Después del #20S. Articulación contra el fascismo

Andrés Cabanas


Fascismo social, despojo y dictadura

El fascismo social está establecido en Guatemala, por lo menos en los términos que define Boaventura de Sousa: fundamentalismo religioso, exacerbación del racismo y el machismo, discurso de odio, negación de la disidencia, una sola familia, una (y aburrida) expresión de la sexualidad, unidad que anula la plurinacionalidad y diversidad.

El fascismo social es funcional al modelo de desarrollo-despojo, que amplía sin límites los ámbitos de acumulación del capital (subsuelo, aire, apropiación del pensamiento, semillas y alimentación, utilización  del cuerpo y la sexualidad de las mujeres); y al modelo político, en un momento en el que avanza el neoliberalismo sin democracia formal, o asistimos -en palabras de Javier Tolcachier- al funeral de la democracia neoliberal: se recortan derechos fundamentales (expresión, movilización, participación, consulta), se mantienen formalmente instituciones democráticas y el ejercicio del voto. Honduras es la avanzada centroamericana de este modelo, que Álvaro Arzú –uno de sus promotores- denominaba democracia autoritaria o dirigida.

Esta trama ideológico-política-económica de actores, intereses y lenguajes sostiene al Presidente Jimmy Morales. No está solo en su soledad, no es nada más un actor histriónico, alcohólico y desubicado. Desafortunadamente, representa el pensamiento autoritario dominante y se ha convertido en el portavoz del statu quo y en garantía de continuación –hasta donde se pueda- del esquema de poder.

Estamos en riesgo de que un golpe de Estado establezca una dictadura con rasgos fascistas, mientras el fascismo que legitima el golpe de Estado goza de buena salud. Por eso sacar a Jimmy del gobierno es solo un paso para combatir la dictadura política, el despojo económico y el fascismo social.

La política en Guatemala y el arte de la ambigüedad

La crisis política desnuda máscaras y ambigüedades, o construye ambigüedades para sobrevivir a la crisis. Algunos actores, como la Embajada de Estados Unidos y el embajador Arreaga, son capaces de conciliar la lucha contra la corrupción y la feliz cercanía con un Presidente corrupto.

Pero para ambigüedades, las del sector empresarial organizado más numeroso, el CACIF, que puede promover o legitimar violencia, militarismo y rompimiento constitucional, al tiempo que protesta por la falta de certeza jurídica y estabilidad institucional. Añadimos sectores importantes de la comunidad internacional (gobiernos, empresas, cooperantes) que se encuentran en una encrucijada: el temor a la pérdida de la gobernabilidad pro empresarial es más fuerte que la voluntad discursiva de lucha contra la corrupción.

Puestos a elegir dictadura-fascismos-Morales versus reformas sin control o nuevo Estado promovido desde los sectores populares, la opción de muchos de estos sectores es a favor de la primera opción.

Después de Jimmy: apuesta radical

Las dudas y miedos son de ellos. Para organizaciones, pueblos y comunidades, sin ambigüedades, toca deconstruir, (re) construir y  (re) fundar: valores, para promover un nuevo pacto basado en la solidaridad, la convivencia, la colectividad y la ampliación de derechos; instituciones-leyes-constitución que concreten políticamente ese nuevo pacto; modelo de desarrollo, porque el actual nos conduce a la miseria y la autodestrucción. Política, economía, formas de convivencia y organización social, casi nada de lo que tenemos nos sirve. Malvivimos, sin educación, empleo digno, agua, salud, vivienda, cultura, diversión. Busquemos el buen convivir, contrario a este tiempo autoritario, individualista, militarista, violento, falsamente moralista, temeroso de libertades y derechos.

Articulación: realidad o espacio discursivo

Este esfuerzo ingente de transformar de raíz Guatemala requiere de la acción complementaria de diferentes actores. Si en el discurso todos nos reclamamos articuladores e incluyentes, las prácticas nos dividen, porque pretenden construir sobre la razón indiscutible de un sujeto, una idea, una práctica, una identidad política y social de por sí fragmentada.

La articulación (que en este artículo entiendo más como expresión de intencionalidad y voluntad política que como esfuerzo organizacional)  implica, en positivo, debatir y sintetizar pensamientos y acciones, construir de forma horizontal; parte de las diferencias tanto como de las coincidencias. Pero estamos lejos: casi siempre intentamos –y por ello fracasamos en el intento- articular a partir de agregar a mi proyecto, incorporar a mi hoja de ruta, lograr adhesiones a mi propuesta ya definida, cobijar al resto bajo mi sigla y bandera. Sin excepciones, lo hacemos todas y todos, lo tenemos instalado en nuestra cultura política, construida en la lógica de la competencia y no de la colaboración. Y lo hacemos en desventaja: en una época en que la dominación está unida, afirma Boaventura, la resistencia está muy fragmentada.

Las luchas y sujetos centrales (puntos privilegiados que marcan ritmos, posiciones y sentido de acción a los demás, afirma Amador Fernández Savater) continúan imponiéndose sobre la pluralidad de sujetos, que implica pluralidad de espacios y formas de acción. Por ejemplo, es frecuente que la clase como categoría de análisis subordine las opresiones y emancipaciones construidas a partir del sexo o la raza y a los sujetos y movimientos (indígenas, feministas). Pero también es frecuente que procesos de toma del poder nieguen o invisibilicen las luchas cotidianas de construcción de poder, alrededor de la soberanía alimentaria, defensa de la propiedad de tejidos-defensa de la identidad, reconstitución de autoridades y formas organizativas, y otras.

Unidad contra la razón de este Estado

El Estado que conocemos en Guatemala (Estado como institucionalidad y conjunto de relaciones sociales) es profundamente represivo y ajeno al bien común. Es débil en cuanto a implantación territorial y legitimidad social, pero fuerte en su capacidad –hasta hoy- ilimitada de reconfiguración: cambia apenas lo imprescindible para que nada cambie, sortea las crisis cíclicas para continuar haciendo lo mismo.

Transformar de raíz este Estado gatopardista requiere de muchas ideas y personas, no necesariamente y en todo coincidentes. El proceso destituyente ya empezó, y se aceleró desde 2010 por la toma de conciencia política de jóvenes y sectores medios, que se  agregan a la defensa del territorio y las luchas por la libre determinación y autonomía de pueblos indígenas y mujeres.

El proceso constituyente, de recreación de múltiples formas alternativas para sustituir este esqueleto (literalmente) de instituciones y normas, ya está en marcha, desde la lucha por la soberanía alimentaria y defensa de las semillas nativas, la soberanía energética de comunidades desconectadas de los circuitos donde la energía es mercancía, la defensa de la salud comunitaria y el papel de las comadronas, que cuidan a las comunidades sin Estado, la conformación de comunidades indígenas, la defensa y control político del territorio frente a transnacionales, hasta las propuestas de Asamblea Constituyente Popular y Plurinacional, que cimbrean las bases injustas sobre las que se construye y mantiene inalterable este Estado desde hace cinco siglos: negación de derechos políticos básicos, semiesclavitud y servidumbre.

La humildad para reconocer que solos no podemos, la sabiduría para integrar en el proyecto los aportes de todos, la autocrítica para reconocer errores (arrogancia, prepotencia, falta de apertura, pensamiento esquemático), nos permitirían concretar momentos de ruptura con la institucionalidad y el sentido de vida predominantes.

La utopía se sigue moviendo, dijo Eduardo Galeano. ¿Nosotras y nosotros, dónde estamos?

 

 

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