Nicaragua y la izquierda muerta

Seguir apoyando al régimen orteguista, es hacer una política profundamente conservadora, anquilosada por el miedo a deshacerse del dogma conocido que nos lo explica todo: el bien, aquí; el mal, en el imperialismo gringo que todolopuede. Una izquierda viva y valiente, una izquierda no testosterónica, es la que se hace responsable de apoyar a la resistencia para que de ella pueda construirse verdadero poder popular. La que mira a Nicaragua para aprender cómo recoger aquí el malestar social sin pretender hacerlo desde un sujeto revolucionario unívoco, homogéneamente oprimido por la mano del capital o del imperio.

Texto: Amaia Pérez Orozco. Imagen: Jorge Navarrete.


Pasan tantas cosas y tan terribles en este mundo de mierda. Está tan mal todo, en tantos sitios, que el corazón, la cabeza, el tiempo no dan para responder a todo lo que sucede.

Y, entonces, en Nicaragua se desata la represión. Una represión que venía fraguándose de lejos y que se evidenciaba en el ahogo de la lucha por la soberanía de los cuerpos, ejemplarizado con la prohibición absoluta del aborto. Una represión que se ha desatado en sus formas más virulentas desde abril, con muertes primero, con detenciones, agresiones sexuales, torturas, despidos políticos y exilios después.

Se desata todo esto y hay quienes no tienen la capacidad de convertir la lucha contra la represión del régimen de Ortega-Murillo en una prioridad, porque el mundo nos desborda. Hasta aquí, comprensible y ¿lamentablemente aceptable? Pero lo que resulta a todas luces inaceptable (quizá sí lamentablemente comprensible) es justificar la represión en nombre de una supuesta resistencia al imperialismo yankee.

En nombre de una supuesta izquierda, se articulan todo tipo de planteamientos conspiranoicos: la Caravana de Solidaridad Internacional y el movimiento feminista nicaragüense están financiados por la USAID; el capital norteamericano pretende retomar posiciones frente al chino. Es el imperialismo, la sombra omnipresente que maneja las vidas de tantas y tantas y tantos nicas. Son sus títeres, aunque ellxs se crean que actúan por sí mismxs cada día que se lo juegan todo; que se juegan la tranquilidad del anonimato o la connivencia por salir a un tranque, por apoyar un centro médico clandestino, por protestar ante una prisión, por conformar una articulación de movimientos sociales contra el orteguismo.

¿Qué izquierda es esta?

¿Qué clase de izquierda es un planteamiento político que nos lee como meras marionetas de una mano que lo puede todo, negando la inteligencia vital y política de las personas en función de cómo calcemos en un esquema de distribución de culpas preconcebido? Hay quienes, frente a la retórica del más-allá-de-la-izquierda-y-la-derecha, hemos defendido el valor de esta etiqueta… No por la etiqueta en sí, que vale nada. Sino por lo que contiene. Pero, a la hora de la verdad… ¿qué contiene?

La izquierda es una política de lo vivo: la que es capaz de comprender los procesos, las relaciones, las situaciones históricas vivas; más aún aquellas que nos desbordan y nos rompen los esquemas. Es una política de la valentía. La que no se aferra a un dogma impuesto y prefabricado. La que mira a los ojos y escucha a las compañeras más acá de su pre-adscripción a ningún color. La que hace todo eso marcando líneas rojas: la línea roja de la soberanía sobre la propia vida particular y colectiva, y sobre la propia tierra. Claro que sí. La que apoya un proceso de rebeldía para que no se lo adueñe o meriende nadie ajeno al pueblo mismo. La línea roja de la justicia social, peleando por que el proceso de rebelión vaya de la mano de una redistribución del poder socioeconómico, y apoya a los movimientos de base para que sean fuertes y marquen el ritmo y el contenido de la resistencia frente a otros actores, como iglesia y empresarios, aliados dadas las circunstancias, pero aliados extraños, coyunturales, parciales y/o indeseables.

Seguir apoyando al régimen orteguista, llamar a eso segunda fase de la revolución, es hacer una política de la abstracción sobre lo vivo, una política de los esquemas muertos sobre las ilusiones que se hacen carne cada día. Una política que no se atreve a cuestionarse ni a revisarse. Es una política profundamente conservadora, que se anquilosa por el miedo a deshacerse de lo conocido que nos lo explica todo: el bien, aquí; el mal, en el imperialismo gringo que todolopuede.

Una izquierda viva y valiente, una izquierda no testosterónica, se hace responsable de apoyar a la resistencia para que de ella pueda construirse verdadero poder popular. Una izquierda viva y valiente es una izquierda que apoya a las compañeras feministas, que, por vericuetos de la historia, se encuentran luchando, en parte, con quienes están en profundo desacuerdo, por otra parte.

Una izquierda viva y valiente es la que mira a Nicaragua y se pregunta por lo que nos sucede aquí: por cómo vamos a (re)construir nuestro sujeto de lucha, asumiendo que, o es para todas-todos-todes, o no hay liberación, emancipación ni subversión posibles. La que mira a Nicaragua para aprender cómo recoger aquí el malestar social y luchar contra la precariedad vital como régimen político sin pretender hacerlo desde un sujeto revolucionario unívoco, homogéneamente oprimido por la mano del capital o el imperio y subyugado al dogma del bien y el mal. La que asume la complicadísima tarea de hacerse eco de la dolorosa sensación de que nos la han colado: nos prometían el sueño americano, y resulta que en este mundo no caben los sueños de todas las personas.

Y entonces… ¿qué?, ¿otro mundo donde sí quepamos o echamos a quien sobra? Abordar este momento y rebelarse contra la receta que dictamina la expulsión para los de fuera y el orden para los de dentro (bien colocados por jerarquía social, de género y racialización) exige mucha valentía construida desde la vida misma y que resuelva la vida misma, aquí y ahora.

Nicaragua, como México o como Brasil, no es un otro: es un espejo en el que mirarnos para cambiar y aprender. Y, ante ese espejo, hay quienes reiteran una política de izquierdas muerta. Atrevámonos a ensayar una política viva.

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