El país de las maravillas y la izquierda necesitada de autocrítica

El reto es romper silencios para repensar proyectos nuevos: sujetos (estudiantes, jóvenes, feministas, campesinos), formas organizativas (horizontales), cultura política no caudillista, símbolos y autoidentificaciones.

Andrés Cabanas, 6 de noviembre de 2018.


La crisis del régimen orteguista en Nicaragua enseña que no se pueden construir proyectos de izquierda sobre la complacencia, el triunfalismo y el rechazo de la autocrítica. Mientras pensamos que el sandinismo construye el cielo revolucionario en la tierra tercemundista, la realidad no oficial es que existen hoy más de 500 presos políticos, tortura, más de 500 asesinatos-ejecuciones extrajudiciales, criminalización, más de 30,000 exiliados, violencia política. Gobierna, no la dictadura del proletariado, sino una élite económica y política que integra a empresarios tradicionales, transnacionales y aparato del FSLN (al menos hasta el 18 de abril), con un proyecto basado en la privatización de bienes comunes y la extensión de proyectos extractivos.

Sin autocrítica, que nace de la reflexión y el debate de base y colectivo, imaginamos países y fantaseamos con realidades: estabilidad, seguridad, compromiso para la reducción de la pobreza, apego y continuidad a ideales y proyectos revolucionarios… Mientras esto parece suceder, firmamos pactos con empresarios y Estados Unidos para el despojo de recursos, promovemos el fundamentalismo y conservadurismo ideológicos, especialmente machista y antifeminista, festejamos raquíticos indices de reducción de la pobreza y terminamos justificando la represión a la disidencia.

Pero no, no. No todo estaba bien en Nicaragua, las izquierdas no poseemos la verdad absoluta, no deben existir vanguardias iluminadas, a las que el pueblo otorga cheque en blanco para obrar milagros en el país de las maravillas. Caen certezas y al mismo tiempo máscaras.

En este país de sueños y ensueño se sustituyen el empoderamiento y la construcción de poder popular por el asistencialismo y la centralización, y una maquinaria burocrática represiva para la gestión del Estado hace las veces de instrumento partido-movimiento de masas revolucionario. Todo va a más: el debilitamiento de la participación, la reducción de derechos y los ataques a organizaciones sociales. Solamente viene a menos el disfraz popular de un gobierno represivo y neoliberal como tantos otros: triste izquierda que se distancia de la ética y la coherencia, su principal activo, el distintivo con el que nació la revolución nicaragüense a mediados del siglo pasado, “pintando en las paredes de las catacumbas las imágenes de los santos que murieron matando el hambre. Y en la mañana imitaron a los santos” (Leonel Rugama).

La falta de autocrítica legitima el hipertacticismo o el pragmatismo ad infinitum, que nos lleva a aceptar a un Presidente violador porque es nuestro Presidente; impone la  coartada geoestrátegica, que justifica las debilidades en función de un (supuesto) proyecto antiimperialista. Esta lógica aplasta o aplaza los sueños: espérense, todavía no es el momento, ya lo vamos a lograr. Al final del camino las hipotecas pesan más que las prometidas ganancias.

La paradoja (es bueno reconocerlo, porque rompe con el pensamiento lineal) es que la  izquierda no está derrotada en Nicaragua porque la izquierda no gobernó, al menos desde el pacto Ortega-Alemán, que garantizó impunidad a cambio de la alternancia electoral, hoy igualmente en entredicho.  Pero la crisis ética y política de la izquierda que no fue puede acabar sepultando a la izquierda que quiere ser izquierda: con justicia social, democracia popular, ética política y humana, participación.

Por eso Nicaragua es, vuelve a ser, tan importante. Es el país hermano y es, en su crisis actual y difícil ruptura, el reflejo de proyectos construidos sobre la falta de aceptación de debilidades y errores internos, tan desequilibrantes como el asedio externo. Estos errores no son solamente puntuales ni personales, sino “conceptuales, organizativos y políticos”, parafraseando a Marta Harnecker, tan comunes y generalizados como “no saber escuchar, mantener esquemas conceptuales con anteojeras, estilos autoritarios e impositivos de dirección, rechazo de las diversidades…” ¿Qué nos diferencia entonces de los proyectos ultraconservadores, jerarquizantes y represores de las diferencias de sexo, raza, género, clase..

El reto es romper silencios para repensar proyectos nuevos: sujetos (estudiantes, jóvenes, feministas, campesinos), formas organizativas (horizontales), cultura política no caudillista, símbolos y autoidentificaciones.

Renovar miradas, ampliar horizontes, cuestionarlo todo. Repensar sobre todo la historia y el futuro de lo que hasta hoy consideramos izquierda, que será radical, diversa, plural, horizontal, sin imposiciones autoritarias ni exclusiones, sin verdad absoluta, será feminista, popular y joven (es decir, transgresora desde lo más intimo hasta lo público, desde lo cotidiano), o no será.

Es un tiempo complicado, porque las verdades absolutas y la certeza inevitable del triunfo deja paso a la construcción en la incertidumbre, insegura pero común. Con más dosis de realidad que discurso y consigna. Con el horizonte pleno de la defensa de la vida y la lucha por la vida.

 

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