Politizar los umbrales

¿Qué de político tiene un umbral, si parece un fenómeno meramente fisiológico? En este texto analizamos el concepto de umbral, en primer lugar, como un proceso de ruptura con un orden de sensibilidad impuesto y, en segundo, como la creación de nuevos posibles en la experiencia.

Juan Pablo Duque Psicólogo social


Hoy, gran cantidad de personas vivimos una sensación de extrañeza cuando hablamos de política sin los códigos institucionales y decidimos mover nuestros discursos fuera de los márgenes de los partidos o del Estado y la representación. La disposición de abandonar los significados clásicos de la política constituye un desafío para quienes deseamos construir un espacio común entre la práctica micropolítica y el ejercicio de pensamiento político-filosófico. Siguiendo con esto, la figura del umbral podría ser una orientación sugerente para entender el ejercicio político como sensibilidad ante el mundo, que no solo pertenece al cuerpo subjetivo, sino también a la constante creación de cuerpos colectivos.

Antes que todo es importante decir qué es un umbral. Un umbral, empíricamente, es la cantidad mínima que necesita un estímulo para hacerse presente en las vías sensoriales. Un umbral es una frontera que cambia constantemente sus coordenadas de interacción entre el afuera y el adentro. Los umbrales determinan lo que existe y lo que no en la experiencia perceptiva. Un umbral es la menor cantidad de luz que necesita el ojo para “sentir” y “ver”, es el mínimo de vibraciones que necesita el oído para “sentir” y “escuchar”, el mínimo de presión que necesitan las terminales nerviosas de la epidermis para “sentir” el tacto y el mínimo de partículas aromáticas que necesita el olfato para procesar olores —hablo de los cinco sentidos legitimados en la cultura occidental, aunque hay otras culturas que hablan de ocho o más sentidos—. Los umbrales no son siempre iguales: varían dependiendo de las experiencias, las culturas y las expectativas; hay cuerpos con umbrales sensoriales distintos a otros.

La pregunta que surge es: ¿qué de político tiene un umbral, si parece un fenómeno meramente fisiológico? Para ello hay que definir, en este caso, qué entendemos por política. Por política entenderemos dos procesos. El primero trata de una de ruptura con un orden de sensibilidad impuesto; el segundo, con la creación de nuevos posibles en la experiencia.

El umbral es primero una política del cuerpo: lo que el cuerpo puede sentir, sea físico, político, psicológico o espiritual, está mediado por sus umbrales.

En todo caso, si los umbrales determinan lo realmente existente y la política busca nuevos existentes, su relación conceptual, aunque poco intuitiva, no parece incoherente. El umbral es primero una política del cuerpo: lo que el cuerpo puede sentir, sea físico, político, psicológico o espiritual, está mediado por sus umbrales. La relación se configura así: el orden de sensibilidad impone umbrales, “lo que debe sentir x cuerpo está determinado por el sistema”. La política surge cuando rompe y hace que esas coordenadas de realidad cambien. No es en vano que Deleuze, siguiendo a Nietzsche, hable de la política como “el sentir de otra manera”. La sensación es un movimiento que permite la apropiación, la construcción de la realidad y, con ello, la ubicación de una nueva arquitectura de posibilidades, de nuevos archipiélagos de la experiencia. En este sentido, Pavese dice en sus diarios: “La política es el arte de lo posible”. Al conjuntar las ideas, una política de los umbrales es aquello que hace emerger nuevas posibilidades de habitar el mundo.

Del Cuerpo Sin Órganos al cuerpo colectivo

En la obra de Deleuze Lógica del sentido (1969), y de forma más destacada todavía en El Antiedipo (1972), escrito junto a Guattari, el filósofo francés construye un concepto que nos sirve para explicar la politización de los umbrales: el llamado Cuerpo sin Órganos (CSO). El CSO sería la ruptura con el límite de la experiencia, en tanto un ordenamiento impuesto. Las semióticas capitalistas no son ingenuas. Por eso el cuerpo y sus umbrales son puntos de mira. El sistema impone umbrales al cuerpo —los umbrales del gusto, de la satisfacción, del agrado— y, con ello, conecta al deseo con su régimen de incentivos, de manera que la axiomática capitalista sigue su codificación sin obstáculo alguno, creando un funcionamiento orgánico ad hoc a su reproducción. Un cuerpo diagramado en la falta, que funciona para satisfacerse en el consumo es, así, el organismo más apto. Moldeamos nuestro cuerpo de acuerdo a lo que debería ser, sentir y decir dentro del reparto de realidad que nos es otorgado.

El CSO sería otro despliegue, otra forma de experimentar las multiplicidades del mundo y, por ende, una propuesta nunca acabada o nunca conseguida en su totalidad. Lo que diferencia un cuerpo con órganos a la propuesta de volverse un CSO pasa por la transducción y esto, a su vez, por los umbrales, los que determinan la censura y la represión, lo que existe y lo que no y lo que, al final de cuentas, da forma a la experiencia. El problema, pues, no son los órganos sino su organización. Dicen Deleuze y Guattari: “Tan triste y peligroso es no soportar los ojos para ver, los pulmones para respirar, la boca para comer, la lengua para hablar, el cerebro para pensar (…) Por qué no caminar con la cabeza, ver con la piel, respirar con el vientre”. El cuerpo no es solo órganos, también es un conjunto de coordenadas, límites, comunicaciones, comunidades, intensidades y potencias y, por ende, las rupturas del enclaustramiento de las líneas de experiencia que convienen al capitalismo no dejan de ser una tarea política. Para que se desborde la experiencia impuesta, para que se creen nuevas circulaciones en la subjetividad y nuevas relaciones de intercambio, hay que repensar los umbrales.

Ahora, todo cuerpo es colectivo, pero también la sumatoria de cuerpos configura una manada, una colectividad. Así como existe una cantidad mínima de vibraciones o de luz para pasar de lo imperceptible a lo perceptible en un cuerpo individual, en el cuerpo colectivo hay “umbrales de indignación”, de “enojo”, de “ira”; medidas necesarias de sensibilidad para la acción conjunta. Sería ingenuo pensar que los umbrales de indignación se definen únicamente en la subjetividad. Hay cuerpos que no se indignan con la discriminación, la violencia, la desigualdad y la injusticia; hay cuerpos que sí. Politizar los umbrales en el cuerpo colectivo no es homogeneizar, sino encontrar demarcaciones compartidas donde la potencia de los cuerpos movilice la búsqueda de nuevos posibles.

Un ejemplo de umbrales en un cuerpo colectivo, como frontera de irritación compartida, es el trabajo del historiador E.P. Thompson, quien explicó las revueltas populares en la Inglaterra del siglo XVIII acuñando el concepto de Economía moral de la multitud. Thompson entiende que hay umbrales de enojo en una población, y que estos se encuentran afincados en las creencias que definen el punto exacto, esto es, el primer movimiento de una revuelta, “lo que no pueden tolerar”. El caso de estudio de Thompson fue la comercialización de alimentos en tiempos de escasez y el papel de las autoridades en la crisis. La indignación de la gente tenía un umbral de tolerancia más bajo al sentir que las autoridades y comerciantes se lucraban con sus necesidades, mientras que estos buscaban el beneficio económico. La Economía moral de la multitud es un umbral con una carga moral que lleva a la acción directa de las personas y de los colectivos. Si los precios de los alimentos suben desproporcionadamente, la protesta social y las revueltas son una respuesta. Ahora, vale la pena preguntarse: ¿por qué hay pueblos a los que no los indigna nada? ¿Hasta dónde llegan sus umbrales?

De tal manera, puedo definir al umbral, en términos políticos, como la medida, el límite y la frontera que hace emerger en la experiencia un nuevo mundo posible. En el caso de Thompson, una nueva realidad económica y social que tiende a la justicia en un cuerpo colectivo.

Para politizar los umbrales hay más amigos en la poesía, la pintura y la música que en los tratados y las constituciones.

El arte para politizar los umbrales

Para politizar los umbrales hay más amigos en la poesía, la pintura y la música que en los tratados y las constituciones. Bien decía Hegel en su Poética que hay un principio que atraviesa todas las artes, independientemente de su expresión. En nuestra propuesta, a diferencia del caso del filósofo alemán, tal principio no es la búsqueda de finitud del espíritu, sino la búsqueda de nuevos umbrales de experiencia.

El arte ha sido desdeñado como una práctica existencial que trae consigo desigualdad y que, en su abuso, puede legitimar las peores causas; aunque también, pensado desde los umbrales, el arte crea nuevas formas de sensibilidad. El capitalismo y sus flujos imponen a nuestros sentidos estímulos: ruidos, paisajes grises, comida acelerada con sabores sospechosos, y así creemos que eso que llega a nuestros sentidos es la única realidad. De repente, un artista muestra que el amarillo puede ser más amarillo y que el mundo tiene más colores que etiquetas; los músicos producen notas en diferentes escalas y los ruidos industriales dejan de ser lo único que entra por nuestro oído, y así los poetas crean con el lenguaje nuevas expresiones y formas de nombrarnos, y en el teatro se tejen tramas que hacen saltar los repartos y los roles. El arte no es político por sí mismo, pero puede serlo cuando uno de sus objetivos es cambiar los umbrales de los cuerpos colectivos y se convierte en una alternativa para romper con los repartos sensoriales fijados en el malestar.

No hay, pues, más política que la de buscar acontecimientos capaces de destruir el continuum de lo posible; y sin arte ni afectividad esto resulta, francamente, una tarea inviable. De ahí que los umbrales puedan ser una figura a través de la cual explorar y explorarnos.

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