El silencio no es opción

Andrés Cabanas, 21 de marzo de 2021

Las luchas de hoy no nacen de la nada, son procesos de sedimentación, afirman historiadorxs (y personas luchadoras). Incluso cuando lo que se sedimenta son los insoportables silencios.

Esta es la primera reflexión que me provocan las denuncias públicas de violencia sexual, realizadas desde hace más de un año por mujeres víctimas-sujetas empoderadas en su denuncia, y por colectivos que las respaldan.

De estos mimbres, de omisiones y vacíos, algunos de larga data, estamos hechos. Se me viene a la mente el mes de mayo de 2008, cuando Zoilamérica Narváez acusó a su padrastro Daniel Ortega por abusos sexuales continuados durante 20 años (que empezaron, no es un dato nada menor, cuando Zoilamérica era niña). La familia Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional cerraron filas con el Comandante, que en 2007 había retornado al gobierno después de 16 años.

La mayoría de las organizaciones sociales ubicadas o autoreferenciadas en el campo político (cada vez más semántico y menos político, por cierto) de la izquierda, incluidas las guatemaltecas, protegieron igualmente al -hasta hoy- presidente nicaragüense. Anteriores acusaciones contra Ortega de violación de mujeres y niñas, fueron fatalmente ignoradas o desvirtuadas, a pesar de estar abundantemente documentadas.  

En Guatemala, este debate se hizo presente de forma directa en el marco del Foro Social Américas, realizado en octubre de 2008. Un comunicado planteado por feministas nicaragüenses, acuerpado por sectores del movimiento de mujeres y feministas guatemaltecas, fue desestimado, acompañado de acusaciones al movimiento feminista de tener vínculos con la derecha y el “imperio”. En la lucha contra la violencia sexual dentro de las organizaciones, este fue un punto de inflexión y regresión, al mismo tiempo.

La historia sedimenta engaños

En otros momentos, siempre en Guatemala, denuncias de acoso, agresión y violencia contra compañeras, en espacios hipotéticamente seguros, confiables (donde se deberían construir no solo los cimientos de sociedades distintas, sino nuevas relaciones y expresiones de afecto) no recibieron (con contadas excepciones) atención por parte de las estructuras organizacionales. Por el contrario, las respuestas fueron, en muchos casos documentados, vacíos, amenazas de muerte, despidos de las denunciantes, así como la negación sin fundamento de los hechos ocurridos. 

Los esfuerzos realizados desde organizaciones de mujeres y feministas para promover pactos de no agresión y no violencia en espacios mixtos (es necesario reconocer este ejercicio, e injusto decir que antes no se hizo nada), al estilo del que promovió Otros Mundos Chiapas, tampoco fructificaron. Se elaboraron protocolos para la convivencia, que fueron incumplidos. 

No pasó nada. Aunque es injusto generalizar y no decir que existen organizaciones coherentes y liderazgos ejemplares, hay que que admitir que colectivamente, sin excepción, nos quedamos mirando hacia otros lados. La historia también sedimenta engaños.

La incoherencia de la organización cotidiana 

De estos silencios clamorosos, por momentos gritos entrecortados y apagados, venimos. Y es importante pensar lo anterior como situación estructural, no factor individual ni accidental: la falta de respuesta actual de organizaciones y personas individuales ante denuncias de violencia enlaza con una cultura política construida sobre el personalismo, la centralización, la carencia de democracia interna, la infalibilidad de la dirigencia y las verdades indiscutibles, tanto en el fondo como en los métodos de lucha.

Una cultura política muy arraigada impide la crítica y la autocrítica para la transformación y valida, en función de fines utópicos, las distopías (se vale la licencia temporal) de la organización cotidiana. El fin justifica los medios y nuestra historia de intentos de emancipación concentra autoritarismos incoherentes y refuerza los silencios. 

Reconocer y superar el silencio-despropósito histórico de la mayoría de organizaciones sociales y personas individuales ante la violencia (del que todos hemos sido y seguimos siendo parte) es central, en primer lugar para superar esta etapa destructiva en la que se reafirman posturas y se distancian visiones, crecen la descalificación y la desconfianza, se pelean quienes no son enemigos y hablamos para evitar hablarnos.

En segundo lugar, el reconocimiento por parte de las organizaciones de la violencia existente, debe comenzar a construir confianzas, hoy inexistentes, para encontrar caminos alternativos y comunitarios de justicia y reparación, tanto individual como colectiva. 

Ver también 

https://memorialguatemala.blogspot.com/2020/03/cuando-el-silencio-es-ley-la-razon-se.html

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