La pandemia de la salud planetaria

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las fronteras del capitalismo global se han ido expandiendo hasta penetrar en los lugares más aislados del planeta. Las políticas de crecimiento y el extractivismo han provocado la degradación de la biodiversidad de nuestro planeta y han diluido su efecto en la contención de enfermedades.

Víctor González Clota, El Salto Diario

La pandemia del nuevo coronavirus se ha demostrado como una más de las consecuencias provocadas por el deterioro de la salud global del planeta. Según expone Jordi Sunyer, director del Programa de Infancia y Medio Ambiente del Institut de Salut Global de Barcelona (ISGlobal), “hemos creado un desequilibrio tan grande en el mundo, que ahora mismo el planeta ya no puede mantener ni garantizar la salud humana”. La pérdida de biodiversidad, sumada a las altas tasas de contaminación del aire, son factores clave para entender el porqué de la propagación y la incidencia de este tipo de virus ahora, en un contexto de globalización total, y no en otras épocas de nuestra historia reciente.

La presencia de virus en la Tierra no es nada extraño ni nuevo. Existen decenas de miles, pero el contacto de la especie humana con ellos es solo con una minoría. El hecho de que se encuentren en ecosistemas remotos y de difícil acceso ha limitado hasta ahora su interacción con las personas. Una situación que, como apunta el activista y biólogo de Ecologistas en Acción Jaume Grau, ha cambiado “a raíz de la expansión del capitalismo global, que busca ampliar las fronteras extractivas en todo el planeta”.

De hecho, es una cuestión de la que ya alertaban los mismos responsables de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su director general, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró en 2019 que “la amenaza de una pandemia de gripe sigue presente. El riesgo de que un nuevo virus de la gripe se propague de los animales a los seres humanos y cause una pandemia es constante y real. La cuestión no es saber si habrá una nueva pandemia de gripe, sino cuándo ocurrirá”.

La realidad actual no es fruto de un día. Jaume Grau recuerda que “la degradación de la natura provoca que las relaciones ecológicas entre especies sean cada vez más simples, aumentando el riesgo y las posibilidades de estar en contacto con virus que no conocemos. Por lo cual, este efecto de dilución que tiene la biodiversidad, se pierde”.

Más allá de la degradación de la biodiversidad como uno de los causantes de la pandemia actual, la contaminación del aire destaca como uno de sus amplificadores.

El activista y biólogo pone como ejemplo Europa, donde en su conjunto “los vertebrados han reducido un 60% sus poblaciones en los últimos 30 años. En cambio, ¿qué hay más? Más humanos y más ganadería industrial.” Una situación que el mismo Grau relaciona con “el dogma económico de crecer, por el que los gobernantes han obviado la realidad, han intentado dejarla de lado y dar patadas al balón hacia adelante, llevándonos hacia una carrera suicida al abismo”.

Más allá de la degradación de la biodiversidad como uno de los causantes de la pandemia actual, la contaminación del aire destaca como uno de sus amplificadores. Según un estudio de la Universidad de Harvard TH Chan, “alguien que vive durante décadas en un territorio con altos niveles de contaminación por partículas finas —conocidas como PM10 y PM2,5— tiene un 15% más de probabilidades de morir de covid-19 que alguien que vive en una región que tiene solo una unidad menos de dicha contaminación”.

El investigador del ISGlobal Jordi Sunyer, que es cauteloso al respecto, dice que “eso aún no lo sabemos con total certeza. Al final, lo que ha pasado es que muchos de los casos se producen en situaciones en las que teníamos las mejores condiciones de calidad del aire en decenios”. A su vez, y hablando de Barcelona, reafirma que “la contaminación aumenta las enfermedades cardiovasculares y es cierto que la gente con enfermedades cardiovasculares tiene un mayor riesgo de mortalidad con los efectos concretos de la covid-19.”

El estudio de la Universidad de Harvard, que cuenta con un total de más de 3.000 muestras de diferentes regiones de Estados Unidos, sugiere que “la exposición a largo plazo a la contaminación del aire aumenta la vulnerabilidad a experimentar los resultados más graves de covid-19”. Una situación que se puede extrapolar a la capital catalana y su área metropolitana, donde según los últimos datos del Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya, se han contabilizado 88.516 casos positivos de covid-19, siendo un 84% del total del territorio catalán.

Aunque la densidad de población es otro factor clave, cabe recordar que Barcelona se encuentra entre las ciudades más contaminadas de Europa, con unos niveles diarios de concentración de dióxido de nitrógeno (NO2) superiores a los recomendados por la Unión Europea, procedentes en su mayoría del transporte de vehículos privados. Según el informe de 2019 de la Agencia Europea del Medio Ambiente, no se debería super la media anual de 40 microgramos por metro cúbico, y las cifras de Barcelona superan de forma amplia la barrera de los 50.

Habiendo marcado sus mínimos históricos de contaminación del aire en los meses duros del confinamiento, a finales de junio, la ciudad de Barcelona ya tenía unos niveles de polución que se acercaban a los previos al cierre de la actividad económica, pero la movilidad no llegaba ni a un 70% de la total previa al inicio de la pandemia. Mercè Rius, Directora General de Calidad Ambiental y Cambio Climático de la Generalitat de Catalunya, decía en ese momento que “la fecha que nos da más miedo es el 15 de septiembre. Si se retoma el curso escolar con cierta normalidad, tendremos escuelas, universidades y la gente volviendo a trabajar a la vez. Si no se utiliza el transporte público por miedo, cosa que empezamos a ver, podríamos encontrarnos con unos valores superiores a los previos a la pandemia”.

A su vez, Rius resalta que el Departamento quiere promover un cambio total en la movilidad, diciendo que “lo que está claro y lo que se ha visto, así como había gente que a veces lo ponía en duda, es que el impacto de la movilidad sobre la calidad del aire en Barcelona es muy importante”. Pero, por el contrario, la misma Generalitat dejó en suspenso al inicio del confinamiento una de las pocas medidas de control que habían iniciado: el impuesto sobre emisiones de vehículos antiguos que tenía que entrar en vigor este 2020. La Directora General de Calidad Ambiental y Cambio Climático alude que “fue imposible tirar adelante dicha medida por la paralización de todo el organigrama por la situación de la pandemia”.

Si parece claro que el acoso constante a la biodiversidad y la contaminación del aire aumentan nuestra vulnerabilidad, lo que no se hace tan evidente es que se busquen o apliquen soluciones drásticas para cambiar el rumbo.

Desde Ecologistas en Acción, Jaume Grau dice que “tenemos la oportunidad de revertir la crisis ecológica, de reconvertir la economía, de mejorar la calidad de vida de la sociedad y de frenar y detener totalmente la pérdida de especies, pero no con el capitalismo verde”. A lo que añade que “antes que nada luchamos para que la humanidad siga viviendo en el planeta con calidad de vida y por un tema de justicia social. Por lo tanto, los coches eléctricos, emblema del capitalismo verde, no son la solución, lo que creemos es que se necesitan cambios mucho más estructurales y que vayan enfocados a soluciones de movilidad colectiva y regulaciones que ayuden al consumo local“.

Finalmente, el investigador del ISGlobal Jordi Sunyer insiste en el hecho de que “hemos puesto tan al límite la aceleración del planeta que la salud humana deja de poder ser independiente de la salud planetaria”. Sobre lo cual, y con cierto pesimismo, recuerda que “ahora volvemos a ver como hay un dogma fuerte, como es la economía, y dogmas débiles, como son la ecología, la sostenibilidad o la salud”.

Los cambios, pese a la evidente emergencia climática, y por ende sanitaria, parece que no van a ser inmediatos y solo llegarán con “los trompazos que recibiremos del planeta, no por la voluntad política”, sentencia el biólogo Jaume Grau.

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