Pueblos en movimiento (en tiempos de colapso)

El objetivo de este trabajo no es más que mostrar que las fuerzas capaces de hacer lo necesario para afrontar el colapso sistémico, del cual la pandemia es la punta de iceberg, ya existen porque se han ido formando mientras se va desplegando el desastre. No tengo dudas que son aún insuficientes, que les falta recorrer un buen trecho para estar en condiciones de sobrevivir a la tormenta que se nos viene. Pero existen. Son luces que alumbran nuestros andares y son, aunque no les guste a los estadocentristas, la luz al final del túnel. Raúl Zibechi, introducción del libro Pueblos en movimiento, tiempos de colapso, julio de 2020.

Vivimos cambios imprevistos e inciertos, cambios que nos dejan perplejos y a menudo paralizados. Un inmenso vendaval está barriendo nuestros modos anteriores de hacer, que en pocos días nos ha desarticulado, dejándonos a la intemperie, en lo individual y en lo colectivo. El aislamiento que padecemos, impuesto por las elites, es tal vez el símbolo más estridente de esta tormenta, en particular para quienes vivimos en ciudades cerradas a la sociabilidad, pero que siguen abiertas a la especulación y la acumulación por despojo.

Durante la pandemia y al estar impedidas de manifestarse, las organizaciones populares, feministas y de los pueblos originarios, debieron modificar sus formas de acción. Lo que sigue es un intento por sistematizar estas experiencias, sabiendo que se trata apenas de un acercamiento provisorio a realidades que están cambiando rápidamente.

1.- Un viraje hacia adentro

Este viraje se da ya sean en los territorios que habían reconquistado los pueblos o en nuevos espacios rurales y urbanos nacidos durante la pandemia. De forma espontánea, muchas comunidades decidieron bloquear el ingreso y la salida de personas, como ha hecho el EZLN en Chiapas.

Establecer controles que delimitan el territorio es una forma de ordenar y de proteger a la vez, ya que  existe clara conciencia de que la enfermedad viene de fuera y que los recursos propios permiten afrontarla.

Además del zapatismo con el cierre de sus 43 espacios, las más diversas comunidades intensificaron el control territorial, destacando el papel de la Guardia Indígena nasa en el Cauca colombiano. Siete mil guardias armados con bastones de mando controlan setenta puntos vigilando que sólo ingresen los vehículos y personas autorizadas por los cabildos, autoridades nasa en los territorios.

El Consejo Regional Indígena del Cauca (Cri C) decidió implementar Una Minga hacia Adentro, que puede leerse como una síntesis de lo que están haciendo pueblos y comunidades rurales y urbanos a lo largo y ancho de América Latina. Las claves del “hacia adentro”, en todos los casos, son el fortalecimiento de las relaciones comunitarias que pasa por sus dimensiones material y simbólica, que van desde la mayor autonomía alimentaria hasta el reforzamiento de las autoridades internas ancladas en las prácticas asamblearias y de toma de decisiones por consenso, hasta la armonización colectiva a través de rituales en lugares sagrados como las lagunas, de fogones y sahumerios con la participación de médicos tradicionales.

A diferencia del sistema hegemónico, que consigue el consenso social agitando un enemigo externo –desde el comunismo y los virus hasta el inmigrante y el otro– los pueblos en movimiento lo hacen a través de la actualización de rituales ancestrales que nos armonizan entre las personas y entre los colectivos humanos y los no humanos, montañas, lagunas, plantas y animales. Mientras la primera es una lógica de homogeneidad para y por la guerra, la segunda se basa en el cuidado y la reproducción de la vida. Este cierre territorial no debe interpretarse como aislamiento, sino como el trazar una frontera que conduce a potenciar las relaciones no capitalistas, anteponiendo los valores de uso a los valores de cambio, la solidaridad y el hermanamiento entre las y los de abajo frente al individualismo que propone, e impone, el sistema. Porque la propuesta de “Quédate en casa” no funciona y es sustituida por el “Quédate en el barrio” en las villas argentinas, o el “Quédate en la comunidad” de campesinos y pueblos originarios y negros.

En suma, frente a la individualidad imposible y propia de las clases medias, surge una colectivización del espacio público que no es sino la extensión de las prácticas habituales de los sectores populares a la situación pandémica. Esta realidad nos abre a dos debates aún incipientes: el papel de los trabajos colectivos, mingas o tequios, en la creación de mundos otros y la forma de abordar los cuidados, no en clave estatal/institucional e individual, sino colectiva y comunitaria.

2.- La profundización y/o la búsqueda de la autonomía alimentaria.

En todas las experiencias registradas, se constata un retorno a la tierra, un intento por construir huertas colectivas autogestionadas de carácter orgánico, también en las periferias urbanas donde esta tarea es más compleja. Puede decirse que constituye, a la vez, un intento por superar las consecuencias económicas de la pandemia, pero también un deseo de hacerlo en colectivo, rompiendo el aislamiento individual-familiar impuesto.

Durante la pandemia podemos observar que entre los sectores populares urbanos, pueblos originarios, negros y campesinos, ha crecido un hambre de tierra y de territorio. Testigo de esta tendencia es la multiplicidad de iniciativas urbanas que venimos registrando: las 200 asambleas territoriales formadas al calor del estallido en Chile que durante la pandemia pusieron en pie redes de abastecimiento por fuera del mercado, contactando directamente con los productores. En las periferias urbanas, como sucede en Temuco (Chile), en Popayán (Colombia), en Córdoba (Argentina) y en Montevideo (Uruguay), miles de personas ocuparon tierras para construir viviendas o para cultivar, en lo que supone un desafío frontal a la propiedad privada y al Estado.

Es evidente que en las áreas rurales la autonomía alimentaria (concepto que prefiero al de soberanía alimentaria, siempre vinculada al Estado) tiene mayores alcances y una larga y fecunda trayectoria. Los movimientos indígenas son los que con mayor vigor encararon la delimitación y defensa de sus territorios. Muchos campesinos, al igual que los pueblos indígenas, bloquearon en toda América Latina el ingreso y salida de sus pueblos, para asegurarse que el virus no entre en las comunidades.

Desde hace ya varias décadas, existe un diálogo entre territorios y autonomía/autogobierno, que ahora se vuelve urgente actualizar. En particular, en las ciudades y en las periferias urbanas. Por eso creo necesario atender lo que se viene haciendo en Cherán, la ciudad autogobernada de 20 mil habitantes en Michoacán (México), la autogestión barrial que ensayan las ocho comunidades de la organización Popular Francisco Villa de la Izquierda Independiente en Ciudad de México, y las asambleas territoriales en Santiago y Valparaíso en Chile. O el caso de Errekaleor en Vitoria (Euskal Herría) o las ciudades del Kurdistán en el norte de Siria, como Qamishli.

Creo que cada experiencia urbana, por más puntual que sea, debe ser pensada colectivamente, porque en realidad son muy pocas, pensando en que la mayor parte de la población del planeta vive en ciudades. Si tendemos la línea de visibilidad, veremos realidades como las investigadas por el Centro Educativo y Cultural cama de Nubes, en Ciudad de México, con el registro de 380 espacios político-culturales y educativos “comunitarios, okupados, independientes, autogestivos o autónomos. El número no es menor, si consideramos que los denominados centros culturales oficiales de la ciudad suman 246 en total” (Cama de Nubes, 2020).

3.- Los vínculos entre los abajo, rural-urbanos, como apertura a la autonomía.

Ni las ciudades son autónomas en alimentos y agua, ni las áreas rurales lo son en salud y en desarrollos tecnológicos. Los sectores populares que habitan las periferias se necesitan mutuamente con los trabajadores organizados, porque no pueden salvarse solos y tienen intereses y enemigos comunes.

El apoyo de los sindicatos uruguayos a las ollas populares en los barrios periféricos, las donaciones de alimentos de productores rurales a los pobladores urbanos, son apenas una muestra de cómo durante la pandemia se están estrechando vínculos entre pobres rurales y urbanos. Quizá la acción más llamativa, por la explicitación de la solidaridad, sea la de los Bañados de Asunción. Decenas de ollas populares funcionan bajo el lema “El Estado no nos cuida. Los pobres nos cuidamos entre pobres”, en un amplio trabajo solidario que conecta estudiantes y profesionales con pobladores organizados que viven en la mayor pobreza.

El apoyo de asentamientos del Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil a los pobres urbanos, enviando toneladas de alimentos, así como el intercambio de productos entre nasa del campo y la ciudad, son un excelente ejemplo del apoyo mutuo entre los pueblos. Siglos de dominación capitalista han segmentado y fragmentado a los pueblos, en particular sus saberes y capacidades. De modo que debemos reconstruirnos, como pueblos, recuperando los saberes perdidos. Un buen ejemplo es cómo los zapatistas han recuperado el arte de las hueseras, que se estaba perdiendo.

4.- Potenciar el mundo de los valores de uso.

Entre las poblaciones campesinas e indígenas de Bolivia, Colombia y México, se constata la generalización del trueque y de otras prácticas ancestrales por fuera del mercado capitalista. Se realizan ferias de trueque en puntos y días previamente acordados, sin moneda, pero no se intercambian equivalencias sino que cada quien lo hace a partir de la necesidad. Estamos ante prácticas que se realizan desde hace mucho tiempo, pero que en medio de la emergencia sanitaria cobran un doble sentido de resistencia colectiva y de alternativa al capitalismo.

En la agricultura urbana comienza a experimentarse con huertos circulares, que responden a una lógica indígena ancestral, vinculada por un lado a las cosmovisiones propias y, por otro, al ahorro de agua, la complementación de cultivos y la división del trabajo con base en la ayuda mutua. Se desarrollan en algunas ciudades prácticas notables de cuidados comunitarios, con la identificación de las personas más vulnerables para abastecerlas de alimentos sin que tengan que salir de sus casas.

Algunas redes de abastecimiento han posibilitado que en las ciudades haya familias que no deben comprar en el supermercado, sino de forma directa a productores rurales que participan en las redes. También están proliferando mini-bancos que son modos de ahorro comunitario y redistribución hacia las familias con más urgencias. En fin, prácticas no capitalistas, de dispersión y no de concentración de bienes, a partir de la producción y distribución de valores de uso, negando la posibilidad de que se convierten en valores de cambio. La economía no capitalista se abre paso durante la pandemia, multiplicando posibilidades que hasta ahora parecían marginales. De estas experiencias recogemos la importancia de que existan prácticas heterogéneas respecto a las hegemónicas, no siendo decisivo que sean minoritarias, locales y hasta marginales, como tantas veces nos señalan quienes han optado por lo grande que es, indefectiblemente, lo estatal/capitalista. Es importante que ellas existan, porque cuando las personas las necesitan, las multiplican.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s