de la que sus años en el ejército lo habían distanciado, ese grupo de origen seguía jugando un papel importante en su gestión.

Ortega no se debe a ningún grupo. Una vez disuelta la frágil alianza y “consenso” que mantuvo con la empresa privada y con un sector de la jerarquía católica, no le quedan más que sus cortesanos. No tiene más base social que los funcionarios del gobierno, a quienes ha dado -según su rango- empleos de hambre o jugosas regalías. Unos quedan reducidos a muy poco sin Ortega, otros quedan, sin él, revelados como delincuentes.

La incógnita actual es si algunos funcionarios del entorno de Ortega se percatan de que el país se está yendo hacia un despeñadero donde iremos a parar todos, orteguistas y anti-orteguistas, sin distinción de simpatías políticas. Quizás algunos lo saben y no se atreven a decírselo. ¿Quién le va a decir al rey que está desnudo?

A otros les va la vida en que este régimen continúe, así sea administrando la miseria más cruda y sin paliativos: al fin y al cabo, está demostrado que no hay mejor caldo de cultivo de fortunas mal habidas que los países miserables, y que no hay vía más expedita para pagar los crímenes que la caída del régimen que los acuerpa.

“Como gato sobre el precipicio”

Las rémoras del régimen claman por su supervivencia. De su entorno inmediato, si es que lo escucha, Ortega sólo recibe ánimo para proseguir, incluso a la vista de que el Estado se está comiendo las reservas internacionales, de que la inversión externa huye de Nicaragua como de la peste bubónica y de que las turbas de paramilitares encapuchados se aseguran de mantener la actividad comercial aún más deprimida de lo que de todas formas estaría, incluso si Ortega les hubiera ordenado desarmarse hace un mes.

Ese entorno está ebrio de triunfo: celebra el desmantelamiento de los tranques y el punto final de los atrincherados en la UNAN, el aplastamiento de los rebeldes de Masaya y Monimbó y de otras ciudades. De ahí no saldrá quien le proponga a Ortega que dimita en beneficio de todos, ni quien le explique que ya no existen las alianzas tácticas que le daban al régimen esa apariencia de “populismo responsable”: ni con la iglesia católica, ni con el gran capital, ni con los sectores populares que recibían migajas del populismo.

Por consiguiente, no podemos apelar al cálculo egoísta para salvar al país de un descalabro fatal. Pero sí podemos apelar a las inconfundibles señales de desquebrajamiento.

Žižek señala: “Cuando un régimen autoritario se acerca a su crisis final, su disolución sigue, como regla, dos pasos. Antes de su verdadero colapso, una ruptura misteriosa tiene lugar: de repente la gente sabe que el juego ha terminado y ya no tiene miedo. No es sólo que el régimen pierda su legitimidad, sino que, además, su ejercicio del poder es percibido como una reacción impotente de pánico. Todos conocemos la clásica escena de dibujos animados: el gato llega al precipicio, pero sigue caminando, ignorando el hecho de que ya no hay suelo bajo sus pies. Sólo empieza a caer cuando mira para abajo y nota el abismo.Cuando pierde su autoridad, el régimen es como un gato sobre el precipicio: para que caiga, sólo se le tiene que recordar que mire hacia abajo…”

Ese recordatorio se lo hará a Ortega la bancarrota de la economía del país y de las finanzas del Estado.

En la cárcel de El Chipote estuvo preso Daniel Ortega

El triunfo militar de las huestes de Ortega ha cobrado un alto precio en sangre: 448 muertos en 100 días, según la Asociación Nicaragüense pro Derechos Humanos (ANPDH).

Su guerra contra los civiles insurrectos ha llenado las calles de imágenes que conmueven hasta la médula. Cientos, miles de imágenes multiplicadas por los medios de comunicación convencionales y por las redes sociales. Las más desgarradoras son las del llanto de las madres por sus hijos muertos, su reclamo de que liberen a sus hijos detenidos ilegalmente, de los que no les informan, su desesperado grito por los desaparecidos. Son escenas que parten el alma y ablandan las piedras.

En Managua, en la cárcel de la Dirección de Auxilio Judicial de la Policía, popularmente conocida como El Chipote, funciona una de las prisiones y centros de tortura más antiguos de Nicaragua. A sus puertas se agrupan las madres de jóvenes capturados, de hecho secuestrados, pues fueron detenidos en sus casas, a cualquier hora del día o de la noche, sin mediar orden judicial para la captura o para el allanamiento de morada.

Esa cárcel era conocida como La Loma en tiempos de la dictadura somocista porque está situada en un montículo que domina la laguna de Tiscapa. En ella fueron torturados muchos guerrilleros sandinistas y opositores al régimen. Entre otros, Daniel Ortega. El gobierno sandinista le cambió el nombre, no la función y en los años 80 pasó a llamarse El Chipote, en memoria del mítico cerro de Nueva Segovia donde Augusto C. Sandino tenía su campamento. Muchos presos políticos fueron a parar ahí.

Ni el decreto de Violeta Barrios en 1990 para convertirlo en parque nacional ni la iniciativa de ley de 2013, impulsada por algunos diputados de oposición, logró cancelar el uso policiaco de esas mazmorras. La resistencia a clausurar el histórico centro de torturas ha sido férrea. Aminta Granera, ex-Comisionada General de la Policía Nacional, eludió rendir cuentas sobre la actuación de la policía en El Chipote. Se escudó tras la negativa de los diputados sandinistas a pedirle explicaciones ante la Asamblea Nacional.

Hoy, el vetusto centro de confinamiento y vejaciones está más activo que nunca. En El Chipote ondea la bandera del FSLN, la de las cuatro letras que ahí entran con sangre. Ortega manda a torturar en el mismo emplazamiento donde fue torturado. ¿Será ésa su perversa manera de sanar sus propias heridas?

Las suplicantes de la cárcel de El Chipote 

Decenas de madres esperan a las puertas de El Chipote. Algunas ni siquiera tienen la certeza de que sus hijos estén ahí encerrados. Hay cientos de desaparecidos. Hay prisioneros nunca mostrados, hay cadáveres que no son entregados a sus familias…

Las madres imploran, intentando despertar empatía en la Vicepresidente: “Rosario Murillo, vos sos madre y no te gustaría que le hicieran esto a tus hijos”, le dicen ante las cámaras de la televisión. Pero la Nicaragua “cristiana, socialista y solidaria” del gobierno de Murillo no tiene caridad, extingue la esperanza y quiere aniquilar la fe. El trato que se ha dado a los prisioneros y a las madres, amedrentadas por encapuchados que se han instalado de forma permanente en la puerta de El Chipote y las insultan, detonan sus fusiles y ponen música a todo volumen a favor “del comandante”, es tan sólo una muestra fehaciente de que toda la política populista no era más que una neta instrumentalización, sin asomo de “amor al pueblo”.

Los clamores de estas madres me trajeron a la memoria los lamentos de las madres que hablan en los coros de Las suplicantes, la tragedia de Eurípides que relata los hechos que siguieron a la guerra entre Argos y Tebas. Los tebanos ganaron esa guerra y se negaron a entregar los cadáveres de los jóvenes rivales que habían caído en el terreno. En sus parlamentos, las madres de los caídos suplican a Teseo, rey de Atenas, que presione a Tebas para que entregue los cadáveres y se quejan amargamente por la pérdida de sus hijos.

 “¡Con el dolor que me costó parirte…!”

Los ruegos de estas nuevas suplicantes de Nicaragua se elevan ante muchos Teseos: los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los organismos nacionales de derechos humanos, los medios de comunicación, los jóvenes en rebelión… Sus peticiones resuenan como las de aquellas madres que perdieron a sus hijos… Ellas imploraban así por sus hijos y sus hijas muertas:

“¡Éxitos aquí, fracasos allá! Para la ciudad, buena reputación. Y para los caudillos del ejército, honra duplicada. Para mí, en cambio, de mis hijos sus miembros contemplar, ¡qué amargo!… Traed, traed los cuerpos que gota a gota se desangran de esos desdichados sobre los que cayó un mal destino, degollados sin merecerlo…Con las uñas nos hemos desgarrado las carnes, sobre nuestra cabeza en derredor hemos espolvoreado ceniza…”

“¡Oh hijo! ¡Infeliz te llevé dentro de mí, en mi vientre! ¡Infeliz yo te crié, con el trabajo y el dolor que me costó parirte! ¡Ahora es Hades quien tiene el fruto de mi fatiga! ¡Qué lucha la mía! ¡Ya no tengo de mi vejez el báculo aunque di a luz a un hijo! ¡Qué desgraciada! ¡Ya no tengo la gozosa alegría de mis nobles hijos, de mis buenos mozos!.. Lágrimas sólo me quedan. Yacen inertes en mi hogar los recuerdos de mi hijo: tonsuras de luto, coronas para sus cabellos, libaciones por los cadáveres muertos… Me levantaré al alba tras haber pasado la noche en vela entre lamentos. Con lágrimas humedeceré eternamente los pliegues de mi ropa contra el pecho, hasta dejarlos empapados…”

“Muy querida era antes, cuando mi hija vivía. Pero ella ya no está, que a mi mejilla acercaba su boca y que con cariño solía asir esta cabeza mía con sus manos… Sostened, sirvientas, a esta débil anciana, que no tengo fuerzas por el duelo de nuestros hijos, que mucho he vivido y que gota a gota me desvanezco por el mucho sufrir”.

“¿Qué sufrimiento mayor todavía que éste para los mortales podrías encontrar, mayor que a tus hijos verlos muertos?… ¿Dónde están las fatigas por mis hijos, dónde la alegría del parto, los cuidados de una madre, el trabajo de unos ojos en vela sin sueño, sin los besos cariñosos que recibía en el rostro?”

A los “falsos positivos” les hurtan el sentido de su muerte

El dolor es aún mayor para aquellas madres a cuyos hijos el gobierno de Ortega les ha hurtado la dignidad última: el sentido de la muerte. Porque hay bastantes fallecidos a los que los han hecho pasar como sandinistas víctimas de la oposición.

Según la periodista italiana Oriana Fallaci, lo peor que podía ocurrirles a los vietcong durante la guerra en Vietnam no era el fusilamiento, que al fin y al cabo les permitía morir como héroes, sino que los amenazaran con ejecutarlos simulando un accidente: arrojarlos bajo las llantas de un camión que los triturara en el anonimato, haciéndolos aparecer como víctimas del azar y privándolos así del sentido de su muerte.

La perversión del gobierno de Ortega ha ido un paso más allá: al hacer pasar a varias de sus víctimas por sandinistas caídos en defensa del orteguismo, ha fabricado una versión siniestra de falsos positivos. En su acepción original, son “falsos positivos” los ciudadanos comunes y corrientes que son asesinados por las fuerzas estatales, a los que después esas fuerzas los presentan como delincuentes -y con frecuencia los etiquetan como notorios criminales, capos, terroristas- ante los medios de comunicación y así pasan a las estadísticas policiales.

Las guerras contra el narcotráfico en Colombia y México están llenas de falsos positivos. Al apropiarse de las víctimas del otro bando, Ortega ha inventado otro tipo de falsos positivos.

En interés de recuperar terreno en el ámbito político, donde hasta ahora sólo ha cosechado derrotas, el FSLN ha invertido la típica estrategia de la guerra: lo habitual es que un ejército oculte sus bajas para no desmoralizar a sus tropas. Sabedor de que casi no las tiene, porque enfrenta a un rival desarmado, el FSLN se apropia de cadáveres ajenos. Le roba el sentido de su muerte a quienes ya les robó la vida. Es un intento de acabar con la dignidad de los muertos, de quienes se quiere borrar la memoria que les corresponde.

 “¿Cómo será poderoso quien siega a la juventud?”

Después de escuchar los ruegos de las madres, y los de su propia madre que intercede por ellas, Teseo asume su causa y se dirige a Tebas. El heraldo del rey de Tebas, que no entiende la dignidad que se debe a los muertos, le increpa: “¿Quieres, entonces, prestar el servicio de recuperar y tributar honores funerarios a unos hombres que son enemigos y que, además, ya están muertos?”.

Después, sigue un intercambio sobre la democracia y la tiranía. Teseo defiende la democracia y el heraldo de Tebas la tiranía. En el momento más inspirado de su discurso, Teseo hace una defensa de la juventud. Desde la Hélade profunda, sus palabras tienen algo que advertir a los tiranos de hoy: “Cuando el pueblo es el que gobierna un país, se alegra de que los jóvenes sean la base del cuerpo ciudadano, mientras un rey interpreta esta situación como algo aborrecible. Y a los ciudadanos sobresalientes y a los que considera que son sensatos, a ésos los mata, porque antes y ahora les teme su poder absoluto. Y digo yo: ¿cómo es posible, entonces, que algún día llegue a ser poderoso un estado en el que un individuo, como espigas de un prado en primavera, a tajos siega y arranca la juventud?”.

Historias que glorifican a los caídos y vilipendian a los villanos

La historiografía suele rendir culto a los perdedores y demoler a los triunfadores. Este principio lo formuló el historiador mexicano Héctor Aguilar Camín en La frontera nómada y lo ilustró con ejemplos de la historia mexicana.

“La posteridad histórica mexicana tiende a venerar a sus héroes derrotados y a mirar con recelo a sus personajes triunfadores -dice-. Es así como se ha erigido en símbolo fundante de la nacionalidad la figura sacrificial de Cuauhtémoc, el guerrero azteca que ejemplifica la resistencia heroica, pero también la derrota ineluctable de su pueblo. Son padres de la patria, forjadores de su independencia, Miguel Hidalgo y José María Morelos, los curas guerrilleros que perdieron la vida y fracasaron en su causa independentista, varios años antes de que la consumara uno de los grandes villanos de nuestra historia, Agustín de Iturbide”.

Y añade: “El panteón de la Revolución mexicana prefiere también celebrar a sus águilas caídas antes que a sus caudillos ganadores. Tiene puesto su orgullo en el martirio de Francisco Primero, en Madero, en la fidelidad agraria de Emiliano Zapata, en la violencia plebeya de Francisco Villa, más que en el sentido de nación de Venustiano Carranza, en el genio pluriclasista de Álvaro Obregón o en la visión fundadora de Plutarco Elías Calles. No se exagera mucho si se dice que, al final de la línea, la historia de México no la han escrito los triunfadores”.

La de Nicaragua tampoco. Casi todos los períodos de nuestra historia cuentan con un héroe martirizado y con un villano vilipendiado. El héroe muere ejecutado y el villano alcanza el poder en olor de oportunismo y traición. Así pasó con Benjamín Zeledón y Adolfo Díaz, con Augusto C. Sandino y Anastasio Somoza García, con Carlos Fonseca Amador y Anastasio Somoza Debayle.

La historia ha tratado con más respeto a José Santos Zelaya que a José María Moncada. Uno derrotado, el otro triunfador. Uno defenestrado y otro encumbrado por el gobierno de Estados Unidos. La historia y el mismo FSLN han tratado mejor la memoria de Carlos Fonseca Amador que la de Tomás Borge, ambos fundadores del FSLN. Fonseca murió martirizado y a la intemperie. Sobran anécdotas que dan cuenta de su mística revolucionaria. Borge vio el triunfo revolucionario. Murió millonario y en lujosa cama. Abundan anécdotas de su acoso a las mujeres y de sus nexos con el narcotráfico. ¿Cómo lo juzgará la historia?

Se precisa cierta distancia en el tiempo -la perspectiva histórica- para tener certeza sobre el juicio que la historia emitirá sobre Daniel Ortega.

Como la historia es un terreno movedizo, a menudo rectifica su juicio. Hay, sin embargo, suficientes elementos para percibir, desde nuestro atribulado presente, el aroma del juicio que se está cocinando para el futuro. Si a Daniel Ortega lo hubiera asesinado la Guardia Nacional junto a su hermano Camilo Ortega en Los Sabogales -muy cerca de Masaya, la ciudad que más ha padecido la actual represión orteguista-, no hay duda de que habría ocupado un sitial de honor en el panteón de los héroes.

Si un atentado hubiera segado su vida durante los años 80, una antorcha en su memoria ardería en su tumba, junto a la de Carlos Fonseca Amador. Si Ortega se hubiera retirado de la política en 1990, habría juicios divididos sobre su persona. Sin embargo, creo que su personalidad opaca le hubiera ayudado a que por desconocimiento de unos y por simpatías de otros, la balanza se inclinaría más a su favor. Probablemente hubiera gozado del bono que la historia concede a los derrotados. Sería el gran derrotado de la guerra de los años 80, financiada por el imperialismo estadounidense, que tuvo en Ronald Reagan al villano guerrerista y cuyo guión hubiera admitido a Daniel Ortega como el héroe del olivo de paz.

Hitos de esta historia desde 1998 a abril 2018

La aparición en el escenario en 1998 de Zoilamérica Narváez -la hijastra que lo denunció por violación y abuso sexual continuado desde que ella tenía 11 años- marcó una suerte de hito en el deterioro de la reputación de Ortega. Al héroe se le cayó la máscara y desde entonces pareció no importarle demasiado el juicio de la historia. Decidió encerrarse en una burbuja, donde sólo escucha las voces de los aduladores a sueldo. Sin embargo, todavía entonces le hubiera alcanzado un juicio semejante al que se reservará a Humberto Ortega y a Tomás Borge.

El pacto con Arnoldo Alemán, cuando Alemán era reo por desfalcos millonarios y con él jugaba Ortega al gato y al ratón para arrancarle cuotas de poder, pesa como una losa sobre la reputación de Ortega. Obtuvo entonces su membresía en el club de los políticos sin convicciones éticas.

Después vino el enriquecimiento descomunal, la represión dosificada, las componendas con el gran capital, la conservadora ley que prohíbe el aborto incluso con fines terapéuticos, el nepotismo descarado y el intento de instaurar una dinastía. Si se hubiera detenido ahí, sería una especie de Somoza benévolo: una especie de Luis Somoza del siglo 21, una pieza sine qua non de un mecanismo político nefasto, pero no en su más dañina expresión.

Abril de 2018 ha sido el gran parteaguas en la biografía de Daniel Ortega. Hasta entonces, Ortega sólo había hecho un uso muy selectivo de la violencia: barría los cadáveres bajo la alfombra vegetal de las zonas rurales, donde tenían lugar los episodios más cruentos de su aparato represivo.

El FSLN es un culto

En abril, sangres mil. En abril de 2018 asomó el rostro más sangriento del tirano devorador de jóvenes. Abril de 2018 es también el gran parteaguas en la historia del FSLN, porque a partir de entonces no tiene sentido distinguir entre Orteguismo y FSLN. Daniel Ortega no hubiera podido ejecutar 448 muertes sólo con su Policía Nacional. Necesitaba de miembros del FSLN que se toman la militancia como una vinculación religiosa y entienden los dictados del caudillo como un dogma sobre el que no cabe consultar a sus conciencias.

Ningún otro partido hubiera conseguido que sus mujeres partidarias golpearan e insultaran a obispos y sacerdotes. Las del FSLN lo hicieron en Diriamba y en Jinotepe. El FSLN no es una organización secular, es un culto. Sólo un partido que funciona como una religión puede desafiar a los líderes de una religión milenaria, como es la religión católica. El FSLN no podrá recuperarse del hundimiento moral en el que decidió caer en abril de 2018: ese mes, como dice la canción de Víctor Jara, “su conciencia la enterró en un ataúd / y no limpiarán sus manos toda la lluvia del sur”.

A Ortega puede aplicársele la frase de Batman: “Muere como un héroe o vive lo suficiente para convertirte en un villano”. Siempre habrá un lugar de honor y nuevos monumentos conmemorativos para el cacique Diriangén, para Sandino y para Fonseca. No habrá más que oprobio y recuerdos infamantes para Somoza y Ortega.

¿Qué cambios podemos esperar?

Durante el diálogo nacional que la Conferencia Episcopal de Nicaragua organizó y coordinó a petición de Ortega, los representantes del FSLN quisieron presentar las protestas cívicas como un intento de golpe de Estado orquestado con las más mezquinas intenciones. Uno de ellos dijo: “Ustedes lo que quieren es quitate vos pa´ponerme yo”. Los organizadores del diálogo habían excluido como miembros de la mesa de oposición al gobierno -sospecho que intencionalmente- a los políticos de oficio.

Si guiamos la esperanza con un poco de perspectiva histórica, es posible que la rebelión cívica de abril no consiga la mera sustitución de una persona. O de una pareja. Se cambiará un sistema, aunque no el sistema capitalista. Ni siquiera su vertiente neoliberal. A quienes representan el capital no se les tocará ni con el pétalo de una flor, una modestia de pretensiones que a algunos puede sonar excesiva. Pero sí se cambiará un sistema de gobierno.

Usando de manera muy laxa el concepto que acuñó el sociólogo guatemalteco Sergio Tischler Visquerra, podemos aspirar a cambiar la forma de “Estado-finquero” todavía vigente en nuestro país después de siglos, en que el Estado nicaragüense ha sido “portador” del mundo finquero.

El Estado orteguista ha sido una forma particular del Estado-finquero, una versión que anula el juego político porque Ortega dejó de ser el patrón que reparte palmaditas y apadrina a los hijos de sus mozos, y pasó a fiarse únicamente de los garrotazos que reparten a mansalva sus capataces.

En su vertiente orteguista, el Estado-finquero elimina la política porque ésa es la naturaleza del modo estalinista, según el filósofo francés Alain Badiou en De un desastre oscuro: “Dentro de la teoría de los modos de la política denominamos ‘modo estalinista’ a la configuración nodal de la política del Partido Comunista Francés. Este modo tiene como tema central la idea de que la política es el partido”.

El Estado-finquero en Nicaragua

En Nicaragua el Estado-finquero ha sido racista, patrimonialista, paternalista y autoritario. Cada gobierno puso énfasis en uno de estos rasgos o en otros.

La versión del gobierno de la postguerra de Violeta Barrios fue muy patrimonialista: la ola de restituciones e indemnizaciones está ahí para demostrarlo.

El gobierno de Alemán combinó el latrocinio más burdo con un continuo paternalismo: cuando Arnoldo empapaba, salpicaba a los de su entorno, así fueran relaciones puntuales o efímeras. Alemán suprimió esa entidad de la burocracia estatal llamada hacienda pública. Extraía bienes de “su” hacienda para repartir a manos llenas.

El gobierno de Bolaños remachó el clasismo-racismo. Invitar a los maestros de las escuelas públicas a migrar durante sus vacaciones a Costa Rica para mejorar sus ingresos fue una propuesta de “política pública” que no tiene cabida en otro marco que no sea el del clasismo crudo.

Las semejanzas -a veces más intuidas que razonadas- que la sabiduría popular encuentra entre el Estado-somocista y el Estado-sandinista se deben en gran parte a que tienen en común -aparte de muchos otros rasgos estructurales y anecdóticos- el haber iniciado con un énfasis en el paternalismo para terminar sus días recurriendo al más sanguinario autoritarismo.

La sociedad cortesana en Nicaragua

Este Estado tiene elementos de una sociedad cortesana tropicalizada. La tuvo con Somoza, quien hacía que sus ministros le ataran los cordones de los zapatos así como Luis 14 y otros monarcas se hacían vestir por los duques y condes de sus cortes, tarea que no sólo operaba como ritual de escenificación del poder. También la elección de quienes la ejecutaban esa misión era un indicador de quiénes gozaban del favor del soberano y de quiénes habían caído en desgracia.

Tuvo también elementos de una sociedad cortesana en los años 80 con los nueve Comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, objetos de un culto a la personalidad que no subió de tono porque la irreverencia de la idiosincrasia nica le puso freno con oportunas burlas y un muy sano escepticismo.

La tuvo años después con Arnoldo Alemán y sus ministros partiéndose de la risa mientras se bañaban en una piscina entre los excrementos del mandatario, sin atreverse a desairarlo saliéndose de la piscina cuando una inocua flatulencia había pasado a mayores ligas.

Vuelve a tenerla de nuevo con Daniel Ortega y Rosario Murillo, un dúo ante el que ninguno de sus funcionarios está seguro debido a la vertiginosa rotación de ministros y otros mandos intermedios.

El molde del Estado-finquero

Cuando Tischler dice que el Estado-finquero refleja a la sociedad, quiere decir que el mismo molde finquero es la horma de las instituciones religiosas, educativas, comunitarias, empresariales, familiares… Todas las instituciones son hechas a imagen y semejanza del Estado-finquero. En todas podemos rastrear una alergia a la sucesión normada y una tendencia a la construcción de dinastías o a un fin en el que la institución va en el mismo ataúd que su fundador.

Eso lo vemos en muchas ONG, incluidas las de la oposición, que vienen diciendo y haciendo exactamente lo mismo desde hace 40, 30 ó 20 años, porque desde entonces, o incluso antes, son dirigidas por las mismas personas que se autoconciben como imprescindibles y no dejan espacio a las generaciones más jóvenes y a las nuevas ideas. De alguna manera, casi todas se pueden mirar en algún rincón del espejo del orteguismo.

Tal vez…

Repasando la historia, la más lejana y la más reciente, avanzo una conclusión. Es posible que la lucha contra el orteguismo y contra todos los rasgos que encarna esta etapa obsoleta de nuestra historia, hagan de la rebelión de abril una lucha por una nueva etapa.

Tal vez en la lucha contra el régimen de Ortega estamos provocando -no sólo asistiendo- al fin tardío del Estado-finquero, un tipo de Estado que hace décadas deberíamos haber desmantelado y que hoy padecemos en su macabra versión estalinista.


José Luis Rocha es Investigador Asociado del Instituto de Investigación y Proyección sobre Dinámicas Globales y Territoriales de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala y de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, de El Salvador.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s